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artículo no publicado

Sol Ibérico

El paro no es un tema exclusivo de la España en crisis, por lo que no es de extrañar que la película Los lunes al sol haya surgido de un país en bonanza económica ni que resulte hoy tan impactante como hace diez años. 

Hace poco más de 10 años, Fernando León dio vida, en Los lunes al sol (2002), a un grupo de seis desempleados que, víctimas del cierre de un astillero e incapaces, por su edad y baja cualificación, de encontrar un nuevo trabajo, sobrellevan la pesadumbre de una vida cotidiana derruida en la penumbra de un bar. Tal vez el aspecto más destacable de la película es el guion, que fluye como si fuera la fiel transcripción de lo que sucede durante el horario laboral en alguno de los miles de bares españoles, poblados por melancólicas miradas que sorben lentamente, una tras otra, las bebidas del día –café, cañas, whiskey.

El año en que la película fue realizada, cuando solo los más aguzados prevenían la crisis económica que hoy azota a Europa, la tasa de paro en España rondaba el 11.5%, una de las más bajas de las últimas décadas. En aquel entonces, la tasa en Alemania era de 8.6%. España no ha tenido una desempleo menor a 8% desde principios de los años ochenta. Después, fue creciendo gradualmente hasta alcanzar un máximo de 24% en 1994 y, gracias a la bonanza atribuida a la burbuja inmobiliaria, se contrajo drásticamente para volver a rozar el 8% entre 2007 y 2008, para crecer de nuevo a partir del comienzo de la crisis: 13.8% en 2008, 18.7% en 2009, 20% en 2010, 22.6% en 2011, 25.77% en 2012, 25.7% en 2013 y 23.7% en 2014, lo que equivale a aproximadamente 5 millones de parados. La mitad de ellos llevan al menos un año en el desempleo.

El paro no es un tema exclusivo de la España en crisis, por lo que no es de extrañar que la película de León haya surgido de un país en bonanza económica ni que resulte hoy tan impactante como hace diez años. En ella se refleja la forma en que el desempleo crónico se impone sobre el sujeto, que queda inmerso en una rutina viscosa en la que cada segundo parece pasar dos o tres veces, dificultando el movimiento, dejándolo literalmente parado, inmovilizado. Atrapados en esta rutina, los personajes contemplan, entre la depresión y la furia, el deterioro de su vida, sus hogares, sus matrimonios y sus propios cuerpos que envejecen, alejándolos cada vez más de la posibilidad de volver al mundo laboral. Sin embargo, lejos de limitarse a retratar su carácter deprimente, la película muestra cómo esta situación se convierte en una forma de vida, en la que también hay espacio para la amistad, el humor, el deseo. En la que aún se goza el placer de tumbarse al sol.

Me instalé en España en 2010 (cuando la tasa de paro andaba por el 20%). Vine a Madrid a estudiar un doctorado porque quedé prendada de la ciudad en una estancia anterior, seis meses entre 2008 y 2009 (13.8%, 18.7%). En aquel entonces alunicé en un pintoresco departamento del centro de la ciudad, que compartía con un grupo de españoles que pronto se convirtieron en el corazón de mi vida madrileña. Acogida por este techo, la ciudad me enamoró con su helado sol invernal y su ambiente desenfadado. Durante mis primeros años de estudio (2011, 25.77%) mis compañeros de piso me presentaron a sus amigos y a los amigos de sus amigos. A través de ellos supe de las primeras historias de gente que perdía su trabajo, otros que sufrían altos niveles de estrés porque podrían perderlo, y algunos más que llevaban varios meses transitando de un trabajo deprimente (vendedor de libros de puerta en puerta) a otro peor (botarga que reparte propaganda). Al poco tiempo (2012, 22.6%), las historias empezaron a ocurrir en casa.

Salvo los funcionarios, que aún no pueden ser despedidos, los artistas, que renunciaron de origen a un empleo formal, y algún afortunado que supo posicionarse en el sector privado, uno tras otro mis amigos pasaron a engrosar el paro. Fui testigo de cómo se iban envolviendo en viscosas rutinas y de cómo luchaban contra la inmovilidad cocinando pasteles, haciendo jardinería de balcón e incursionando en nuevos deportes. Vi la angustia crecer y el ánimo decaer. También pasé maravillosas horas tumbada con ellos, disfrutando el sol de las tardes en la sala, fantaseando y riendo, sorbiendo despacio las bebidas del día.

Después comenzaron a dejar Madrid a cuentagotas. Al terminar su master en documentación y cansada de trabajar doce horas por un salario inferior a los 800 euros, María se fue a Brighton, donde pronto se empleó como camarera y un tiempo después inició estudios para ser auxiliar de enfermería, oficio al que hoy se dedica. Después, se quedó sin empleo Pablo, quien a sus 37 años se encargaba de la programación de una gran cadena de cines; tras un año de vivir del paro decidió irse a Londres, donde sortea la vida desde entonces, haciendo trabajos que no requieren una formación particular, atendiendo mesas o lavando platos en restaurantes. Tras meses sin conseguir proyectos como asistente de producción ni empleo alguno que le permitiera mantenerse, Juan comenzó a limpiar nuestra casa una vez por semana, desplazando a la chica ecuatoriana, que poco después volvió a su país. Recientemente, Juan y su pareja –un pedagogo que no pudo terminar su master debido a la súbita suspensión de su beca– regresaron a vivir con sus padres en Andalucía. A estas historias se suman las de todos mis amigos extranjeros, que vivían en el país años antes de mi llegada y decidieron repatriarse, convencidos de que en su lugar de origen tendrían un mejor destino.

El número de españoles que han dejado la península desde el inicio de la crisis no es claro: mientras algunos investigadores estiman que asciende a 700 mil, otros aseguran que no excede los 40 mil. No se trata, en ningún caso, de un flujo migratorio alarmante. Su constante presencia en las conversaciones del día a día y su repercusión mediática me parecen, más bien, síntomas de una sociedad comprensiblemente aterrorizada ante las consecuencias que el frenazo de su economía ha tenido en sus vidas.

Al final de la película, Santa (Javier Bardem) explica que el astillero cerró como consecuencia del poco interés por defender a la industria nacional ante la competencia extranjera y por el crecimiento del mercado inmobiliario, que hacía más atractivo vender los terrenos en los que se asentaba que mantenerlo funcionando. Los obreros se vieron forzados a elegir entre el despido colectivo, con bajas prestaciones, y negociar una extinción del contrato por mutuo acuerdo, que daba más dinero al trabajador, pero lo obligaba a renunciar a sus derechos sindicales. De esta manera, la película describe cómo se desarticuló el modelo de empleo estable –asalariado, a tiempo completo, con garantías sociales– que sustentó el crecimiento de la clase media española. La flexibilización del trabajo comenzó en los años 90, como consecuencia de la apertura al mercado internacional, que obligó a reducir los costes de producción, y de la incursión en el trabajo de nuevos sectores –mujeres, jóvenes y migrantes– que, debido a su vulnerable situación en el mercado laboral, aceptaban empleos con condiciones precarias. Este proceso se aceleró con el boom de la industria de la construcción, mientras los españoles se asoleaban en las terrazas de sus nuevos pisos a pie de playa.

El mundo laboral al que los españoles se enfrentan desde entonces sigue un modelo distinto, marcado por los contratos a corto plazo, de media jornada y con una seguridad social recortada al mínimo. En cambio, sus exigencias han aumentado: pide trabajadores cada vez más especializados, por lo que se han multiplicado los cursos de formación profesional y masters universitarios que, por nada módicos precios, brindan nuevos títulos para hacer brillar los currículums. Se ha transformado también la forma de buscar empelo, cada vez más dominada por sitios web como Infojobs, Indeed y Linkedin, que funcionan como mediadores entre empleadores y candidatos.

A contraflujo y por motivos que evidentemente exceden a la razón, quiero quedarme en Madrid. Comencé a buscar trabajo hace un año (2013, 25.97%). Desde entonces, zozobro en el mercado laboral, sin haber recibido nunca respuesta a mis solicitudes. He conseguido solo dos trabajos: el primero tuvo una duración de dos meses y las condiciones laborales del segundo me hicieron salir huyendo a los diez días. Contribuí, al menos, a la disminución en la tasa de desempleo (2014, 23.7%) con la que hoy pretenden convencernos de que lo peor ha pasado.