artículo no publicado

Protestas en Venezuela: cuando la policía secuestra

Te rodean, te dicen “acompáñanos-estás-detenido” y tú recuerdas que en las películas a la gente no la detienen así.

Ese que aparece en el segundo 43 eres tú. Fuiste al mercado en un país donde lo normal es no conseguir las cosas que necesitas cuando las necesitas: pollo, harina, jabón, leche, azúcar, papel higiénico, desodorante. Te has acostumbrado. Caminas por el barrio Los Palos Grandes, en el municipio caraqueño más opositor, así que ya no te alarman los gritos lejanos de militares ni el ruido metálico de las barricadas que día tras día arman los manifestantes en vías públicas. ¿Cuándo se terminará todo?, te preguntas, aunque ya ni sabes qué tan grande es ese todo porque una protesta es un hiato en la normalidad, pero lo que quedará cuando terminen las protestas es un hiato aún mayor.

Te detienes en el segundo 52 a ver un movimiento extraño al otro lado de la acera. Dos personas se bajan de un coche y van hacia ti. Tal vez dicen tu nombre. Fíjate que no sueltas las bolsas del mercado para mostrar los nudillos, ni siquiera cuando el coche pone reversa en contrasentido. Te rodean, te dicen “acompáñanos-estás-detenido” y tú recuerdas que en las películas a la gente no la detienen así. Al minuto y once segundos la puerta del coche se abre, uno de los hombres te pone la mano en la espalda y de inmediato tratas de huir porque todos saben que nada bueno ocurre dentro de un coche negro con vidrios oscuros. Empieza el forcejeo, eres más grande que los otros, así que el conductor se apresura a ayudar y hasta se olvida de detener el vehículo.

Entre todos te empujan y golpean ante la mirada cautelosa de un testigo que aparece pocos metros atrás. ¿Quiénes serán los malos?, se pregunta, porque en un país con 25,000 homicidios en un año todos pueden ser los malos. Al minuto y 28 segundos ocurre la primera tragedia: dejas caer una de las bolsas. Que no sea la harina, coño –piensas–, que no sea la harina. Mientras te dan manotazos en la nuca y escuchas las llantas de otro coche rechinar a toda velocidad, no puedes contemplar que alguien de ellos sea policía. Aún más: del Servicio Bolivariano de Información. Ellos tampoco se explican cómo alguien puede ofrecer tanta resistencia con una bolsa en una mano. La fuerza del mercado.

Treinta segundos después de empezar el forcejeo sigues resistiendo. Viene una cuarta persona, salta sobre tu cabeza, termina de meterte en el coche y, ya adentro, te pegan para que te tranquilices. Al menos no dejaste caer la otra bolsa del mercado. A partir del minuto dos desapareces del tiro de la cámara y lo que viene es una historia anónima comolas otras golpizas de las fuerzas del Estado. Desde el 12 de febrero han muerto veinte personas, han detenido a 1261 y tu mayor miedo a estas alturas es convertirte en otro número. No hay olvido más veloz que ser parte de la estadística.

Los vecinos gritan ¡secuestro! y la policía del municipio trata de detener al coche que te lleva. Nadie adentro le hace caso ni se identifica como oficial del Estado, por el contrario, el conductor acelera y enfila hacia la autopista. Pensarás que en el video no queda nada más por ver, pero fíjate en el hombre que aparece a trote en el minuto dos, segundo seis. También grita lo del secuestro, no pienses que no, pero cómo iba a dejar perder esa botella de gaseosa que cayó en medio del forcejeo. ¿Qué compraste? ¿Coca-cola? Si te sirve de consuelo, la harina todavía va contigo en el carro.

Nosotros aquí no conocemos una versión real de lo que te ocurrió, solo tenemos ese video desde ayer. Sabemos que la policía del municipio persiguió a tus secuestradores, disparó y mató a uno, y sabemos que el Ministro de Interior dice que esos secuestradores eran policías haciendo su trabajo y que te detuvieron en flagrancia protestando, alterando el orden público.Pero también sabemos la definición de flagrancia y no se parece en nada a lo que muestra el video. No es que sea nuevo esto de la policía secuestrando, lo sorprendente es ver a un ministro justificándolo. Tampoco nos hemos vuelto tan cínicos, no creas.