artículo no publicado

Periodismo de supervivencia

Para un periodista del centro de México, no hay mejor ejercicio de humildad que encontrarse con regularidad con los colegas que trabajan en las zonas de conflicto del país.

No es nada nuevo: en México sufrimos de un odioso centralismo. Será por la concentración del poder político o, en menor medida, del poder económico, pero los que vivimos en el centro padecemos de un narcisismo geográfico deplorable. Y aunque esa distorsión tan mexicana aqueja a muchas y diversas profesiones, muy pocas la resienten como el periodismo. Es tedioso leer a colegas que solo tienen ojos para la realidad desde y para el centro. Opinan desde la comodidad de sus oficinas haciendo gala de una pedantería solo comparable con su ignorancia. El resultado es un ejercicio que no beneficia a nadie y solo resta credibilidad a un oficio al que México necesita desesperadamente. En estos tiempos no nos podemos dar el lujo de mal informar. Si a algo nos obliga nuestra emergencia es a la honestidad que nace de la humildad periodística, el valor supremo de nuestro oficio: siempre asumir que se ignora más de lo que se sabe.

Para un periodista del centro de México, no hay mejor ejercicio de humildad que encontrarse con regularidad con los colegas que trabajan en las zonas de conflicto del país. Algo así intentó hacer la revista Letras Libres al convocar, durante la semana pasada, a periodistas de Sinaloa, Coahuila, Chihuahua, Guerrero y Baja California para dialogar en una mesa que tuve el honor de moderar y que se publicará en breve. Fue una experiencia aleccionadora. Pero también profundamente triste.

Lo primero que uno entiende es que la profesión que llevan a cabo los periodistas en las regiones asoladas por la violencia tiene poco que ver con eso que hacemos los que vivimos en esta suerte de inexplicable oasis que es la Ciudad de México. “Periodismo de supervivencia” le llamó Ismael Bojórquez, director de Río Doce, de Culiacán. Y no exageraba. A lo largo de un par de horas de conversación, Ismael y los otros participantes describieron con lujo de detalle el asedio cotidiano que sufren reporteros, fotoperiodistas, editores y dueños; un asalto multifactorial a la libertad de prensa. En lo que Marcela Moreno, de Milenio en Torreón, definió como una “sofisticada estrategia de comunicación”, el crimen organizado presiona a los periodistas para obtener “complicidad o silencio”. En cualquier caso, lo primero que desaparece es la capacidad del reportero para hacer periodismo: “El que investiga se muere”, explicó alguien en la mesa. Así, el acto informativo rebasa cualquier noción romántica (o frívola, de esas que abundan en las redacciones de la capital) para convertirse en una deliberación constante guiada por el temor objetivo de perder la vida. Los reporteros leen una y otra vez sus notas; las corrigen y ajustan a sabiendas de que, al día siguiente, alguno de los criminales que la protagonizan la leerá. La reacción de ese lector —su furia, su demencia— se convierte, en este “periodismo de supervivencia”, en la principal preocupación del periodista. A esto habrá que sumarle las presiones que recuerdan al viejo México: las que vienen del Estado. Los gobiernos locales siguen retirando publicidad, desprestigiando diarios con la ayuda de otros medios cómplices. Y no, no es una amenaza menor para la libertad de prensa mexicana, pero palidece cuando se le compara con la autocensura que nace del miedo a morir.

Lo segundo que uno comprende al charlar con los periodistas que de verdad viven en la línea de fuego es a qué grado es complejo el problema del narcotráfico en México. Los detalles que los colegas comparten —y hasta sus miradas al hablar— revelan un dolor auténtico pero no reciente. Todos describen un problema no de meses, sino de décadas, arraigado como un actor más de la sociedad. El narco no es nuevo ni lejano; está cerca y lo ha estado desde hace años. Esta etapa oscura, parecen decir, es solo la crónica de una erosión anunciada. Un deterioro creado por años de impunidad, corrupción, desaseo y simple y llana indiferencia. Y los colegas no ven la luz al final del túnel. Lo que sí exigen —de nosotros en “el centro”, del gobierno, de todos— es solidaridad y seriedad. Darles ambas es un imperativo moral.