artículo no publicado

Secretos

Cuando era niño se decía que cierta pócima búlgara podía rejuvenecer a los ancianos. El suero del doctor Serge Voronoff, extraído de glándulas de mono, hacía milagros. Cierto famoso personaje me contó que él y su mujer pasaban cada año a Bulgaria a tomar el tratamiento. Aunque el asunto no es vergonzoso, prefiero no decir aquí su nombre y conservarlo para mí. Porque nada fortalece más el yo que guardar un secreto. Admito que no es fácil, sin captar y aceptar, de entrada, las propias debilidades. Y me pregunto entonces, ¿por qué no es fácil? ¿Por qué nos gusta divulgar secretos? ¿Qué sutiles fuerzas nos impelen a revelar?

Hay aquí apetito de superioridad o poder: el dueño del secreto está un peldaño arriba del que lo ignora, pero si tu ventaja está en lo que guardas, ¿cómo exhibes esa superioridad si no es divulgando el secreto? Guardar un secreto no es sencillo porque siempre es arduo renunciar a una demostración de la superioridad.

Y a eso añádase el mero afán inofensivo, consustancial al humano, de ventilarlo todo para mejor entenderlo (el chisme es una forma, muy intelectual, de investigación).

Pero si soltamos algo que debimos haber callado, sentimos vergüenza. Nos espera la cuarentena social. La falta de control de nosotros mismos, en el trato social, se ve con malos ojos. La condena está en ese ostracismo ligero que se llama reserva: en adelante, la gente se cuidará al hablar delante de nosotros, eso nos aísla y duele. Schopenhauer, siempre penetrante, observa: si lo sabes guardar, tú eres amo del secreto, pero si lo divulgas, pasas a ser su esclavo.

Solemos elucidar la idea de secreto con algo oculto, escondido. Esta caracterización es insuficiente. Cualquier cosa, la más banal, puede esconderse, y ciertamente no puedes calificar de secreto cualquier cosa. Sé, por ejemplo, que en la Italia del siglo xviii las horas empezaban a contarse con la campana del Ángelus, que sonaba a la puesta del sol. Así pues, si la cuenta empezaba a las siete de la tarde, las quince horas serían las diez de la mañana. Pero eso no es ni puede ser secreto, aunque decida ocultarlo. Entonces, ¿cómo podemos definir lo secreto?

Un secreto es como una semilla: cuando lo divulgas, algo, muchas veces imprevisible, crece de él. Si no, no es propiamente un secreto. Generalicemos: secreto es verdad, no a la vista, no patente, pero con poder explicativo. Esto es, plena de consecuencias. (Digo verdad porque obviamente una mentira, o falsedad, no puede alcanzar la dignidad de un secreto.) El secreto es esa pieza chiquita que falta en una máquina para echarla a andar. La pieza es mínima, pero con ella camina el mecanismo, que es grande: y aquí aparece otra vez la idea de secreto como semilla. En sus Memorias Giacomo Casanova cuenta que cierto signor Bragadin le preguntó un día que cómo era posible que un muchacho tan joven como él manejara tantos conocimientos, que si no disponía de un medio sobrenatural para lograrlo (en sus Memorias Casanova es todo menos modesto). Y Casanova, claro, le dice que dispone de un procedimiento numérico secreto para responder todas las preguntas. “La llave de Salomón, la Cábala”, exclama, extasiado, el signor Bragadin. “Eso –dice Casanova–, la fórmula me la enseñó un ermitaño que vivía en el Monte Carpegna cuando estaba yo bajo arresto en el ejército español.” Pero se apresura a añadir que las respuestas que arrojan los cálculos numéricos son tan oscuras que él, disgustado, ya no hace ninguna pregunta.

El procedimiento cabalístico sería modelo de secreto posible si Casanova se esforzara, aunque sea un poco, por recatarlo y no divulgarlo, pero, al hablar de eso con la ligereza con que se habla, no ya de una receta de cocina (donde hay muchos secretos bien guardados), sino de la dirección de su sastre o su peluquero, contradice su condición de secreto. Y no podemos entender que el signor Bragadin, aficionado a la ciencia, le haya creído ni media palabra de lo dicho, como él pretende.

Para que algo sea secreto debe también parecerlo. Los secretos tienen también su retórica: sigilo, ceremonia de iniciación (el “no sé si deba decirte esto”) y luego acercarte, bajar la voz y demás rituales. ~

  • Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay.