artículo no publicado

Ucrania, entre Rusia y Occidente

Un diálogo entre Yuri Andrujovich y Karl SchlögelEl mundo cambió con la anexión de Crimea y el derribo del vuelo MH17. Dos grandes escritores europeos analizan la renovada agresividad rusa, la sensación de amenaza en los países vecinos y la vacilante reacción de Occidente.

Cuando a principios de 2014 las tropas rusas entraron en la península de Crimea y tomaron posesión de ese territorio ucraniano, el mundo contuvo el aliento ante aquel acto de agresión contra un país soberano que había aspirado a formar parte de la Unión Europea. El triunfo de la revolución ciudadana que había expulsado a una clique de gobernantes prorrusos y corruptos, así como la llegada al poder de un gobierno proeuropeo, parecía el detonante de una decisión que atacaba frontalmente algo que se daba por sentado en la Europa actual: el respeto a la integridad territorial de los otros Estados. La acción de Vladimir Putin hizo que muchos recordaran periodos oscuros de la historia del continente. Casi un año más tarde, las fuerzas políticas occidentales parecen desconcertadas acerca de la respuesta adecuada a una situación extremadamente peligrosa.

Por todo ello hemos convocado a dos grandes intelectuales europeos y los hemos invitado a entablar un diálogo sobre lo que está sucediendo en el este de Ucrania desde cinco perspectivas principales: los antecedentes históricos de las agresiones sufridas por Ucrania a lo largo de los siglos, provenientes del Este; los peligros de la agresión actual por parte de Rusia para la estabilidad en Europa y en el mundo; la cultura como un medio para superar el conflicto entre dos países con vínculos histórico-culturales muy estrechos; el significado de este conflicto en el nuevo orden geopolítico que se perfila a nivel mundial y las posibles soluciones a ese grave enfrentamiento. Tanto Yuri Andrujovich (Ivano-Frankivsk, Ucrania, 1960), poeta, narrador, ensayista y enérgico activista en pro de una Ucrania unida a Europa, como el historiador y experto conocedor de Rusia y el mundo eslavo Karl Schlögel (Allgäu, Alemania, 1948) coinciden en la gravedad de esta maniobra para los destinos de Europa y del mundo. Sus visiones del tema, más que divergentes, resultan complementarias, y constituyen un valioso testimonio analítico de lo que ha estado ocurriendo a lo largo de 2014 en el este de Ucrania.

José Aníbal Campos: Hacia el final de su novela Moscoviada, Yuri Andrujovich, el personaje protagonista tiene una conversación imaginaria con “Su Majestad Olleko II”, rey de Ucrania, en la que le dice: “Y yo me voy a casa, Su Dignidad. Existe un país en el que viven sus súbditos. [...] Es más que real. Y nada, ni siquiera las montañas, lo protegen del Este.” Los habitantes de ese país sueñan “a veces con Europa”, pero ese sueño “dura poco”. En la historia de Ucrania, ¿en qué ocasiones ese “sueño” ha fracasado por culpa de las intervenciones (y ataques) procedentes del Este?

Yuri Andrujovich: Hablar de “sueño” es aludir a algo subjetivo, y es así como se refiere a tales acontecimientos el protagonista de Moscoviada, Otto von F. Ahora bien, objetivamente, los hechos históricos están ahí. Mencionaré aquí solo unos pocos, ya que, en principio, la historia de Ucrania es siempre la misma: anexiones y luchas para alcanzar la liberación o la soberanía. He aquí algunos ejemplos: a mediados del siglo XIII, la invasión de los mongoles, con la cual nuestra capital, Kiev, quedó totalmente destruida por las llamas, provocando, además, que el desarrollo cultural del país se retrasara más de un siglo. En 1654 el gobernante cosaco ucraniano Bohdán Jmelnitski firma el pacto de unión con los zares moscovitas e, inmediatamente después de eso, Moscú hace quebrar todo intento ucraniano de constituirse como un Estado soberano, especialmente en el siglo XVIII, en épocas de Pedro I y de Catalina II. Esta última liquidó completamente la República Libre cosaca conocida como Sich de Zaporozhia en 1775. Los campesinos ucranianos se convierten en siervos (como ya había sucedido antes con los campesinos rusos). Entre 1918 y 1920, el Ejército Rojo de Rusia y la Guardia Blanca combaten al unísono contra la independiente República Popular de Ucrania, surgida como consecuencia de las revoluciones de 1917. Ucrania contaba con muy pocas fuerzas para ofrecer resistencia en todos los frentes, por lo cual la mayor parte de su territorio pasó a ser poco a poco, nuevamente, una colonia rusa, que desde 1922 se llamó República Socialista Soviética de Ucrania. Los años 1933-1934 se caracterizaron por el exterminio masivo del campesinado ucraniano por parte del poder central moscovita de los bolcheviques, mediante una hambruna provocada deliberadamente (la llamada Holodomor), la cual, según estimaciones de los historiadores, costó entre 3.5 y 6 millones de vidas humanas. Durante la Segunda Guerra Mundial Ucrania perdió otros 10 millones de personas, y luego, tras la guerra, cientos de miles de ucranianos fueron reprimidos por su “insuficiente lealtad” al régimen de Stalin: hubo arrestos, asesinatos, gente enviada a los campos de trabajo, desterrada a Siberia. Como puede usted ver, esas “intervenciones procedentes del Este” por las que me ha preguntado han tenido lugar con suficiente frecuencia como para provocar ya no el “sueño” [Traum], sino el “trauma” principal de nuestra historia.

