artículo no publicado

Poemas

Así que el ángel de la historia

era esto: el impuro percutir de un ala

contra las olas; rachas enloquecidas

de furia tramontana; luz de cal;

flores de caucho; tumbas en el aire

y un perro lejano, azul, mojado

en una cala, que le grita al mar,

día y noche gime junto al océano,

obteniendo un no por toda respuesta. ~

(En Portbou, 2012)

 

Me he parado a mirar una calle

que baja hasta el río, que baja o sube

según quien venga de tierra adentro o

de tierra afuera; calle con aires de mar

y rumores de oficios extinguidos:

lanero, calderero, herrero,

alfamarero, imaginero, poeta.

Calle platónica, ideal para ¿“aceptar

la infinitud del instante”? –como dijo

el gran Rainer Maria–. En todo caso,

aquí es donde la infinitud se nos desnudó

una noche, frente a un portal en ruinas,

para mostrarnos, como quien tiembla

en sueños, toda esa abundancia del animal

herido; como quien tiembla o vela

en una pensión de la que nunca, nunca

se ha visto entrar ni salir a nadie.

Ahora esta calle, que arroja falsos relumbros

de puerto, y tiene silencios milenarios

adheridos a la piel, con sus pasos de luto

se repite en mí, con sus piedras que sangran

se repite hasta olvidarse: acepta mi sombra. ~

(En Zamora, 2013)