artículo no publicado

Una delgada línea de vello

Romavali es una palabra en sánscrito que describe la delgada línea de vello que sube del pubis. 

En el volumen cuarenta y tres de The Harvard Oriental Series (1958) –la venerable colección que editaba el sabio Daniel H.H. Ingalls en Cambridge– leo The Saundaryalahari or Flood of Beauty, precioso himno devocional a Devi, la Diosa Madre del inabarcable panteón hinduista, traducido por el sanscritista norteamericano William Norman Brown.

“Tradicionalmente atribuido a Sankaracarya” (poeta, filósofo y teólogo del siglo VIII), las cien estrofas del devocionario se dividen en tres partes: las primeras cuarenta y un estrofas (“inundación de delicia” o de “esplendor”) cantan los amores de Shiva con Devi. La segunda, hasta la estrofa noventa y una, describe la “inundación de belleza” que se derrama del rostro y el cuerpo de la Diosa. Y la tercera es una súplica para que le conceda su gracia al poeta y lo conduzca al deleite de la totalidad.    

Me intrigó un detalle en la estrofa 77. La versión de Brown dice:

That [line of abdominal hair], O spouse of Siva, which looks

              here like a tiny ripple on the [blue] Yamuna,

a slight thing at your slender waist, o Mother, appears

to those of pure insight

as if, caught between your jar-like breasts as they rub

           against each other,

the wide sky, squeezed thin, were entering your cavernous navel.

Esa “línea de vello abdominal” aparece con frecuencia en la poesía kavya con su nombre sánscrito, romavali, como se aprecia en la canónica Anthology of Sanskrit Court Poetry de Ingalls. Es la antología de la que Octavio Paz tomó parte de las versiones al español que publicó en la revista Vuelta (220, marzo de 1995)con el título “Kavya: veinte epigramas” y después, aumentados hasta veinticinco, en el tomo 12 (Obra poética 2. 1969-1998) de sus Obras completas.

Uno de los kavya que Paz “tradujo” (pues aclara que se trata de “traducciones de traducciones” y carecen “de valor filológico”) es

El tallo

El romavali, tallo firme, sostiene

altos, dos lotos: sus senos apretados,

casa de dos abejas: sus pezones obscuros.

Estas flores delatan el tesoro

bajo el monte del pubis escondido.

En el prólogo a esos veinte epigramas, Paz anota que “romavali significa la delgada línea de vello que sube del pubis y llega a unas pulgadas del ombligo. Es una marca de belleza y el signo del tránsito de la adolescente a la madurez sexual.” Es básicamente la explicación de Ingalls, pero la imprecisa redacción de Paz nubla que esas pulgadas rebasan al ombligo, como sí lo aclara en Vislumbres de la India.

No extraña que el español carezca de un sustantivo para ese vello ni que, cuando mucho, aluda a su función sagital: es uno de los ejes que marcan las mitades del cuerpo, un meridiano de las simétrica anatomía. Y en el habla popular a lo más que se llega, como en varias otras lenguas, es a la imagen final de “El tallo”: el romavali es el camino que une al ombligo y al tesoro.

Así, pues, propongo esta libérrima versión de la estrofa 77 (el Yamuna, os lo recuerdo, es un tributario del Ganges):

Ese romavali, oh cónyuge de Siva, que aquí parece

una ondita en el azul Yamuna;

esa leve presencia en tu esbelta cintura, oh Madre,

se muestra al de mirada limpia como si

–preso entre los cántaros de tu pecho

cuando se frotan uno con el otro–

el amplio cielo, adelgazado, entrase a la gruta de tu vientre. 


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