artículo no publicado

Un buen libro de economía

A Ugo Pipitone seguramente le tembló la mano cuando escribió El temblor interminable, publicado recientemente por el CIDE. Y no lo digo porque sus ideas sean inestables. Todo lo contrario: nos ha entregado un ensayo agudo y muy lúcido. Pero está sacudido por esos temblores existenciales kierkegaardianos que en la izquierda hemos heredado de la tradición comunista y socialdemócrata, de Marx y de Keynes, de Lenin y de Kautsky. Los ejes en torno de los cuales gira el libro de Ugo Pipitone son los temas fundacionales de la izquierda: la igualdad y la libertad. Hay una tensión inquietante que recorre todo el libro: Ugo Pipitone sabe muy bien que la libertad y la igualdad no se garantizan solamente con leyes. Para que la igualdad y la libertad se extiendan a todos es necesario que, además de cristalizar en derechos, se asocien a recursos que permitan a los que viven sumidos en condiciones de desigualdad acceder a una situación en la que puedan ejercer su libertad. La derecha desde luego acepta una igualdad que asigna las mismas reglas para todos en el juego de la competencia. Pero en la carrera, aunque todos pueden participar y a nadie se impide jugar, los más desposeídos llevan una piedra atada al cuello que les estorba. La derecha suele preferir derechos negativos y prohibiciones: no violar la propiedad privada, no robar, no matar, no impedir la libertad de expresión o de movimiento. La izquierda, en cambio, ha impulsado también la redistribución de recursos para afianzar los derechos de aquellos que compiten en desventaja.

Pero, como señala Ugo Pipitone, aun desde la perspectiva liberal hay que reconocer que el estado de bienestar y la educación masiva son indispensables para el crecimiento económico. Sin ellas el capitalismo no podría sobrevivir. La desigualdad no es un mero subproducto del movimiento de los mercados que no pueda evitarse o corregirse. No hay economía con crecimiento elevado a largo plazo basada en una profunda polarización de los ingresos. Las décadas que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial son un buen ejemplo de ello.

El problema es que, en algún momento de los años ochenta se terminó el auge. Por supuesto, no llegó la catástrofe ni el final del sistema capitalista, y sí en cambio se derrumbó el bloque socialista. El advenimiento de un mundo unipolar reveló la presencia de nuevos problemas. Ugo Pipitone los resume con el apoyo de metáforas biológicas y físicas. El orden y el caos conviven. El problema es que ahora la gran velocidad de las recombinaciones económicas es mucho mayor a la de las mutaciones internas de cada sociedad. Al aumentar la turbulencia y la complejidad, resulta evidente que un solo polo de vigilancia es incapaz de controlar las tensiones globales. Estados Unidos, como gran potencia central, no puede con la tarea de administrar los procesos mundiales con eficiencia. Como dice Ugo Pipitone, sólo se abre una posibilidad sistémica: la fractura del cuerpo. Por ello están naciendo cerebros regionales que se encargan de las funciones que ya no puede realizar un poder central. Podemos ver ya cómo operan tres de estas regiones: la Unión Europea, el NAFTA (o TLC) y el Caucus Económico de Asia Oriental (EAEC).

La escapatoria de las trampas sistémicas globales parece ya esbozada. Y aquí, en este modelo impecable, Ugo Pipitone introduce su mano temblorosa y estropea el juego. Para que la solución sistémica al crecimiento comience a resolver los grandes problemas globales de la desigualdad, las corrientes de desarrollo deben alcanzar el Tercer Mundo, ya que la más grande fuerza polarizadora de los ingresos tiene un origen en las regiones atrasadas. Sin embargo, sostiene Ugo Pipitone, en este proceso llegamos a un trágico dilema: el éxito económico y el crecimiento contribuyen al desastre ecológico. El otro camino, el fracaso económico, conduce al desastre político. Posiblemente Brasil sea el ejemplo paradigmático de este dilema. Y habría que agregar que hay siempre algo peor: la combinación de calamidades ecológicas y desastres políticos, por la coexistencia de crecimiento económico en algunas regiones y de calamidades en otras.

El pesimismo alegre de Ugo Pipitone nos lleva a considerar otras alternativas menos desastrosas. Para mostrarlas nos pone los ejemplos de Kerala y de Malasia. En Kerala un gobierno de izquierda ha colocado todos sus esfuerzos en el combate a la pobreza y ha hecho a un lado los estímulos al crecimiento económico. El resultado es que el pastel no aumenta pero se ha reducido el malestar colectivo gracias al gasto social. En Malasia ha habido tanto un crecimiento acelerado como una drástica disminución de la pobreza. Este modelo es, más o menos, el que han seguido algunos países de Asia oriental: Tailandia, Singapur, Corea del Sur y China. Con frecuencia la democracia política fue hecha a un lado mientras se intentaba alcanzar los objetivos sociales y económicos. Por otro lado Kerala no es un modelo sino, más bien, una alternativa política en una región muy pobre dentro de un enorme país que, acaso, se ha comenzado a mover en la dirección de los países del oriente asiático.

Acaso estamos ante un círculo vicioso: aunque es mejor enseñar a pescar que repartir pescado, como sugiere Ugo Pipitone, antes hay que darle de comer pescado al pescador para que no se muera de hambre. ¿Y si se acostumbra a que le repartan pescado los viernes y no aprende a pescar?

En sus conclusiones Ugo Pipitone propone, siguiendo a Giddens, “desenfatizar la economía”. Los políticos son acaso los más economicistas de todos: hablan incansablemente de economía sin que, presumiblemente, tengan muchos conocimientos especializados o sofisticados. Pero quieren ser los pilotos de la nave de la economía, solucionar los problemas, dirigir el sistema a nuevos puertos. Falta que llegue el niño ingenuo que les diga que, además de ir desnudos, tripulan una nave que funciona con piloto automático o con un piloto que no les obedece. Un niño que les explique cómo la acumulación de riqueza y el crecimiento han entrado en un ciclo de rendimientos decrecientes, en términos de bienestar. Más allá de ciertos límites (Ugo Pipitone propone los 15-18 mil dólares anuales) nos espera un horizonte de depresión, inseguridad, delincuencia urbana, soledad y alcoholismo. Muchos dirán que ya quisieran tener la oportunidad de deprimirse y sumirse en las penas de la postmodernidad. Y, en cambio, están condenados al hambre y al SIDA. Cierto: pero ello no nos debe hacer olvidar los grandes males que llegan con el crecimiento económico.

Ugo Pipitone ha escrito un libro excelente. Divertido e instructivo, pesimista pero alentador. Comienza con una cita de José Saramago: “Mejor sería no hacer nada, dijo uno de los filósofos optimistas, los problemas del futuro, el futuro los resolverá. Lo malo es que el futuro es ya hoy, dijo uno de los pesimistas”. Más pesimista sería, digo yo, pensar que el futuro ya pasó.