artículo no publicado

Dos chilenos en la FIL

Los últimos libros de Jorge Edwards y Roberto Ampuero son dos puntos altos en la oferta chilena en la más reciente FIL de Guadalajara.

 

Chile, un país de cronistas, poetas y novelistas, fue este año el invitado de honor en la FIL de Guadalajara. Al menos dos generaciones de chilenos presentaron sus libros en la Feria. Jorge Edwards, testigo y protagonista de la turbulenta historia chilena del siglo XX, dio a conocer el primer tomo de sus Memorias en la FIL. Círculos morados, el título del libro que se inspira en las largas juergas envinadas de su adolescencia, le viene como anillo al dedo al recuento de Edwards: una vida temprana que fluye en una nación que produce, exporta y nada en buen vino.

Chile no fue siempre el país que es ahora. Antes del boom económico y de la globalización que ha sostenido la incorporación comercial chilena al mundo, Chile era un país ensimismado. Cautivo entre el desierto y la Antártida y entre el Pacífico y los Andes, las fronteras chilenas no fueron nunca vías de comunicación y tránsito, sino espacios inhóspitos o intraspasables que propiciaron el aislamiento del país. Las percepciones colectivas son difíciles de medir, pero habrá que creerle a los escritores que afirman que los chilenos han vivido desde siempre con una zozobra existencial. Bajo la amenaza de que el serpentino y sísmico territorio chileno pueda hundirse en el mar en cualquier momento.

En su prosa profunda y transparente, Edwards describe con honestidad su tránsito de la infancia a la juventud. Tuvo que enfrentar varios desafíos que brincan en el libro como fantasmas en busca de un exorcista: un padre iracundo y autoritario, un apellido que lo empujaba, no a las letras, sino a una vida comodina y frívola; un jesuita pederasta, una amante suicida y una sociedad profundamente conservadora.

Las batallas de Edwards con los primeros cuatro dilemas de su vida temprana son, en efecto, parte de su historia personal. Biografía que se derrama a los muchos que han vivido tragedias amorosas, familias desgarradas y el abuso de pedófilos incrustados en y protegidos por la iglesia católica.

La historia de la sociedad en la que vivió hasta los años sesenta, y que recupera con un detalle que invita a recorrer de nuevo Santiago o Valparaíso con su libro en la mano, es también la historia de todos: la de Allende y la de Pinochet. La sociedad chilena de clase alta, dice Edwards sin prescindir de un solo adjetivo, era racista, y xenófoba y estaba convencida de ser la Inglaterra o la Suiza de América del Sur. Edwards describe a los de arriba, pero los de abajo asoman en el otro polo de una sociedad clasista y desigual. Los círculos morados de este primer tomo de Memorias, anuncian otros círculos morados: los de una violencia que nadie pudo predecir.

Para conocer los círculos morados que Jorge Edwards dejó pendientes, los bibliófilos de la FIL tenían tan sólo que moverse de estante y generación y darle la mano a Roberto Ampuero. Ampuero necesitó más de una década para llenar el vacío del gobierno de Allende que había dejado Nuestros años verde olivo. Una novela autobiográfica, como él la llama, –publicada en 1999– que inicia con el golpe militar y narra su larga estancia en Cuba como exilado político. Un libro tan opresivo como la dictadura de Castro, que recuerda las historias del escritor claustrófobo por excelencia, el japonés Kobo Abe (con su Mujer de Arena y su Arca Sakura)

La más reciente novela de Ampuero, El último tango de Allende, regresa al pasado anterior a los años verde olivo: a los turbulentos últimos meses que destruyeron la libertad de maniobra del presidente de la Unidad Popular. Unidad Popular, que para 1972 había dejado de ser Unidad (las acciones de los partidos radicales de la coalición gobernante se convirtieron en una invitación abierta al golpe militar) y había dejado de ser Popular (cuando no hay nada que comer es imposible alimentar las lealtades políticas). Y ahí está Allende, en las páginas del libro de Ampuero,lidiando, inteligente e ingenioso, al son de tangos y de largas conversaciones con Rufino (su chofer/panadero y un personaje inolvidable), con su propia esquizofrenia: la del amante de la buena vida –y de las mujeres que se le pusieran al alcance– y la del médico marxista, solidario con las clases bajas y dispuesto a entregar su vida por un proyecto imposible. El proyecto imposible ganó al final y Salvador Allende se suicidó defendiendo La Moneda.

Previsiblemente, los escritores chilenos regresarán una y otra vez a los setenta y a la dictadura militar, porque Chile enfrenta el mismo dilema que otras sociedades –como, toda proporción guardada, la alemana y la japonesa de preguerra– que se veían como el clímax de la cultura y la civilización y se hundieron en una violencia brutal e impredecible. Sabemos qué pasó en Chile entre 1973 y fines de los ochenta: conocemos la represión, las delaciones, la tortura y el asesinato de decenas miles de partidarios de la Unidad Popular, que fueron el sello característico de la cruenta dictadura militar. Pero tal vez sólo la literatura pueda develar algún día los por qués.