artículo no publicado

La guerra injusta

En la guerra que libró Estados Unidos contra México, por la cual perdimos la mitad de nuestro territorio, además de la desproporción de los ejércitos, abundaron las violaciones y asesinatos de civiles. “No creo que haya habido una guerra más perversa”, dijo Ulysses Grant. 

Todos los países confrontan tarde o temprano las culpas de su pasado pero algunos se toman su tiempo. Es el caso de Estados Unidos. Ante sus tres pecados originales –la esclavitud, el trato a los nativos americanos y las guerras imperiales–, el verdadero revisionismo histórico comenzó hace apenas medio siglo. Todavía en los cincuenta, en la mente popular prevalecía la imagen idílica del Sur propuesta por Lo que el viento se llevó, y en Más corazón que odio el valiente y probo Ethan Edwards (John Wayne) podía sacar tranquilamente su pistola para intentar matar a la pequeña Debbie (Natalie Wood), secuestrada años atrás por los comanches y por ello irremisiblemente perdida para la cultura del hombre blanco y civilizado. La pasión crítica de la generación de los sesenta, el movimiento por los derechos civiles y la guerra de Vietnam modificaron el pasado. De entonces para acá la producción académica, editorial, museográfica y cinematográfica que corrige la óptica racista de la esclavitud y las guerras indias ha sido cada vez más valiosa y abundante.

Con la historia del militarismo imperial ocurre un fenómeno más ambiguo. Parecería que la literatura histórica y la cinematografía acompañan los zigzags de la política exterior. Si bien Vietnam provocó un vasto autoexamen nacional, las guerras posteriores al 9/11 vieron aparecer libros que reivindicaban el espíritu bélico de Teddy Roosevelt y sus “espléndidas pequeñas guerras” en el Caribe. En los últimos años, tal vez debido al desastroso involucramiento en Iraq, el péndulo ha oscilado de nuevo hacia la consideración de los errores y los crímenes. En este marco moral se inscribe el excelente libro de Amy S. Greenberg sobre la primera aventura imperial de Estados Unidos, la que por más de un siglo se conoció como “la guerra mexicana” (“the Mexican war”) y que Greenberg rebautiza como “a wicked war” (“una guerra perversa”), que es exactamente como Ulysses S. Grant (que participó en el conflicto igual que Sherman, Jackson y Lee) se refería a ella en 1879:

No creo que haya habido una guerra más perversa que la que emprendió Estados Unidos contra México. Lo creía entonces, cuando era solo un joven, pero no tuve el suficiente valor moral para renunciar.

Esa no fue la opinión de Justin H. Smith, cuyo libro The war with Mexico (Premio Pulitzer de 1920) sostenía que la guerra “había sido deliberadamente provocada por acto y voluntad de México”. La idea de un México “belicoso” prevaleció hasta principios de los setenta, incluso en autores sólidos como David Pletcher, que todavía en 1973 explicaba “clínicamente” el conflicto: “México era un país enfermo, aquejado por el equivalente nacional a la gota, la fiebre intermitente y la parálisis progresiva [...] Su enfermedad inspiró en su ambicioso vecino más avidez que compasión.” Por su parte, la historiografía mexicana ha refutado desde siempre esas supuestas causas documentando factores como la larga data del expansionismo estadounidense, el frenesí que provocó en los años cuarenta la idea casi religiosa del Destino Manifiesto y la incidencia de los intereses del Sur en atizar el conflicto para ensanchar el número de estados esclavistas.

Desde entonces han aparecido varias obras estimables sobre diversos aspectos de la guerra. Quizá la más completa por su cobertura detallada del aspecto militar y su atención a las fuentes mexicanas sea Eagles and empire, de David A. Clary (2009). Con todo, por su extensión y prolijidad, no deja de ser una historia especializada. Había espacio para una historia narrativa que con sensibilidad y equilibrio introdujera al lector general en aquel remoto y casi olvidado drama entre las dos jóvenes repúblicas americanas. En A wicked war, Amy S. Greenberg logra ese propósito mediante un eficaz artificio biográfico: contar la guerra a través de la vida de cinco personajes estadounidenses marcados por ella.

