artículo no publicado

Revueltas: la cárcel

Del penal oceánico de las lslas Marías al llamado palacio negro de Lecumberri, Revueltas hizo de la condición carcelaria y concentracionaria, la geografía por donde corre su prosa.

Contra lo que dijeron algunos inadvertidos que comentaron el centenario de nacimiento de José Revueltas (1914–1976), el novelista no pasó la mitad de su vida en la cárcel sino menos de un lustro (seis meses en la correccional de menores en 1929, cinco meses en las Islas Marías en 1931 y otros nueve en 1934 y en Lecumberri de noviembre de 1969 hasta mayo de 1971). Pero un hombre hipersensible como Revueltas, con una idea profunda del tiempo –originaria de la heterodoxia cristiana que hace eterno al sufrimiento no sólo por su duración sino por su profundidad–, la cárcel no sólo lo marcó desde la adolescencia sino que se convirtió, junto con la herejía, en el tema central de su obra literaria. Releerla de principio a fin permite comenzar con Los muros de agua (1941) y terminarla con El apando (1969), sin olvidar que aun saliendo de la cárcel a la que había sido nuevamente remitido tras Tlatelolco, Revueltas escribió todavía un puñado de cuentos extraordinarios, amén de lo más interesante de su obra política.

Del penal oceánico de las lslas Marías al llamado palacio negro de Lecumberri, Revueltas hizo de la condición carcelaria y concentracionaria, la geografía por donde corre su prosa.  He leído por tercera vez Los muros de agua y acaso sea la última vez que lo haga. Es una de las mejores primeras novelas escritas por un escritor mexicano,  imprecisa como narrativa y a veces hasta inepta en la forma en que Revueltas desperdicia los momentos capitales de esa historia única, la de cinco comunistas llegando a las islas;  no han de encontrarse con su propio heroísmo sino con un tema central en el universo religioso del novelista: se trata de hacer del sufrimiento, felicidad. No anulando el sufrimiento sino mediante una suerte de encarnación.  Los muros de agua, abundantes en expresiones decisivas que ya no abandonarán la escritura revueltiana, son una versión del purgatorio, el retrato acabado de una mujer (la camarada Rosario), una de las primeras novelas mexicanas donde aparecen lo mismo el lesbianismo que la drogadicción y un mentís al realismo socialista que Revueltas oficialmente profesaba. El destino de los comunistas no está en existir como héroes positivos sino en vivir en compañía de los condenados de la tierra que para el novelista, más dostoieskiano que leninista, no eran los obreros industriales sino los criminales de toda laya.

Todo esto ya se sabe: Los muros de agua son una distopía  y será la agonía de Revueltas en las tinieblas de la ortodoxia comunista (registrada en Los días terrenales y en Los errores) lo que lo llevará a escribir El apando, el relato más concentrado y perfecto de nuestra literatura y de algunas otras del idioma. Al libro también lo han rodeado ciertos equívocos. Creo haber sido yo mismo, hace un cuarto de siglo quien dijo que ése era el libro del movimiento del 68 porque no lo mencionaba, haciendo eco de aquella mentira ingeniosa de Borges de que El Corán era árabe porque no aparecen camellos. (Sí, aparecen, nos han alertado los especialistas). En todo caso quería yo decir que estando preso Revueltas en Lecumberri con motivo del movimiento estudiantil de 1968, del cual se declaró “autor intelectual” menos por vanidad que por ironizar el horror del diazordacismo por las “ideas extrañas”, prefirió reducir al máximo su percepción carcelaria, concentrándose en el drama de los presos comunes, lisiados y drogadictos, sometidos en una celda de castigo, esperanzados en que les llegué, oculta en la vagina de la madre de uno de ellos, la droga anestésica y salvadora. La vida de los estudiantes y profesores en prisión la retrató Revueltas en sus cartas y escritos políticos, insistiendo en propagar su propio ejemplo, de hacer, muy al estilo bolchevique, de la cárcel una escuela de revolucionarios. Debe recordarse que las condiciones de reclusión de los presos del 68 eran muy benignas en comparación con las que empezarían a sufrir, meses y años después, los presos políticos en el resto de América Latina, tomando en cuenta el ataque de los presos comunes, azuzados por las autoridades, contra los políticos en huelga de hambre, el 1 de enero de 1970.

El apando es una de las obras más universales de la literatura mexicana y si Revueltas viajara (es decir, si su obra tuviera alguna vez fortuna en otras lenguas, pues no la ha tenido) ocuparía un lugar junto a La sombra del caudillo, de Guzmán y Pedro Páramo, de Rulfo. Pocas veces, o quizá nunca, se ha dicho tanto en tan pocas páginas: la reducción espacial que significa la cárcel, la anulación del libre albedrío, la caducidad de toda moralidad, el salvajismo de víctimas y verdugos, la atrofia fonética de unos y otros, el cuerpo degradado, el origen del mundo transformado en un medio de transporte, el síndrome de abstinencia… la extrema concentración del lenguaje lograda por José Revueltas en El apando no ha vuelto a repetirse.

(Publicado anteriormente en el periódico Reforma)