José Aníbal Campos: Me gustaría acudir, Karl Schlögel, a su teoría de que la historia no transcurre solo en el tiempo sino también en el espacio. ¿Cómo puede leerse en el espacio este “sueño frustrado y agredido” en tantas ocasiones?

Karl Schlögel: Las confrontaciones políticas no tienen lugar en un espacio vacío o abstracto, sino en sitios y lugares concretos. History takes place, se dice en inglés [la historia tiene lugar]. El mejor ejemplo es la propia Revolución del Maidán. A lo largo de semanas y meses, cientos de miles, millones de ciudadanos ucranianos llegaron desde todos los puntos del país para reunirse en el centro de Kiev y defender su sueño de llevar por fin una vida normal y digna frente a un gobierno de bandidos. El espacio público de la ciudad se convirtió en la arena de la lucha política, en la que los francotiradores asesinaban a las personas de manera selectiva y algunas personas tuvieron que pagar con la vida su coraje. La Revolución ucraniana tenía un escenario. Puede decirse que existe algo similar a una topografía de la lucha por la libertad en Ucrania: una gigantesca plaza de la libertad, las calles en las que tuvieron lugar los enfrentamientos o la Casa de los Sindicatos; esas imágenes estarán para siempre en nuestras mentes. Pero esto podría formularse también de un modo más general: en todas partes de Ucrania pueden leerse las huellas de los combates por la autodeterminación y la manera en que esta se quiso reprimir. Solo en el siglo XX existe una auténtica topografía de la violencia: destrozos que cambiaron para siempre la faz de ciudades enteras, iglesias dinamitadas, monasterios, pueblos enteros que desaparecieron en el Holodomor, y las siempre presentes fosas comunes. El mapa de Ucrania está pespunteado de esas tumbas, con las víctimas de la nkvd soviética y de las tropas de asalto alemanas: entre 1932 y 1933, entre 1937 y 1938, o luego entre 1939 y 1945. En la actualidad, Ucrania ha pasado a ser el lugar en el que se decide no solo el destino de un país en concreto, sino el de toda Europa.

José Aníbal Campos: Cuando el año pasado las fuerzas rusas entraron en Ucrania, con el pretexto de proteger las vidas de ciudadanos de origen ruso en ese país, fue inevitable que algunas voces compararan de inmediato esa acción militar con la crisis de los Sudetes en 1938. La correlación de fuerzas en el mundo ha cambiado drásticamente en todo este tiempo. Sin embargo, la reacción de Occidente ha sido más bien vacilante o, incluso, tolerante. Entretanto, hemos llegado hasta estas recientes elecciones convocadas por los llamados “independentistas”. ¿Cuál es el peligro para la estabilidad de Europa? ¿Se está usando a Ucrania como bisagra en un pulso de fuerzas entre Occidente y Rusia sin prestar atención a los peligros posibles que se ciernen sobre la propia Europa?

Yuri Andrujovich: Yo me referiría sobre todo al primer suceso, en marzo de 2014, cuando las tropas rusas entraron en Ucrania, en la península de Crimea, y se anexaron ese territorio. Aquello fue una primera señal de suma gravedad ya no solo para Ucrania ni para toda Europa, sino para el mundo entero. Rusia atacó a un país soberano y se apropió de una parte de su territorio. ¿Puede concebirse algo peor para la estabilidad internacional? Por supuesto que aquello también fue una demostración de fuerza, fue como si dijeran: “Nosotros, los rusos, estamos dispuestos a una guerra potencial contra Occidente, en caso de que Occidente se disponga a apoyar militarmente a Ucrania.” Para el presidente ruso esto solo es una prueba, el primer escenario (y también el más próximo), para ejercitarse en otros planes más ambiciosos, destinados a destruir la otan y otras estructuras occidentales. Y dado que Ucrania mostró mucha mayor capacidad de resistencia que la esperada por Putin (la cifra de soldados de su ejército caídos en Ucrania se estima actualmente en más de cuatro mil), el presidente ruso se vio obligado a replegar un poco sus exigencias. Pero eso no significa que haya renunciado a sus planes de agresión. No es algo que le pase por la cabeza. Las probabilidades de un conflicto mucho mayor en Europa siguen siendo, por desgracia, muy elevadas.