El primero es el presidente James K. Polk, el metódico y obsesivo político de Tennessee, antiguo presidente de la Cámara de Representantes y protegido de Andrew Jackson que, acompañado por Sarah, su imperiosa mujer, manejó milimétricamente la guerra de principio a fin y con tal obsesivo tesón que murió a las pocas semanas de dejar el poder. Frente a él, como en un drama griego, se alzó el célebre tribuno Henry Clay, a quien Polk venció sorpresivamente en las elecciones de 1844. Clay, cabeza del partido Whig, se opuso a la inminente anexión de Texas (pactada con los texanos por el presidente saliente John Tyler) porque sabía que conduciría a una guerra que consideraba innecesaria e injusta, pero nunca imaginó que su propio hijo, Henry Clay, Jr., moriría en ella. También en la guerra moriría un personaje menos notorio, John J. Hardin, exsenador por el distrito de Springfield, Illinois, que quiso emular en México las hazañas de su padre y abuelo en las guerras de Independencia de 1812 y las guerras indias. Su contrincante de partido era el joven abogado Abraham Lincoln, cuarta figura del elenco. La guerra, a la que se opuso, lo tocó muy tangencialmente, pero contribuyó a perfilar su ideario político. El personaje final es Nicholas Trist, secretario sucesivo de Thomas Jefferson (casó con su nieta) y de Jackson, que Greenberg rescata del olvido pero que merecería una estatua en ambos países por su contribución a la paz.

Greenberg no teoriza sobre las causas de la guerra, prefiere narrar vívidamente la concatenación de hechos que la precipitaron. En 1844, la victoria presidencial de Clay (después de dos intentos infructuosos) parecía asegurada. Pero su archirrival demócrata Jackson indujo entre los suyos la improbable candidatura de Polk, que resultó popular por su apoyo a la anexión de Texas y su abierto mensaje expansionista. Las elecciones de fines de 1844 fueron cerradísimas. Si el abolicionista Partido de la Libertad no hubiera restado votos a Clay en Nueva York, la historia habría sido distinta. Clay representaba la posibilidad de una relación política y diplomática paciente y respetuosa (no bélica y menos imperial) con las frágiles repúblicas hispanas de América. La guerra con México fue el presagio de la actitud que terminó por consolidarse en 1898, con la guerra en Cuba y Filipinas. No es casual que el biógrafo de Clay haya sido uno de los más lúcidos críticos del imperialismo a principios del siglo XX: Carl Schurz.

La psicología política de Polk –profeta armado del Destino Manifiesto– fue un factor decisivo. Estaba convencido de que “era la voluntad de Dios que las tierras más ricas de México, en especial la franja fértil a lo largo del Pacífico, pasaran de manos de sus residentes inquietos a los blancos laboriosos que saben custodiar mejor sus recursos”. Quizá no quería la guerra en sí misma pero, teniendo varias opciones para negociar los temas contenciosos con México (pago de reclamaciones, frontera de Texas), escaló el conflicto hasta provocar la chispa que precipitó la violencia. Se trataba, según Polk, de una guerra justa, provocada por los mexicanos incapaces de cumplir sus deudas y absurdamente reacios a vender (como Francia y España habían vendido Louisiana y la Florida) un territorio que comprendía Nuevo México y California y que evidentemente no podían poblar, aprovechar ni gobernar.

Estados Unidos, una república joven que, como la mexicana, acababa de conquistar con una guerra su independencia, ¿habría accedido a vender territorio? Polk no se hacía esas preguntas porque veía a los mexicanos como seres inferiores racial e intelectualmente, a los que había que enseñar a “respetar”. “El concepto de justicia que tenía Polk –aduce Greenberg– fue moldeado indudablemente por su experiencia como dueño de esclavos [...] Como sucedió con los dueños de esclavos más conservadores en la década de 1840, Sarah y James Polk creían que el dominio de los blancos sobre los negros era parte del plan divino. El dominio de los fuertes sobre los débiles, y de los blancos sobre los negros o los mestizos, no solo era una realidad de la esclavitud, sino que, a sus ojos, era lo correcto.”

