artículo no publicado

Stendhal en el parque

No puede haber crítica o polémica sin ideas, y lo que sucede es que la crítica periodística de México en 2016 es muchas veces impresionista, otras simplemente conservadora, y con bastante frecuencia es ambas cosas.

La semana pasada circuló un texto titulado “Esto es lo que (no) hay: la literatura en México en el 2016” del crítico y narrador Geney Beltrán Félix, una crítica sobre la uniformidad, apatía y falta de discrepancia que hay en la literatura mexicana.

Como yo lo leo, hay en el artículo cierta nostalgia por una esfera pública que fomente el diálogo, el análisis, la crítica y la polémica con la producción artística y la rescate del aislamiento y cortesanía en que vive actualmente, con el objetivo de restablecer su función como “arma de cambio social”. Lo que antes era posible gracias a la reseña literaria, dice el autor, ahora es imposible debido al dominio de la publicidad como discurso privilegiado en la conversación literaria.

Me pregunto si esta nostalgia no es la causa principal de que las posibles excepciones a esta aridez general se reconozcan pero no se mencionen. Como coeditor de uno de los pocos suplementos culturales que quedan en México, Geney Beltrán lamenta que los escritores jóvenes hayan perdido interés en escribir reseñas y ensayos críticos.

Esto que él ve como una anomalía es, en realidad, la regla y se explica de manera muy simple: los escritores no quieren escribir reseñas o ensayos críticos porque no saben cómo. No puede haber crítica o polémica sin ideas, y lo que sucede es que la crítica periodística de México en 2016 es muchas veces impresionista, otras simplemente conservadora, y con bastante frecuencia es ambas cosas.

En el campo literario mexicano, fundamentalmente anti-intelectual y conservador, trivializar cualquier intento por superar estos defectos es una práctica habitual, tanto del lado de la creación como del lado de la crítica. México es el país donde los escritores utilizan la palabra “profesor” como insulto: cualquier aproximación medianamente informada, sistemática o teórica a la literatura se descalifica como “académica” y, en cambio, se privilegia eso que se ha dado en denominar “ensayo creativo”.

¿Qué es el ensayo creativo?

Aquí la definición institucional que propone el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los criterios para jóvenes creadores que quieren solicitar becas:

Ensayo creativo: incluye todas las manifestaciones literarias de corte ensayístico que sin seguir parámetros académicos sino creativos abordan el estudio de temas tan variados como la literatura, el arte, la ciencia, la vida cotidiana y el humanismo en general.

Los reto a que encuentren una definición más idiota. De lo que sea.

No quiero decir que no haya ideas en el ensayo creativo, sino que existe un clima general que excluye del debate público uno de los espacios dedicados a la producción de conocimiento crítico: la universidad.

¿Saben dónde sí hay debate, crítica, polémica e ideas? En el salón de clases. ¿Saben quiénes son las personas que más usan las bibliotecas públicas? Los estudiantes universitarios que leen discuten y critican ideas que luego cristalizan en, sí, textos académicos.

El problema no es la ausencia de crítica, ni la ausencia de todavía más entidades institucionales que resuelvan este problema –Geney Beltrán propone como posible solución la creación de un Instituto del libro–, sino la naturalización de “lo creativo” como algo necesariamente opuesto a “lo académico”, y la segregación del discurso informado de la discusión pública.

¿Qué periodista o crítico literario ha dicho algo más informado sobre la relación entre literatura y narcotráfico que Oswaldo Zavala en este artículo sobre los límites críticos de la novelas sobre narcos?

¿En qué revista de cine o suplemento cultural se ha estudiado de manera tan integral el cine mexicano de las últimas dos décadas que en este libro de Ignacio Sánchez Prado

¿Cuál de nuestros grandes críticos literarios se ha tomado tan seriamente el tema de la apropiación y la escritura en comunidad como Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles.

¿Por qué no le pedimos a estudiosas como Liliana Weinberg que propongan una discusión seria sobre los límites y los alcances del “ensayo creativo” en lugar de quedarnos con la definición de algún burócrata cultural?

¿Por qué en lugar de seguir discutiendo la más reciente insensatez de la gente del Círculo de Poesía no discutimos todo lo que se está haciendo en la UNAM con el Seminario de Investigación en poesía mexicana contemporánea?

¿Por qué no en lugar de mirar recelosos las nuevas tecnologías escuchamos lo que tiene que decir el Seminario de Humanidades Digitales de la UNAM o nos damos una vuelta por alguna de las muchas cosas que organiza el Laboratorio de literaturas extendidas y otras materialidades, también en la UNAM?

Si el problema es que estos ejemplos son “muy académicos”, ¿no hay más crítica y polémica en las cuentas de tuiter de la ensayista y editora Vivian Abenshushan y del poeta Óscar de Pablo que en cualquier reseña literaria publicada en los últimos meses? Quizá pasa que la nostalgia por la reseña privilegia ese medio como el único espacio posible de la divergencia literaria, cuando es obvio que la esfera pública se ha reestructurado de maneras más complejas, ampliando los medios y las plataformas de discusión.

Desafortunadamente, del lado de la creación pasa lo mismo. Si bien es cierto que los grandes consorcios editoriales norman y regulan el mercado, es innegable el trabajo de editoriales independientes que sí publican libros divergentes y críticos con respecto a lo que se da por llamar “literatura comercial”. Los proyectos de Tumbona, Sur +, Bonobos, o de la reciente Antílope, son un buen ejemplo. También lo son libros como la novela Conjunto Vacío de Verónica Gerber, los relatos de Óptica Sanguínea de Daniel Bojórquez, los poemarios Antígona González de Sara Uribe y Anti-Humboldt de Hugo García Manríquez, o las prosas de Pozos de José Ramón Ruisánchez y Be y Pies de Gabriel Wolfson, sólo por ejemplos de los últimos dos o tres años que se alejan de una definición tradicional de género y discurso literario.

¿Qué pasa con ellos en la crítica periodística? Que cuando los reseñan, incluso los mejores críticos del país tratan de normalizarlos y leerlos desde poéticas más tradicionales, en lugar de dar una oportunidad seria de diálogo a todo lo que esté relacionado con hibridez, conceptualismos, géneros fronterizos y exploración de medios y materialidades textuales.

Sobre esto hay dos ejemplos recientes.

El primero, esta reseña de Christopher Domínguez Michael sobre la novela Conjunto vacío de Verónica Gerber, en la que se pone en duda retórica cualquier interpretación que relacione el libro con una poética conceptual, para en cambio compararlo y leerlo desde Stendhal, firme planta del canon universal.

El segundo, esta reseña de dos libros de Gabriel Wolfson que, independiente del escepticismo que muestra ante la ejecución de la imposibilidad de narrar, termina con el mismo e innecesario prejuicio contra el académico: “Basta con permitirse imaginar y sentir con la misma intensidad con que reflexiona; sería suficiente, creo, con salir del cubículo y el salón de clases”

Total, que según dos de los más reconocidos críticos literarios del país, para entender lo que sucede con la literatura mexicana contemporánea es necesario: 1) leer a Stendhal, 2) en la banca de un parque.

Nada es, por supuesto, tan bueno y tan malo. Horizontal, la plataforma digital donde Geney Beltrán Félix ha escrito su artículo, es un intento por romper monopolios culturales que ha logrado combinar diferentes tipos de discursos –académico, periodístico, artístico– con la intención de fomentar el diálogo crítico y razonado. Él mismo, como coeditor del suplemento cultural Confabulario, ha hecho un esfuerzo evidente por incluir voces de mujeres en el mundo macho de la literatura, tanto del lado de las reseñistas y columnistas como de las reseñadas y estudiadas.

En todo caso, estamos de acuerdo en que hay un problema. Las diferencias consisten en hacia dónde miramos para intentar solucionarlo.

Por último, y para respetar el contexto original de todo esto, no quiero dejar de mencionar que al final del artículo de Geney Beltrán hay una nota de los editores que propone leer este texto en relación con la publicación del “Postmanifiesto del Crack”. La idea es sugerente, pero habrá que dejarla para después.