Karl Schlögel: Los paralelismos entre los modos de proceder de Hitler y de Putin son desconcertantes. La llamada anexión de Austria, el Anschluss, o la anexión de la región de los Sudetes, del territorio del Memel y luego el ataque a Polonia tuvieron lugar con la justificación de que era preciso proteger la vida de los llamados Volksdeutschen, grupos de origen alemán que residían fuera de las fronteras de Alemania. Hitler utilizó a esos alemanes foráneos para crear la llamada “Gran Alemania” y dar comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Pero la manera de proceder de Putin en la actualidad muestra también muchos paralelismos con la entrada de las tropas de Stalin en el este de Polonia el 17 de septiembre de 1939. El Ejército Rojo se presentó entonces como “liberador de las masas populares bielorrusas y ucranianas oprimidas por los gobernantes polacos”. La anexión de las naciones del Báltico en 1940 tuvo lugar a través del llamado “diversionismo ideológico”, la presión militar y una pantomima electoral. De modo que la manera de proceder de Putin en Crimea y en el Dombás no es nada original. Se ha proclamado defensor de todos los rusos, vivan donde vivan, aunque sean ciudadanos de Estados soberanos. Las fronteras de Rusia, con esta visión, empezarían a expandirse allí donde haya rusos viviendo o donde se hable ruso. Y esto es un programa claramente revisionista. Con ello se pone en entredicho todo el orden estatal en el este de Europa. Cualquiera puede convencerse fácilmente de que Ucrania es un país bilingüe por excelencia, como apenas otro país europeo, y de que en ningún caso puede hablarse de una discriminación o de una represión contra la lengua rusa o contra los rusoparlantes. En Europa, casi nadie ha entendido esto, con lo cual se da crédito muy fácilmente a la propaganda rusa.

Los europeos, y Occidente en general, que hasta ahora apenas sabían nada de Ucrania, han reaccionado muy lentamente a la acción relámpago de Putin y a esa guerra no declarada en el este de Ucrania. Las elecciones en Crimea y en el Dombás han sido un simulacro de elecciones, destinadas al espectáculo, bajo vigilancia de las tropas de ocupación rusas. El objetivo de Putin es desestabilizar Ucrania y poner el país de rodillas, pero su objetivo primordial, a fin de cuentas, es paralizar la Unión Europea y dividir Occidente.

José Aníbal Campos: Un tema relevante es el papel de la cultura como eslabón de vínculo o como conflicto indisoluble y no conciliable entre Rusia y Ucrania. Yuri Andrujovich, en una entrevista ofrecida en alguna ocasión a esta misma revista dijo: “Para amar a Rusia preferiría ser un inglés o un español o, mejor aún, un brasileño.” Como intelectual y escritor ucraniano, ¿cómo afronta esta relación de amor-odio?

Yuri Andrujovich: Me gustaría empezar aludiendo a un viejo chiste: en una clase de geografía la maestra pregunta cuáles son las fronteras de la Unión Soviética, y el alumno más listo de la clase responde: “La Unión Soviética tiene fronteras con quien quiera tenerlas.” La Rusia de hoy, en ese sentido, se ha vuelto mucho más pequeña que la antigua Unión Soviética. Ser su vecino, tener fronteras con el nuevo país implica de inmediato una serie de gravísimos problemas relacionados con la seguridad nacional. De eso podrían hablar ampliamente no solo países como Ucrania o Georgia, sino también, por supuesto, los Estados del Báltico, Polonia, y hasta Bielorrusia o Kazajistán, que, oficialmente, son aliados de Rusia. En resumen: Rusia es un país agresivo. Por eso uno se siente más tranquilo y cómodo amando a Rusia, de algún modo, desde la distancia a la que se encuentra Brasil. También es cierto que Ucrania sigue manteniendo vínculos estrechos con Rusia en muchos sentidos. Una mitad de los ucranianos, más o menos, tiene el ruso como lengua materna, para la otra mitad es un idioma que se domina a la perfección. Leemos literatura rusa y vemos películas rusas en su lengua original, conocemos la manera de pensar de los rusos, sus supersticiones. Los ucranianos no pretenden ser antirrusos, pero la propia Rusia nos ha situado hoy en esta forzosa situación, ya que Rusia nos parece el mayor peligro para la normalidad de nuestro país y para poder llevar una vida pacífica.