Lo significativo es que esta idea de supremacía racial fue compartida por una vasta mayoría del electorado americano que apoyó con entusiasmo la guerra con México. No faltaron desde el principio voces disidentes, aun de personajes tan contrarios entre sí como el esclavista John C. Calhoun (que acuñó la frase “la guerra del señor Polk”) y el expresidente John Quincy Adams (que veía esa escandalosa guerra como un complot de los esclavistas para dominar el Congreso). Y aun en el teatro mismo de la guerra, Zachary Taylor, el viejo comandante de la fuerzas americanas que iniciaría las hostilidades en la frontera, pensaba que “la anexión es insidiosa como política y perversa como hecho”. Su amigo el teniente coronel Ethan Allen Hitchcock reconoció: “No tenemos una sola partícula de derecho para estar aquí [...] Da la impresión de que el gobierno envió un pequeño contingente con el propósito de desatar una guerra, para entonces tener el pretexto para tomar California y tanto territorio como desee de este país.” Pero la explosión paralela de la población (alrededor de veinte millones en 1845) y la imprenta en Estados Unidos (en la prensa, folletines, novelas, historias) convergieron en la gran causa nacional de la guerra hasta hacerla un fenómeno cultural sin precedente. Walt Whitman, editor de un diario demócrata en Brooklyn, expresó aquel fervor con aliento profético: “¡México debe ser cabalmente castigado! [...] Avancen nuestras armas con un espíritu que enseñará al mundo que, si bien no buscamos pendencias, los Estados Unidos sabemos aplastar y desplegarnos.”

El autoengaño colectivo era evidente. A despecho de algunas bravatas en la prensa y el Congreso, lo último que México quería era la guerra, que asumió finalmente como una fatalidad y como la única respuesta honrosa posible. Pero Whitman –con toda su autocomplacencia moral– reflejaba el ánimo del público y anticipaba la historia: aplastar y desplegarse.

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Esta guerra injustificada duró propiamente del 24 de abril de 1846 (día que en se abrieron hostilidades en Matamoros) hasta el 16 de septiembre de 1847 (día de la independencia en el que los mexicanos vieron ondear en el Palacio Nacional –en palabras de un eminente historiador– “el odiado pabellón de las barras y las estrellas”). Dos contingentes americanos cerraron pinzas, por mar y tierra, en el segundo semestre de 1846 para capturar los puertos de la Alta California y el territorio de Nuevo México. En 1847, el escenario principal fue el norte y centro del país. La fuerza comandada por Taylor avanzó desde la frontera barriendo Monterrey de manera sangrienta (20-24 de septiembre de 1846) hasta batirse con el ejército mexicano comandado por Santa Anna en la primera batalla importante (La Angostura, 22-23 de febrero de 1847). Aunque no hubo un triunfador claro, el público americano exaltó hasta niveles míticos la figura de Taylor. Polk, que recelaba de él (con razón: lo sucedería en la presidencia), dispuso transferir parte de sus fuerzas al Golfo de México, donde el general Winfield Scott acometería el cerco al puerto de Veracruz (9-29 de marzo de 1847) y a partir de ahí recorrería por cinco meses la ruta de Hernán Cortés hasta la ciudad de México. (De hecho, muchos soldados se veían a sí mismos émulos de los conquistadores españoles y traían consigo el reciente libro de Prescott sobre la Conquista.) Luego de librar la decisiva batalla de Cerro Gordo (18 de abril de 1847), a mediados de agosto los estadounidenses llegaron al Valle de México, donde se librarían cuatro batallas históricas y sangrientas: Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec, antes de apoderarse de la ciudad de México. Después de meses de tensa ocupación, el 2 de febrero de 1848 se firmaron los Tratados de Guadalupe Hidalgo en los cuales México aceptaba que su frontera con Texas era el Río Grande y cedía por quince millones de dólares (tres al contado, el resto a plazos) los territorios de Nuevo México y California. Polk habría querido añadir al paquete Baja California. Y había voces que pedían la anexión total del país. Pero gracias a Trist, que terminó por actuar así por su cuenta, el arreglo fue menos brutal. “Para Trist –dice Greenberg– la invasión norteamericana de México y su ocupación de la capital fue ‘algo de lo que todo americano sensato debe sentirse avergonzado’.” Y no era el único en sentir vergüenza: “Siento pena por el pobre México”, escribió Grant a su novia. Las últimas tropas estadounidenses salieron de Veracruz el 2 de agosto de 1848.

Raúl Arias

El libro de Greenberg tiene dos méritos mayores: su empleo de testimonios personales de la guerra y su registro de las atrocidades cometidas por los norteamericanos (en particular los voluntarios) a su paso por el país. Se trata de una historia que no ha sido contada en detalle, ni siquiera por autores mexicanos. En el norte de México ocurrió esta escena, perpetrada por voluntarios de Arkansas:

La cueva estaba llena de voluntarios, que gritaban como locos, mientras que en el suelo pedregoso yacían más de veinte mexicanos, moribundos y muertos en charcos de sangre, mientras que las mujeres y los niños se abrazaban a las rodillas de los asesinos e imploraban piedad [...] Casi treinta mexicanos yacían masacrados en el piso, casi todos con la cabellera arrancada. Las grietas de las piedras se llenaban de sangre que se iba coagulando.

