artículo no publicado

Preliminares

Erotismo adolescente, dos siluetas:

1. En La Celestina, novela discretísima y perfecta, de pronto, como en la vida misma, se cae en brutalidades. Como cuando Calisto, de ordinario comedido y fino enamorado, está desvistiendo a su Melibea con tal ansia que está por desgarrar sus vestidos, situación común en urgencias de pasión:

 

 

Dexa estar mis ropas en su lugar [dice la linda Melibea], y si quieres ver si el hábito de encima es de seda o de paño, ¿para qué me tocas en la camisa? [...] No la destroces ni maltrates como sueles, ¿qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

 

 

Y en la lacónica respuesta del enamorado surge la rudeza: “Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.”

Para Melibea, sin embargo, no hay rudeza ninguna, porque está enamorada: “señor, yo soy la que gozo, yo la que gano”, murmura. Es delicioso que se sigan llamando señor y señora a la hora del desplume.

2. Corría entre los niños la leyenda: si una mujer ingería unas gotas de yumbina incurría de inmediato en un apetito erótico bestial, urgentísimo y devastador que el galán abusador que había suministrado la pócima podía de inmediato usar en su provecho. Era la yumbina un alcaloide veterinario usado para el apareamiento de vacas y yeguas.

La discusión acerca de la ética del empleo a traición del estimulante era interminable. A un grupo nos parecía inadmisible, con el “así que chiste” de los niños, pero el otro mostrábase entusiasta de su administración.

Ahora la yumbina, oí en radio, está de moda en bares y cabarets de Argentina. Dicen que la surten los narcos mexicanos y que es peligrosa porque si se excede la dosis en la ingestión causa la muerte.

 

 

Viajar. Me muestro memorioso de la adolescencia, como indican las anteriores notas, porque, como voy a emprender un viaje largo, ando algo destemplado y tristón. Son las lágrimas de adiós de que habla el gran Matsuo Basho en Sendas de Oku. Así tiene que ser, por entusiasmado que se esté por el viaje. En todo humano cohabitan dos fuerzas: una, la inquieta, nos expele a la aventura; la otra, la remansada, nos succiona, nos atrae hacia permanecer. Hay que ser fiel a ambas potencias: el precio de alejarnos es cierta tristeza aguda, pero breve (se acrecienta cuando llega la partida pero cesa casi por completo cuando se sale y se gana distancia). Me voy por unos meses a dar clases a Boston, y ciertamente dejo aquí muchas personas y cosas que me complacen, algunas que me apasionan, repaso mi diario y leo de encuentros con amigos, de calles, salsas, conversaciones, de tareas inacabadas, indagaciones a medio hacer, muchas cosas más, ¿y no voy a informarme de las últimas crueldades de las gangs mexicanas?, ¿voy a perderme el espectáculo de la venalidad y torpeza nacionales al que soy adicto? Así me pongo siempre cuando me voy de viaje, y luego allá ya no quiero regresar a México. Pero, después de todo, tiene algo de cierto eso de que partir es morir un poco.
Por eso Basho escribió al partir a su
viaje este haikú:

 

 

Se va la primavera

Quejas de pájaros, lágrimas

En los ojos de los peces.

 

 

Pero “los meses y los días son viajeros de la eternidad”, y ya regresaré. ~

 

  • Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay.