artículo no publicado

Desmontar ideologías

Toda proporción guardada, los dilemas políticos en la Inglaterra de los setentas se asemejan mucho a los que ahora enfrenta México. 

El arte del liderazgo es transformar la atmósfera para que lo (políticamente) inaceptable se vuelva posible.

Jim Prior

   

Los políticos ingleses han tenido a lo largo de la historia tres grandes ventajas: son demócratas inamovibles, siempre citables, y cuando escriben memorias sus recuentos no dejan títere con cabeza. Han sido siempre la mejor fuente para aprender a descorrer las entretelas de las negociaciones y componendas que son, al parecer, esenciales en el quehacer político en todas las latitudes, y encontrar el meollo de cualquier asunto, sepultado en la discusión de temas colaterales.

Hace semanas, a raíz de las polémicas que levanta aún cualquier mención de Margaret Thatcher, pedí y leí –salomónicamente– dos libros de memorias políticas de sus contemporáneos. Uno, –A Balance of Power de Jim Prior– es una crítica feroz del thatcherismo y otro, Thatcher’s People de John Ranelagh* es una defensa apasionada de Thatcher y su equipo. Ejemplares amarillentos, publicados hace decenios, que huelen a ropero viejo, desechados por bibliotecas públicas británicas: de esos fantasmas históricos de papel que son una máquina del tiempo.

Inglaterra enfrentaba en los setenta –toda proporción guardada– una disyuntiva política similar a la de México ahora: reformarse o conformarse al declive o estancamiento económico. Para aplicar reformas, tenía que romper el consenso de décadas, que era muy parecido al que enarbolan aquí los opositores de izquierda a la reforma energética. Un dogma ideológico que coloca a la política por encima de la economía con consecuencias económicas desastrosas. A saber, la fe en la necesidad de mantener un estado interventor que administre las industrias estratégicas, controle precios a través de subsidios y expanda el gasto público para mantener un creciente Estado benefactor –sin considerar los efectos inflacionarios, la creciente deuda pública y, peor aún, el impacto de esas políticas en la tasa de crecimiento.

Ese dogma político ha tenido siempre el mismo resultado económico, porque en la carrera entre crear riqueza y distribuirla, el pastel siempre resulta insuficiente. La economía inglesa creció a fines de los setenta a una tasa de 2.5%; el gasto público –que abarcaba el 60% del PNB– se elevó en 9%. Como en México, el Estado inglés resultó ser un pésimo administrador: tan sólo British Steel perdía dinero al ritmo de una libra esterlina por segundo.

Para colmo de males, los sindicatos de las empresas estatales se convirtieron en centros alternativos de poder. Unos cuantos activistas de izquierda que controlaban a millones de trabajadores podían paralizar la economía. Basta traducir las siglas –TUC por CNTE o SNTE– y los métodos, picketing, por marchas y plantones.Los resultados son los mismos. Igual que el hartazgo de los ciudadanos que llevó, por cierto, a Thatcher al poder en 1979.

También allá los creyentes en el dogma del Estado interventor, como Prior, se negaban a permitir la participación de los empresarios privados en las industrias estatales, apoyaban la negociación con los sindicatos y la introducción de reformas a cuentagotas, poniendo algunos parches por aquí y otros por allá. La negociación y los parches resultaron una estrategia suicida: los grandes sindicatos rebasaron cualquier acuerdo y sellaron su destino junto con el consenso político de posguerra.

Quienes colocan a la política por encima de la economía y pretenden  solucionar los males de Pemex eliminando la corrupción y privando a la empresa de la eficacia económica que rige el funcionamiento del sector  privado, olvidan que los sindicatos corruptos que rebasan su función legal y se transforman en grupos de poder político, son parte del paquete de los grandes monopolios estatales.

Cuando el patrón es el Estado, el juego de intereses políticos entre sindicatos y gobierno es inevitable: entre el partido en el poder –que necesita votos– y  los sindicatos de empresas u organismos estatales que tienen la capacidad de decidir quién gana en elecciones cerradas. El problema no son los sindicatos corruptos que se convierten en grupos de poder político, el problema es la estructura política y económica que les da vida y alas.

Pemex no es British Steel en los años setenta, pero para allá va. Reforma  publicó el 28 de julio una noticia que por sí misma debería convencer a los opositores de la reforma energética: en el primer semestre de este año, Pemex reportó un “patrimonio negativo” de más de 324 000 millones de pesos y sus exportaciones bajaron una vez más. En los primeros seis meses de 2012 fueron de un millón 227 mil barriles diarios; en este semestre Pemex exportó un millón 155 mil b/d. No hay “otros datos”.

 

*Jim Prior fue miembro del gabinete de Margaret Thatcher y Ranelagh, parte de uno de los think-tanks que formularon el thatcherismo.

(Una versión de este texto fue publicada previamente en el periódico Reforma)