José Aníbal Campos: Leemos a menudo acerca de las fuerzas prorrusas dentro de Ucrania, pero, en contraparte, ¿encontramos en Rusia, al menos entre intelectuales o artistas, voces que critiquen las posiciones del gobierno ruso actual en relación con Ucrania?

Karl Schlögel: Putin ha hecho algo que era inimaginable hasta hacía muy poco: ha puesto en marcha una guerra contra Ucrania, un pueblo que tiene vínculos muy estrechos con Rusia. Y en algún momento habrá de pagar por ello. La agresión rusa –la encubierta y la abierta– ha provocado, sin embargo, lo contrario: ha acelerado el proceso de una reconstrucción nacional en Ucrania y generado un patriotismo republicano. ¿Qué pasa en Rusia? Putin, en algunas encuestas de popularidad, goza de un ochenta por ciento de apoyo. Pero el restante veinte por ciento, el de los que se oponen a Putin, no es un porcentaje despreciable. Ha habido declaraciones de solidaridad de algunos centenares de intelectuales y artistas en favor de Putin, pero también hay algunos cientos que se han pronunciado en contra de la política de Putin en Ucrania. Hay un segmento, con publicaciones como Novaya Gazeta, la emisora de televisión por internet Dozhd, asociaciones de la sociedad civil, en el que tienen lugar agudos y brillantes debates sobre la situación en Rusia. Pero la opinión pública, en general, ha quedado marcada por los medios controlados por el Estado y por su propaganda masiva, que informa las veinticuatro horas del día acerca de supuestos fascistas en Ucrania, de deportaciones por motivos étnicos, etcétera. Se culpa a Occidente de todo lo que no funciona en Rusia. Pero la humillación y la vejación por las que supuestamente está sufriendo Rusia no tienen su origen en Occidente, sino en la incapacidad del gobierno de Putin para modernizar al país. Putin está en condiciones de llevar adelante con éxito una pequeña guerra de precisión quirúrgica, pero es incapaz de construir una línea de tren de alta velocidad entre Moscú y Kazán. Putin ha llevado a Rusia a una dependencia total del mercado mundial del petróleo y del gas natural. Y en algún momento la sociedad rusa podrá cobrar conciencia de ello y alzará su voz. Estoy seguro de que en ese momento volverá su mirada hacia Europa, en lugar de a Eurasia. En este instante, sin embargo, las cosas son de tal modo que una ciudad como Kiev es un sitio con mayores libertades para la cultura rusa y para la labor de los intelectuales rusos.

José Aníbal Campos: Michael Ignatieff habla de una paradoja: cuanto más amplias son las libertades individuales que los Estados modernos garantizan a los ciudadanos, tanto más se reducen los reclamos de libertades políticas de esos mismos ciudadanos. Y eso, según Ignatieff, es una especie de trampa. En el caso de la confrontación actual entre Ucrania y Rusia, nos hallamos ante un contexto bien diferente: una amplia sociedad civil dentro de Ucrania que anhela las libertades de Occidente y que se ve forzosamente expuesta, por un lado, a los apetitos geopolíticos de una Rusia, digamos, neoimperialista, y por el otro lado, a los deseos segregacionistas de fuerzas prorrusas dentro de la nación ucraniana. Recuerdo ahora un pasaje de Moscoviada en el que el “chekista Saschko” le dice al poeta Otto von F. que la democracia es algo maravilloso, pero que la humanidad no ha inventado nada peor. ¿Cómo aplicar esta parte del libro, escrito en los años noventa, a la situación actual?

Yuri Andrujovich: Lo que el “chekista Saschko” dice en mi novela es una expresión algo modificada de la de Winston Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando.” En el caso de “Saschko” todo es precisamente lo contrario. No hay que asombrase en absoluto que represente las antípodas de cualquier tendencia democrática. El “Saschko” de entonces podría ser un Putin de hoy. Se trata de una estructura psíquica muy particular: un hombre que ve en el mundo solo enemigos, ya que necesita a esos enemigos para autorrealizarse. Sin enemigos (a los que hoy se tilda, como antes, de “fascistas”, aunque también se habla de ese Occidente de “maricones y lesbianas”, la “Gayropa”) Putin no tendría nada que ofrecer a su población. Todo lo occidental, incluida la democracia como tal y, sobre todo, los valores liberales, es visto en Rusia cada vez más como algo opuesto, hostil, como un enemigo, algo que amenaza a los “auténticos valores rusos”. Es una nueva forma de fundamentalismo. Y Ucrania prefiere alejarse de esos “protectores” de los valores, no deseamos permanecer en el “universo ruso”. No es algo que deseen todos los ucranianos aún, pero sí una absoluta mayoría. El número de ciudadanos ucranianos que apoyan una orientación pro occidental crece cada día más y, paradójicamente, lo que genera Putin es la aceleración de esos procesos con su constante y creciente presión.

