artículo no publicado

Vivan los novios

El matrimonio homosexual es una gran victoria del liberalismo. El apoyo de Barack Obama a las bodas gays es una noticia histórica y positiva, y tendrá consecuencias en otros países.

El Apocalipsis me gusta, como a todo el mundo, pero de vez en cuando uno tiene que fastidiarse y hablar de las buenas noticias. La semana pasada el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, declaró: “creo que las parejas del mismo sexo deberían poder casarse”. Tras esta decisión, que se produce después de años de ambigüedad, puede haber un cálculo político: por primera vez, una estrecha mayoría de estadounidenses apoya el matrimonio homosexual, pero entre los jóvenes la aprobación es mucho mayor. La postura también cuenta con una aceptación importante entre las mujeres; a Obama le interesa el apoyo económico de defensores del matrimonio homosexual. Pero escandalizarse de que los políticos hagan cálculos políticos no sirve para valorar si las medidas son buenas o malas. La actitud recuerda un poco el inolvidable comienzo de una novela española: “Aquella mañana, el sol salió por el este”. Ese cuestionamiento de los motivos, que solo se produce cuando la medida aprobada genera rechazo, constituye un tipo de ingenuidad que es en el fondo una forma de cinismo.

Como ha señalado Andrew Sullivan, este anuncio llega tras años de medidas concretas de apoyo a los derechos de los homosexuales, como la retirada de la política del “Don’t ask, don’t tell” en las fuerzas armadas y la decisión de dejar de defender en los tribunales la Defense of Marriage Act, que impedía las bodas gays. Jonathan Raunch, que advierte que la decisión de Obama puede perjudicarle en estados conservadores muy importantes para su reelección, ha escrito que el cambio es una cuestión de convicción, no de conveniencia:

Es el primer presidente de Estados Unidos que pone al gobierno federal inequívocamente del lado de la igualdad completa para los gays estadounidenses, y es casi seguro que será el último presidente demócrata que se haya opuesto a la igualdad completa. Para su partido, para su base liberal, ha cruzado el Puente de Selma.

El avance de la extensión de derechos en unas pocas décadas es espectacular. En partes de Estados Unidos el matrimonio interracial estuvo prohibido hasta 1967. Un año después, el 72% de los estadounidenses estaba en contra de que dos personas de distinta raza se casaran. Según una encuesta de Gallup de 2011, el 70% de las personas de entre dieciocho y treinta y cuatro años estaba a favor del matrimonio de personas del mismo sexo. En buena medida, son dos mundos distintos. Como ha escrito Margaret Talbot, la postura del presidente responde a “algo históricamente inevitable” y cada vez parecerán más absurdas las objeciones (incluyendo, por supuesto, las de quienes dicen que, a fin de cuentas, las “uniones civiles” son suficientes y no molestan a nadie). El argumento etimológico y tradicionalista –el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer- no  tiene en cuenta que los significados de las palabras y las tradiciones cambian. La idea del matrimonio como contrato para la procreación invalidaría muchos matrimonios heterosexuales. Y los temores de ciertos sectores conservadores ante el matrimonio homosexual son un tanto desconcertantes. Por raro que parezca, las bodas gays no impiden las bodas heterosexuales, ni obligan a los heterosexuales a casarse con personas de su mismo sexo. Que los gays quieran casarse y formar familias demuestra lo poderosa que es la institución familiar, y actualiza y refuerza esa institución. En realidad, quienes se oponen al matrimonio homosexual solo tienen un argumento: piensan que quien ama a personas de su mismo sexo debe tener menos derechos que quien ama a personas de distinto sexo. Deberían decirlo claramente. Así nos ahorrarían tiempo y confusiones.

El matrimonio homosexual es una gran victoria del liberalismo y con sus palabras Obama se ha puesto del lado bueno de la historia. Su gesto es importante para Estados Unidos, pero también tendrá repercusiones positivas en otros países. La homosexualidad ha sido perseguida a lo largo de la historia y sigue siendo perseguida en muchos lugares. Actualmente, el matrimonio gay es legal en una decena de países -Argentina, Bélgica, Canadá, España (donde hay un recurso en contra, que el Partido Popular presentó ante el Tribunal Constitucional), Holanda, Islandia, Noruega, Portugal (donde los gays no pueden adoptar), Sudáfrica y Suecia, y en partes de Estados Unidos, Brasil y en ciudad de México (todo el país reconoce el matrimonio gay)-, pero en muchos otros los homosexuales se enfrentan a leyes discriminatorias. En muchos, las relaciones entre personas del mismo sexo son ilegales y se castigan con penas de prisión. En muchos otros territorios se restringe sistemáticamente la libertad amorosa y sexual de las mujeres, con matrimonios forzosos, vestimenta obligatoria, superstición por la virginidad y mutilaciones. Son agresiones intolerables a aspectos esenciales de la autonomía individual, y quienes defendemos las libertades no podemos olvidar ni por un segundo que la defensa de la libertad sexual y sentimental es una causa urgente e irrenunciable.

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