Refiriéndose precisamente a esos actos, Scott escribió al secretario de Estado en enero de 1847: “Nuestros militares y voluntarios, si solo una décima parte de lo que se dice es cierto, han cometido atrocidades –horrores– en México, suficientes como para hacer que el cielo rompa en llanto, y todo americano, de moral cristiana, se sonroje al pensar en su país. Asesinatos, robos y violaciones de madres e hijas en presencia de los hombres atados se han vuelto un suceso común a lo largo del Río Grande.” Sin embargo, un mes después de escribir su carta (contra todas las reglas internacionales de la guerra) Scott mismo negó a los cónsules europeos que se lo solicitaban la evacuación de niños, mujeres, ancianos y enfermos en Veracruz y bombardeó sin misericordia el puerto, destruyendo casas, iglesias, hospitales. Un testigo escribió el día siguiente al Día de San Valentín de 1847: “No nos volvamos a quejar de la barbarie mexicana –pobre, degradada, ‘arrasada por el clero’ como es–. Ningún acto de crueldad inhumana perpetrado por sus más desesperados bandidos puede superar los actos de ayer, cometidos por nuestra soldadesca.”

La lectura paralela de los testimonios que recoge Clary da una idea aproximada de aquella perversa guerra tal como la vivió la población civil. Abundaron escenas de violaciones, saqueos, robos, asesinatos en los que las “víctimas [...] comúnmente eran indios pobres o castas”. Desde Veracruz, el capitán Sydenham Moore le escribió a su esposa que creía que había más de seiscientos civiles muertos, “entre ellos, lamento decir, hay muchas mujeres y niños”. A su vez, el capitán Robert E. Lee le dijo a su esposa: “Mi corazón sangra por los habitantes.”

Conforme los reporteros daban cuenta de las atrocidades, en muchas ciudades americanas el fervor guerrero fue atenuándose hasta convertirse en vergüenza y repugnancia. El propio Hardin, antes de morir en La Angostura, describía a su familia la pobreza del país invadido y confesaba sus dudas sobre la justificación de la guerra. “Los civiles mexicanos [...] siempre nos trataron con amabilidad”, escribió un oficial con remordimiento. Para apreciar directamente esa amabilidad basta mirar con atención los daguerrotipos que reproduce Greenberg, tomados en Saltillo, a principio de 1847. Gente pobre viendo pasar las caravanas norteamericanas como si fueran seres de otro planeta, gente pobre posando con ellos, risueña, temerosa. Gente pobre. ¿Estos eran los feroces enemigos, los representantes de la “raza desleal”, a quienes había que someter?

Greenberg conjetura que las atrocidades eran un eco del pasado reciente: las guerras indias habían dejado su marca sobre las tropas americanas: “cuando se enfrentaban con una ‘raza desleal’, las reglas de la guerra no se aplicaban. La venganza, a sus ojos, era justicia”. El propio Scott había participado en las masacres de indios cherokees en 1838. Sea como fuera, las batallas cruciales de la ciudad de México dejaron un saldo aún mayor de víctimas. Tras la batallas de Padierna –recuerda Clary– “lo más perturbador de todo fue ver a las cientos de soldaderas muertas esparcidas entre los cadáveres de sus hombres”. El Diario del Gobierno declaró: “Mexicanos, estos son los hombres que nos llaman bárbaros y nos dicen que vienen a civilizarnos [...] Que los maldigan todos los cristianos, como ya lo hace Dios.” Mientras tanto, The New York Herald pontificaba: “Como las vírgenes de las sabinas, ella [México] pronto aprenderá a amar a su violador.” Pero ese amor nunca se dio. Las últimas batallas fueron una carnicería, porque las tropas mexicanas (y muchos ciudadanos de a pie, armados con piedras y ladrillos) cobraban cara la invasión. Meses después del cese al fuego, la ciudad vivió aterrorizada por las imágenes y testimonios de saqueos, asesinatos a mansalva y ejecuciones. El coronel George Moore de Illinois adelantaba el veredicto histórico que otros muchos americanos (Thoreau, Emerson, John Quincy Adams, Grant y aun –atenuadamente– el propio Whitman) tendrían finalmente de la guerra: “La guerra dejó un reproche sobre nosotros”, Estados Unidos, “que años y años no podrán remover”.