José Aníbal Campos: Acudiendo de nuevo a la “lectura del tiempo en el espacio”, ¿de qué manera puede interpretarse este “desorden” al que se refiere Ignatieff en el caso del conflicto que se ha creado en la actualidad entre Ucrania y Rusia?

Karl Schlögel: El mundo de la bipolaridad que se creó a raíz de la Segunda Guerra Mundial no existe, ha quedado atrás. Ahora hay muchos y muy variados global players, tanto en Asia como en América Latina. Hace mucho tiempo que Europa dejó de ser el ombligo del mundo, y aparecen otras regiones que están en auge. Ya no existe una potencia hegemónica, y ni siquiera Estados Unidos es el dueño de las maneras de proceder en el mundo de hoy. La Unión Soviética y todo el bloque soviético se disolvieron porque estaban agotados. Rusia tiene que conformarse con la idea de que los tiempos del imperio –tanto del ruso como del soviético– han quedado atrás de forma absoluta. Los pueblos desean andar sus propios caminos y desean que los dejen en paz. Rusia tiene que aprender a resolver sus problemas por sí misma, no a costa de otros. Por eso resulta algo confuso hablar de una “crisis en Ucrania”. La crisis tiene su origen en la incapacidad de los dirigentes rusos de preparar a su propio país para el mundo de hoy.

José Aníbal Campos: ¿Cuáles son las perspectivas de solución de este peligroso conflicto? ¿Puede la diplomacia, realmente, ofrecer aquí una posible solución? ¿Qué actores deberían implicarse más enérgicamente en favor de una solución definitiva?

Yuri Andrujovich: Lo primero que hay que entender es que el presidente ruso no es, en ningún caso, una persona que pueda renunciar a sus propósitos. Puede detenerse, esperar, aplazar, pero no renunciar. Por eso, cualquier labor de apaciguamiento, el llamado appeasement del agresor, es algo que parte de una idea falsa. A Putin solo se lo puede vencer. Y no me refiero aquí a los medios militares ni al uso de la fuerza, sino a los recursos económicos, que ya han mostrado su efectividad, y a los diplomáticos, los cuales, en este caso, significarían una línea de solidaridad común y muy rigurosa de todos los países y gobiernos occidentales. Contra un agresor de esta índole no se puede actuar de un modo disperso. El papel principal, por supuesto, ha de asumirlo la Unión Europea, pero con el apoyo activo de Estados Unidos y de Canadá.

Una segunda línea de actuación sería la solidaridad con Ucrania. Nuestro país debería ser visto en esta situación, por Occidente, como una parte de la Europa Central, de la llamada Mitteleuropa, como una avanzada de Occidente que en la actualidad no solo defiende la libertad de los europeos, sino también su futuro, así como todos los valores liberales.

También es necesario trabajar intensamente con la sociedad civil, ¡en alguna parte debe de haberse quedado oculto el potencial de las grandes protestas del año 2011!

Karl Schlögel: Sin diplomacia sería imposible cualquier solución. Pero no es posible enfrentarse únicamente por vías diplomáticas a una potencia que se presenta como agresora y actúa con medios militares. Las naciones agredidas tienen que poder defenderse. La autodefensa militar ucraniana es, por lo tanto, totalmente legítima, pero no existe una simetría de responsabilidades en este caso. No ha sido Ucrania quien ha violado las fronteras de nadie, sino Rusia. Putin sabe que Occidente no se atreve a intervenir militarmente. Y eso le genera una ventaja, aunque pasajera. Él domina con virtuosismo el juego de las escaladas, pero el cálculo, de todos modos, no le ha salido bien. Europa puede defenderse: puede hacerlo por medio de sanciones. Puede oponerse a los chantajes rusos independizándose de sus suministros energéticos. Mantener las sanciones contra Rusia, por un lado, y la ayuda masiva con el fin de la estabilización económica de Ucrania, por el otro, constituyen los medios más importantes para solucionar la crisis, medios que van más allá de la diplomacia. Que Europa, en ese asunto, se mantenga unida en su postura de solidaridad será decisivo también para el futuro de la Unión Europea en su conjunto. ~