artículo no publicado

¿Por qué hay tantos traidores en la izquierda?

Todo activista de izquierda sabe que existe un momento en que las discusiones internas pasan de la capacidad de análisis y discernimiento político al terreno de la calidad moral de los interlocutores. 

La izquierda mexicana está llena de traidores porque demasiados dirigentes y activistas no tienen un marco ético ni un lenguaje que les permita abordar el disenso. Las diferencias no se procesan en el plano del acierto y error, sino en el plano de una ética absoluta que solo ve lealtades y traiciones. Si los amables lectores tienen el tiempo y la paciencia, tomen un discurso al azar de Andrés Manuel López Obrador o algún artículo de los articulistas  que le son afines y comparen cuántas veces aparecen los términos “traidor” y “traición” con la frecuencia de adjetivos como “erróneo”, “equivocado” o “ineficaz”. Todo activista de izquierda sabe que existe un momento en que las discusiones internas pasan de la capacidad de análisis y discernimiento político (“te equivocas en esto, por estas razones…”) al terreno de la calidad moral de los interlocutores (“te has vuelto cómplice de la derecha / el poder / el régimen”). 

Este invierno releí dos obras en las que se plasma este fenómeno: “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura y “Darkness at noon”, de Arthur Koestler. En ambas hay personajes (Trotsky en el primer caso y el alter ego de Nicolás Bujarin en el segundo) que rememoran en sus días de exilio y cárcel los años en los que los bolcheviques discutían rabiosamente sobre todos los asuntos del partido y la construcción del socialismo sin que su honor, mucho menos su vida, estuviera en juego. Sin embargo, durante los Juicios de Moscú, todas las opiniones divergentes fueron presentadas como pruebas irrefutables de la insidia y maldad de los acusados. Los Juicios de Moscú, celebrados entre 1936 y 1938 bajo los reflectores de la prensa mundial, representan esa ruptura entre el disenso como motor interno del aprendizaje y la autocrítica (incluida la solidez de las resoluciones del partido) y la disidencia como traición. La mejor reflexión sobre estos eventos sigue siendo el ensayo “Humanismo y Terror”, del comunista francés Marcel Merleau-Ponty.

La crítica convencional al ensayo de Merleau-Ponty señala que el texto no es más que una justificación de la farsa que fueron los juicios y la resultante consolidación del poder absoluto de Stalin en la Unión Soviética. Sin embargo, el argumento es más complejo. Merleau-Ponty nos recuerda un aspecto fundamental: los bolcheviques de los años veinte debatían sobre la construcción del socialismo al tiempo que lo construían. En la teoría marxista de la historia, ellos se hallaban al mando del proceso histórico durante una coyuntura crucial. Cada decisión conllevaba no solo el peso del momento, sino las implicaciones de su desarrollo a lo largo de la historia. ¿Continuar con un capitalismo de base agraria limitado (Bujarin y Stalin) o iniciar la colectivización e industrialización a gran escala (Trotsky) en 1924? ¿Llevar a cabo la colectivización durante un  corto periodo de tiempo (Stalin) o poner en marcha un largo y acotado proceso de transición (Bujarin) en 1928?

Pero, como se sabe, la historia no sigue procesos lineales, sino que requiere de saltos al frente, retiradas tácticas, pasos al costado y, en cada disyuntiva existe la posibilidad de dar al traste con el proceso entero y estos errores pueden traducirse en un “crimen” contra la historia misma. De ahí el impulso de perseguir y acabar con el error. El problema, nos dice Merleau-Ponty, es que si bien la ética comunista solo era legible a la luz del proceso histórico, el sistema legal soviético estaba anclado en una visión liberal de la responsabilidad de los individuos. Por ello, los Juicios de Moscú fueron una manera (burda y criminal en sí misma) de vestir los “crímenes” contra la historia como crímenes comunes. ¿Bujarin insistía en retrasar y moderar la colectivización? Entonces buscaba restaurar el capitalismo, lo cual no podía haber hecho sin pactar con las potencias imperialistas, lo que a su vez implicaba hacer un lado a Stalin, lo cual no podía hacerse sin eliminarlo físicamente. Luego entonces, Bujarin encabezaba un complot para asesinar al Líder.

He ahí la ambigüedad de la “confesión” de Bujarin. Acepta que sus errores políticos son “criminales” y merecen el mayor castigo, pero hasta el final se rehúsa a admitir los ridículos cargos que se le imputan.

El texto de Merleau-Ponty, por supuesto, sigue admitiendo muchas lecturas; la que rescato aquí es la incapacidad del movimiento comunista  de comprender que las decisiones individuales no pueden aislarse del desarrollo histórico en el que están inmersas y que esto no puede traducirse en un sistema de procuración de justicia, que por naturaleza juzga sobre la responsabilidad individual, aquí y ahora.

El mayor, y más funesto, legado de los Juicios de Moscú es entender el error como atributo del Mal. No hay activista de izquierda que no esté predispuesto a moralizar las opiniones de los adversarios. La paradoja es que esta visión crea la imagen de un adversario infalible: nadie puede equivocarse, todo el que disiente lo hace por pura maldad. El gobierno de Mancera no es ineficiente e incapaz, es un gobierno traidor (y por lo tanto muy capaz y eficiente en su maldad). Mi hermano no tiene una opinión diferente de la mía, desorientada o torpe, no: mi hermano me ha traicionado.

Por supuesto, la izquierda mexicana no es la única expresión de este fenómeno, pero sí es una de sus más conspicuas practicantes. Se requieren nuevas generaciones formadas en la recuperación del plano del acierto y el error que tengan una renovada visión del bien común (y no en una vulgarizada teoría de la historia). Mientras tanto, seguiremos viendo “traidores” arder en las piras morales de las redes sociales y los artículos de opinión. 

 

 

 


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