Entre todos los testimonios de reprobación, Greenberg destaca el discurso de Clay en Lexington, Kentucky, a fines de 1847, en el que señaló la responsabilidad de Polk en provocar una guerra “innecesaria” de “agresión ofensiva” y habló del “espíritu indómito de aventura” que había derivado en un loco “sacrificio de vidas humanas... un desperdicio de tesoros humanos... cuerpos retorcidos... muerte y... desolación”. Clay justifica la postura de México. México, no Estados Unidos, estaba “defendiendo sus hogares, sus castillos y sus altares”.

Su voz grave retumbaba –escribe Greenberg–, Clay se inclinaba sobre el podio, y advertía a su audiencia sobre los peligros de anexar a México, y citaba ejemplos históricos para probar que el imperialismo inevitablemente llevaba a la ruina de la nación conquistadora. Se detuvo un largo tiempo en las “funestas y fatales” consecuencias de emular al Imperio romano, los efectos nocivos que tenía sobre el carácter el convertirse en un “poder conquistador y belicoso”.

Y recordó un ejemplo más cercano: “Todo irlandés odia, con odio mortal, a su opresor sajón”, y trazó un paralelo entre Irlanda y México. ¿Sabía entonces que un grupo de irlandeses se había pasado a luchar al bando mexicano? ¿Se enteró del modo en que fueron colgados como desertores en la ciudad de México? Su recuerdo ha permanecido en nuestra memoria: “el batallón de San Patricio”.

El discurso de Clay (que exigía al Congreso terminar la guerra sin anexar un acre de México más allá de la frontera original con Texas) conmovió a su partidario, el senador de Illinois Abraham Lincoln, que en su intervención exigió señalar el “punto en particular” (“the particular spot”) en el que, según la versión de Polk, los mexicanos habían provocado al ejército de Taylor para desatar la guerra. Su insistencia le valió por años el mote de “Spotty” Lincoln.

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Greenberg advierte en su introducción que no abordará la historia militar. Quizá su libro se habría beneficiado de disminuir un poco el detalle biográfico de sus protagonistas (que a veces distrae de la trama central) a favor de un registro sobre las condiciones materiales y sociales de ambos ejércitos. Las diferencias eran abismales, no solo en la alta formación de los oficiales (el papel de Lee como ingeniero inspeccionando la topografía del terreno, al menos en tres momentos, fue decisivo) sino en el armamento. La movilidad de la caballería ligera (Flying Artillery*) era cinco veces mayor que la de las viejas, pesadas y mal provistas piezas mexicanas. Y frente a los rifles y pistolas de repetición americanos poco podían los lentísimos, anticuados y a menudo inservibles fusiles mexicanos, reliquias de las guerras napoleónicas compradas en los mercados de Europa. Santa Anna, vilipendiado en la historia mexicana como un traidor, hizo la hazaña de levantar tres ejércitos sucesivos de casi veinte mil hombres para las batallas de La Angostura, Cerro Gordo y la ciudad de México. Pero se trataba de tropas populares, que en el primer caso recorrieron por días, casi sin víveres ni agua, el helado desierto de San Luis Potosí y en esas condiciones libraron una batalla digna.

¿Cuántos militares estadounidenses participaron en la guerra? Aunque las cifras difieren, Greenberg habla de 59,000 voluntarios y 27,000 regulares. En lo que sí hay consenso es en el número de muertos: 13,768. Teniendo en cuenta que la población total era de cerca de veinte millones, se trata de la tasa de mortandad más alta de Estados Unidos en una guerra exterior en su historia. Las cifras de muertos mexicanos, tanto civiles como militares, nunca han sido computadas con precisión, pero es claro que excedieron ampliamente a las de sus rivales. La población mexicana era entonces de ocho millones de habitantes. Quizá murió uno de cada doscientos mexicanos.

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En México, la reacción inmediata fue una hondísima lamentación. Guillermo Prieto, que participó como voluntario en la batalla de Padierna, en 1848 publicó pasajes estremecedores, como este: “Al amanecer el 20 de agosto, los americanos, volteando nuestra posición por movimientos efectuados con la velocidad del relámpago, inclinaron su artillería y la nuestra sobre las fuerzas dispersas que huían por el descenso de las lomas y quedaron regueros de cadáveres; heridos que se arrastraban moribundos; carros hechos pedazos y mujeres enloquecidas de aullar, con los brazos levantados y los ojos de lobas perseguidas [...] Aquella avalancha rodaba, se escurría loca, espantosa, en dirección de Churubusco.”

