artículo no publicado

Temas alegres

Reflexiones semi-literarias en torno al suicidio.

Suicidarse es un acto sumamente difícil. Además de dificil, egoísta. Esto aplica especialmente a la gente que se suicida sin previo aviso, sin haber aprovechado las jornadas de impulso al testamento que ofrece el municipio, ni haberle dicho a nadie “ahí te encargo a mis hijos y mis huertos”. Hay, sin duda, grandes suicidios, sobre todo aquellos vinculados a la literatura. ¿Qué decir del suicidio de Hemingway? En el verano de 1961, puso la escopeta en su boca, cerró los ojos, vio que un león se aproximaba y jaló el gatillo  -o algo así, dice el poema de Francisco Hernández. Rubén Darío, en cambio, prefirió matar su  Pájaro Azul dándose constantes ganchos de ajenjo al hígado. Otros, como Martí, se ponen al frente de una columna de caballería; otros, como Asunción Silva, se tiran de un barco en alta mar. Se supone que Valle Inclán le dijo un día a Belmonte: “Eres el artista más grande de España. Lo único que te falta es morir en el ruedo”. Se supone que Belmonte respondió: “Hombre, Don Ramón, se hará lo que se pueda”. Hay fotografías de Belmonte arrodillado frente a un toro rogando que lo mate. Pero no se pudo. El 8 de abril se cumplirán 50 años desde que Belmonte se pegó un tiro.



Iba yo por un camino,
cuando con la muerte di.
-¡Amigo! -gritó la Muerte-
pero no le respondí,
pero no le respondí;
miré no más a la Muerte,
pero no le respondí.

 

No deja de ser hermosa la idea de “jalarle la greña a la flaca antes de tiempo” como dice un poema de Vicente, sobre el suicidio de Martín Quirarte. Mucho mejor que “sobrevivir porque no hay nada mejor que hacer”, como dice Efraín Huerta en uno de sus últimos prólogos a una de sus últimas antologías.  

Yo me inclino mucho más por la actitud del gran poeta y publicista chileno, Claudio Bertoni:


Vivicidio

Hoy no he logrado suicidarme.
Pero he logrado no suicidarme.
Algo es algo.

 

Pero no estoy hablando de la incapacidad para morir. En todo caso, hablo de la incapacidad para vivir. A fin de cuentas la muerte nos llega a todos. El suicidio es poco más que un son jarocho:

Vuela, vuela, vuela,
vuela palomita.
Si me has de querer mañana
vámonos queriendo ahorita.

 

La vida es lo que cuesta.  Cuando en la luz de tus ojos siento que todo comienza, vivir es lo que cuesta. “La tumba abierta con todos sus imanes es más poderosa que la sonrisa de la amada. Y te lo digo a ti, que cuando sonríes haces pensar en el principio del mundo”, o algo así, decía Altazor.

El 27 de diciembre de 1925, Sergei Yesenin, indispuesto a la vida, llegó a su cuarto del Hotel Inglaterra, en Leningrado. Al ver que su esposa, Isadora Duncan, no estaba, bebió su último trago de vodka solo. Se hirió el brazo y, antes de colgarse, escribió este poema en su propia sangre:


Adiós, amiga, adios.
Amor, mi corazón te guarda.
El destino nos separó
para reunirnos una y otra vez.

Adiós. No hay gesto que perdure.
Que no haya tristeza --ceño fruncido.
En la muerte no hay nada nuevo ahora.
Y la vida no es más nueva.