artículo no publicado

¿Padece el liberalismo una tentación imperial?

El liberalismo debe acotar al Estado o a los poderes fácticos? ¿Es una obligación liberal amar al país propio o a las instituciones democráticas? ¿Es posible un orden internacional liberal que prescinda del imperialismo? ¿Son los derechos del hombre una expresión masculina o universal? ¿Desde qué valores, si no los religiosos, pueden las democracias sancionar conductas? López Noriega, Peña Rangel, Iber, Vela Barba y Zaid evitan los facilismos al momento de plantear estas y otras interrogantes en torno al quehacer liberal.

El imperialismo es, sin duda, una forma de negar lalibertad. Y sin embargo, en los últimos dos siglos el Reino Unido y los Estados Unidos, naciones que deben mucho a la concepción liberal del Estado, fueron también los imperios más poderosos y extensos del mundo. el Reino Unido ha invadido alrededor de un noventa por ciento de los países del globo; los Estados Unidos, en 2013, tiene personal militar desplegado en tres cuartas partes de ellos. Naturalmente, el liberalismo no es el único camino hacia el imperio, pero es una ideología que puede llevar a él y que lo ha hecho.

No hay que exponer un marxismo vulgar para sospechar que una razón de lo anterior es que la democracia liberal fue, por un tiempo, el modo político del capitalismo. El capitalismo industrial se desarrolló primero en Reino Unido, y, en el proceso de crear el mundo moderno, exigía mercados crecientes para productores y consumidores. Asegurar la existencia de esos mercados era una cuestión política y un asunto de Estado. Y por lo tanto, potencialmente, de imperio. El propio Marx, nunca nostálgico de la “idiotez rural” del precapitalismo, consideraba el imperialismo una parte del camino hacia el desarrollo mundial que haría posible el capitalismo y, luego, el socialismo.

Imperialistas liberales más convencionales que Marx veían también el imperio en esos términos. Consideraban que su imperio no era rapaz o depredador sino, por el contrario, un instrumento de prosperidad y paz. Multiplicar la producción industrial auguraba un futuro próspero, por lo que expandir intercambios comerciales tenía un potencial civilizador que, al crear vínculos de dependencia mutua, hacía menos probable el conflicto. Esto podría haber sido cierto entre socios comerciales relativamente iguales, pero no cuando el poder de un socio superara por mucho el del otro; y ese fue el caso especialmente desde que Londres se convirtió, para la mayor parte del planeta, en capital financiera. Hubo lugares, como Argentina, que hicieron profundas concesiones sin ni siquiera tener que formar parte como tal del imperio. Pero en todo el mundo la amenaza de violencia fue muy real. Como decía lord Palmerston, primer ministro en 1860: “En cierto sentido, es posible que el comercio no debiera ser impuesto por las balas de cañón, pero por otro lado el comercio no puede florecer sin seguridad, y a veces no es posible garantizar esa seguridad sin la exhibición de fuerza física.”11

Para el Reino Unido, lo que empezó como un imperio comercial se fue transformando gradualmente en un imperio de posesión territorial a medida que amenazas de rebeliones locales y de otros poderes europeos cuestionaban el dominio británico. El imperio era diverso: incluía monarquías, protectorados y toda clase de relaciones con la Corona. Por encima de todo ello estaba un predecible racismo: cuanto más blanca fuera la piel de los residentes de la colonia, más rápido su camino hacia la autodeterminación. Buena noticia para los residentes blancos de Australia y Canadá; menos buena para los sudafricanos negros, que sufrieron bajo la cruel fusión de capitalismo e imperialismo. La libertad de los africanos por sí solos era barbarie, decía el razonamiento imperial, y por lo tanto se les impuso una nueva forma de barbarie.

Con la llegada del siglo XX, el liderazgo del imperialismo liberal pasó del Reino Unido a los Estados Unidos. Cada guerra mundial hizo más evidente la dominación estadounidense, pero el proceso había empezado mucho antes, particularmente en Latinoamérica. La expansión hacia el oeste de Estados Unidos a mediados de siglo se llevó consigo la mitad del territorio de México. En la década de 1890, el papel de Estados Unidos como poder hegemónico en la región fue reconocido incluso por el Reino Unido, que solicitó su supervisión en la resolución de un conflicto fronterizo entre la Guayana británica y Venezuela. Después de la breve guerra con España en 1898, Estados Unidos tomó las Filipinas y Puerto Rico, y colocó a Cuba en una situación de soberanía en entredicho.