Otro testigo de primera mano fue José Fernando Ramírez, nada menos que el ministro de Asuntos Interiores y Exteriores. Dejó un conjunto de cartas que constituyen un invaluable diario del conflicto. Leerlo es una tortura. El duelo se transforma en furia e impotencia. Ramírez repudia la invasión pero deja clara la responsabilidad de las elites rectoras mexicanas en la derrota: el poderoso y rico clero (que negó el crucial apoyo financiero); las clases altas (indiferentes y aun condescendientes con el invasor); el Congreso, dividido en partidos irreconciliables que se empeñaban en discutir la forma conveniente de gobierno o en discursos incendiarios en vez de procurar medidas prácticas (como la no imposible mediación inglesa) que habrían podido modificar el curso de la guerra; y, finalmente, la oficialidad del ejército, muchas veces cobarde y apocada, dividida por vanidades absurdas, y sobre todo impreparada. Ante tal falta de liderazgo, era natural que la tropa (“masas de hombres sin instrucción y desarmados”) imaginara invencibles a los “gringos”. “No pienso en una victoria –escribió Ramírez–, deseo únicamente que salvemos el honor.” En sus dramáticas páginas, se avergüenza de que los mexicanos no defendieran su territorio como los rusos o españoles ante Napoleón, pero al final se sorprende al advertir en la tropa y en la gente común “el despertar de un grandísimo entusiasmo. Dios quiera que dure”. Duró, pero fue reprimido: “Avisé a las personas de mi familia que estoy sano y salvo de cuerpo. Mi alma está destrozada.”

Desde la azotea de su casa en el barrio de San Cosme, Lucas Alamán vio con su catalejo las batallas finales. Escribía entonces los últimos capítulos de su magna historia de la Independencia de México. Y no se le escapó la cruel paradoja de concluir esa obra al tiempo en que el país sufría una nueva conquista, infligida a México por un país que ni siquiera existía en los tiempos en que Hernán Cortés vencía a los valientes mexicas. Por eso su visión fue apocalíptica: “México parece destinado a que los pueblos que se han establecido en él en diversas épocas desaparezcan de su superficie dejando apenas memoria de su existencia.” Había ocurrido con los mayas, los toltecas y los mexicas. Y ante sus ojos estaba ocurriendo nuevamente:

[...] así también los actuales habitantes quedarán arruinados y sin obtener siquiera la compasión que aquellos merecieron, y se podrá aplicar a la nación mexicana de nuestros días lo que un célebre poeta latino dijo de uno de los más famosos personajes de la historia romana: Stat magni nominis umbra: no ha quedado más sombra de otro tiempo ilustre.

Han transcurrido 166 años desde aquellos hechos. Más allá de la producción historiográfica y las leyendas heroicas, más allá de las conmemoraciones oficiales, de los monumentos que recuerdan los hechos y el registro en los libros de texto, aquella guerra adopta, en el universo mitológico de México, la forma de una cicatriz. Pero una cicatriz que vuelve a doler en los momentos serios y los momentos triviales: una decisión sobre la apertura comercial o un partido de futbol. El tenaz nacionalismo mexicano –defensivo, receloso, incandescente– es inexplicable sin ese agravio.

En Estados Unidos la guerra es parte de la prehistoria, y no parece inminente que, a pesar de la aparición de libros tan meritorios como el de Amy Greenberg, su memoria llegue a las pantallas de cine, ni siquiera como un espejo remoto de las mismas actitudes, errores, prejuicios y atrocidades que Estados Unidos ha cometido hasta tiempos recientes.

Pero el siglo XXI nos regala una oportunidad inesperada para que ambos países confronten y superen su pasado. Estados Unidos puede tomar la iniciativa. En 1847 había cien mil habitantes en Nuevo México y la Alta California. Ahora son varios millones en todo el país. Estados Unidos, esa es la verdad, tiene a México dentro de sí, y no puede darse el lujo de negarlo. La Ley de Amnistía a los migrantes, descendientes remotos de aquellos que padecieron la invasión, sería una buena manera de confrontar las culpas del pasado y reconciliarnos con él. ~

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Término usado en la Guerra Civil y popularizado durante la guerra mexicana refiriéndose a la rapidez de la artillería montada (n. de los e.).