artículo no publicado

Retorno al Playfair

No fui particularmente feliz allí, pero en aquel lugar se cumplió en mí un ritual de madurez; por primera vez me sentí independiente y libre, lejos de la familia y de la patria.
     En los meses de julio y agosto de 1986, residí en uno de los halls of residence de la Universidad de Edimburgo. Se llamaba Playfair y, junto con otros tres edificios asomados al mismo cuadrángulo, constituyó el escenario de muchos días de libertad y estudio, tantas veces agua y aceite y que por una vez, sin embargo, se mezclaron en mí. Allí comencé un ensayo sobre Dante Gabriel Rossetti, mis estudios de gaélico, leí mucho, dormí más, traduje un tanto. Me acostumbré al chillido de las cornejas cuando amanecía a las cuatro de la mañana, y aprendí unos pasos de baile en el transcurso de un cèilidh, una de aquellas fiestas tradicionales que muchas noches se celebraban, regadas con Tennants o McEwan.
     Hace unos días he regresado a la ciudad, después de tres lustros de ausencia y de derrotas. La última tarde, como para conjurar a un fantasma del pasado, decidí regresar a Playfair. La larga caminata desde mi hotel de Charlotte Square, en la Ciudad Nueva, en el norte, hasta las inmediaciones de Craigmillar, al sur de Edimburgo, fue poniendo ante mis ojos las mismas calles que recorría cuando era estudiante, las mismas y escasas tiendas, las muchas manzanas de casas unifamiliares y bed and breakfast con el cartel de "Completo". Al llegar a la bocacalle que llevaba al viejo hall, los pies giraron de manera automática, y fui reconociendo las inmediaciones de lo que había sido mi casa en Edimburgo. La verja estaba abierta, y me adentré en el lugar: Buchanan a la izquierda, las pistas de tenis a la derecha, los otros dos halls y, al fondo, la silueta majestuosa de Playfair, cubierta por la hiedra en muchas partes de su fachada.
     En el rectángulo que había sido un prado cuidado, las malas hierbas campaban a sus anchas, en algunas zonas hasta llegar a la cintura. Buchanan Hall estaba vacío, con un polvo de mucho tiempo en los cristales, tras los cuales se lo veía despojado de muebles, muerto, abandonado. Una tarde similar de hacía quince años, jóvenes de muchos países nos aprestábamos para la cena, volvíamos de una biblioteca, nos arracimábamos junto a su piano. Todo estaba desierto. Me quedé mirando Playfair, a cien yardas de mí. No quise dar un paso más. Di la vuelta y salí a la calle. Cuando abandonaba el recinto, la furgoneta de un portero atravesó la verja. Se detuvo. El hombre bajó y echó un cerrojo. Tuve ganas de decirle, conmovido, lo que a él no importaba: que había sido joven entre aquellos muros. ~