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Tatemado de cerdo: versión alternativa de Pedro Páramo

En la reverberación del sol, la profundidad del plato parecía una laguna de chile guajillo y grasa, atravesada por jirones de costilla y lomo donde se traslucía el aroma del laurel. Y más allá, naranjas. Y todavía más allá, orégano y el más remoto de los tomillos.

-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

-Sayula, señor.

-¿Está seguro de que ya es Sayula?

-Seguro, señor.

-¿Y por qué se ve esto tan triste?

-Son los tiempos, señor.

 

Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de Juan Rulfo; de su distancia, entre retazos de amargura. Siempre vivió él aborreciendo de Sayula, de sus portales; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que él miro estas cosas, porque nos dio sus ojos para ver.

 

-¿Y a qué va usted a Sayula, si se puede saber? -oí que me preguntaban.

-Voy a comer tatemado de cerdo -contesté.

-¡Ah! -dijo él.

Y volvimos al silencio.

 

Luego añadió:

-Sea usted quien sea, se alegrará de comerlo.

 

En la reverberación del sol, la profundidad del plato parecía una laguna de chile guajillo y grasa, atravesada por jirones de costilla y lomo donde se traslucía el aroma del laurel. Y más allá, naranjas. Y todavía más allá, orégano y el más remoto de los tomillos. Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también se infartara. Era un platillo noble, con el cerdo ablandado por las horas de cocción al horno; tal vez fue lo mejor que comí ahí.

 

Yo creía que aquella cocinera estaba loca. Luego ya no creí nada. Me sentí en una digestión lejana y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.

 

-Voy a reventar -le dije.

-Échate a dormir en alguna de las habitaciones. Cualquiera. Para eso somos un hotel.

-Regresaré. Regresaré después. Ahora tengo que ir a Guadalajara.

 

El gerente del Hotel La Provincia fue a decirme todo apurado que no podía. Que simplemente se le hacía imposible dejarme ir en esas condiciones. Era ya un visitante gordo entregado a la gula. Me enderecé de prisa porque casi me vi habitando para siempre el pueblo. En el coche me dormí. Al despertar, no fue posible calcular la hondura del silencio que produjo dejar atrás aquel cerdo. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún tocino; ni si quiera el de un puerco viejo y delgado.

 

Y me encontré de pronto solo en las calles de Guadalajara.

 

-¡Tatemado! -grité-. ¡Tatemado de cerdo!

Me contestó el eco: “¡…ado… erdo…! ¡…ado… erdo….!