Durante las décadas siguientes la intervención en el Caribe fue habitual. “Yo fui un mafioso que trabajó en favor del capitalismo –dijo el general de división de los marines Smedley Butler después de su jubilación, tras haber supervisado muchas de las ocupaciones–. Me pasé treinta y tres años siendo un matón de clase alta para las grandes empresas, para Wall Street y los banqueros.”22 Pero actuar a nombre de intereses privados no era una misión respetable para las fuerzas estadounidenses, por lo que sus incursiones fueron ennoblecidas con ideologías de libertad y democracia. Las fuerzas militares estadounidenses en Nicaragua, cuya presencia duró de 1912 a 1933, trataron de reducir el poder de caudillos locales por medio de elecciones, introducir partidos competitivos y crear una fuerza policial estable que pudiera garantizar un orden más liberal para cuando los estadounidenses se retiraran. Cuando finalmente lo hicieron, con todo, el líder de esa fuerza bien formada y equipada, nada más y nada menos que Anastasio Somoza, no la utilizó para fortalecer la democracia, sino para tomar el poder él mismo. Imponer a Somoza no había sido el plan de Estados Unidos, pero como en el caso previo del Reino Unido, en la mayoría de las veces podía convivir con dictadores amigos que no pusieran en riesgo sus intereses económicos y de seguridad.33

El imperialismo estadounidense no fue, por lo general, territorial. Consiguió lo que el Reino Unido había intentado sin éxito en el siglo xix: mercados abiertos y regímenes compatibles sin los costes de la ocupación formal. Justificó sus acciones con una combinación de argumentos sobre la superioridad civilizadora, autoengaños sobre su condición de paladín de la democracia y, en una extensión del pensamiento propio de la Doctrina Monroe, amenazas de intrusión de otros imperios. Con la Guerra Fría, la visión que Estados Unidos tenía de sí mismo como defensor de la libertad se intensificó al contraponerse como enemigo del totalitarismo representado por la Unión Soviética. En Europa esto no era un absurdo evidente, y algunos académicos han escrito que Estados Unidos ejercía allí como un “imperio por invitación”. Pero las amenazas al orden liberal en lugares dominados por Estados Unidos podían ser brutales. Latinoamérica sufrió buena parte de ellas; la cia metió la pata con un golpe exitoso en Guatemala en 1954 y contribuyó al estallido de una guerra civil que duró cuarenta años. La guerra en Vietnam y el apoyo estadounidense a dictadores en Latinoamérica y el resto del mundo pusieron de manifiesto la falsedad de la idea de que Estados Unidos era un imperio benigno. Como había sucedido anteriormente con el Reino Unido, la amenaza de la violencia subyacía al orden liberal.

En las últimas décadas, el crecimiento en la economía mundial –en buena parte encabezado por Estados que siguen estrategias francamente antiliberales y mercantilistas– ha debilitado el dominio estadounidense. La crisis ha puesto de manifiesto los límites del poder de los Estados Unidos. Pero si la era del imperialismo liberal parece estar en declive, subsiste un orden liberal junto con las lecciones de los dos últimos siglos: el intercambio entre naciones libres, como entre individuos libres, funciona mejor cuando el poder de las partes es parecido. Las desigualdades extremas pueden hacer de la libertad una ficción. Para quienes creen en la promesa de un orden liberal sin imperialismo, uno de los proyectos vitales de este siglo es asegurarse de que el poder sea distribuido de una manera suficientemente equitativa como para que el sistema basado en la tradición liberal funcione bien. ~

Traducción de Ramón González Férriz

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1 Bernard Porter, The lion’s share. A short history of British imperialism, 1850-1995, Londres/Nueva York, Longman, 1996).

2 Smedley Butler, “America’s Armed Forces”, Common Sense iv, no. 11 (noviembre de 1935).

3 Michel Gobat, Confronting the American dream: Nicaragua under U.S. imperial rule, Durham, Duke University Press, 2005.