artículo no publicado

Otra genealogía

Tendemos a otorgar identidades en función de la nacionalidad, la religión o la orientación sexual. Sin embargo, la suma de lo que leemos a lo largo de una vida nos confiere también una identidad, una singularidad entre todos los demás, especialmente si, como en el caso de Manea, esa vida se desarrolla en el exilio.

Al parecer, el concepto de “identidad” –con sus numerosas acepciones y connotaciones– ha cambiado con rapidez en el mundo global y se ha convertido en un eslogan barato no solo en la vida pública y política, sino también en la privada, donde se usa y del que se abusa, como si fuera la clave milagrosa para resolver cada una de las dificultades, idiosincrasias o calamidades del trabajo cotidiano. ¿Has descubierto tu identidad? En este caso eres el legítimo dueño de una bandera, un póster o incluso de un himno, con un triunfante carné de membresía, obviamente equipado para superar las cuantiosas barreras en la competición diaria para alcanzar la felicidad.

La identidad es, en mi opinión, un tema demasiado profundo y esencial para que se pueda convertir en un simple pretexto para la manipulación y trivialización pública. Se merece un análisis serio de nuestra historia personal y colectiva y también de la historia del “otro”. El crisol tan soñado en nuestra sociedad global y moderna se enfrenta a menudo con una necesidad obsesiva, nostálgica de sentido de pertenencia tribal, donde las memorias comunes y comunales y los impulsos adquieren una naturaleza combativa y a veces vehemente.

Lo que no deberíamos olvidar nunca es que el otro no es malo por su género, raza, creencias o color político. Malo es el “hombre de uniforme” que se encuentra entre los suyos y entre extraños, el feroz creyente de su propia verdad, en la absoluta coherencia y en la unanimidad, homogeneidad, uniformidad y la obediencia uniforme. Uno de los ejemplos más recientes nos llega no necesariamente de las tiranías actuales, sino de los “Políticos de uniforme” en el Congreso de Estados Unidos, de una democracia que funciona a partir de la concesión y la cooperación entre varios grupos y partidos, fundada sobre la libertad de expresión y el respeto mutuo y la comprensión del otro. Puede que sea el momento para recordar lo que nos dijo la escritora americana Gertrude Stein sobre la diferencia entre la identidad y la entidad.

Según ella, la identidad nos conecta con cierto grupo social, sea por el género, etnicidad, lengua, edad, raza, religión, orientación sexual e incluso por ciertos rasgos físicos o psicológicos específicos. Por contrario, la entidad es lo que “queda” cuando nos encontramos solos en la habitación vacía. Incluso en esta situación solitaria, la conexión con otras personas o con nuestro propio grupo social de familiares, amigos o compañeros no está del todo anulada, por supuesto, solo se retrae en la sombra y se vuelve implícita más que explícita. De todas formas, tanto la identidad como la entidad se refieren a una premisa particular de nuestra biografía (familia, religión, educación, historia de un lugar y un momento).

 

Y, sin embargo, no somos exclusivamente el producto de una familia, un país y una comunidad. Diría que también somos el resultado de nuestras lecturas, el producto de nuestra bibliografía, no solo de nuestra biografía. Esta “otra genealogía” no se puede leer en nuestra partida de nacimiento o en nuestra nacionalidad, en la tarjeta de crédito o en el pasaporte. Define un grupo muy heterogéneo de personas formadas y deformadas por un conjunto de libros y autores. Obviamente, no me refiero necesariamente a libros político-ideológicos como El libro rojo de Mao, o el Verde de Gadafi, o incluso Mi lucha de Hitler, que también pueden haber tenido un impacto formativo, al igual que la Biblia o el Corán, o los numerosos cuentos de hadas, libros de aventuras, de cocina o de jardinería, de ciencia o deportes. Me refiero más bien a libros literarios, el “canon” de la cultura occidental, desde Aristóteles a Cervantes y desde Shakespeare a Flaubert y Whitman, desde Spinoza a Dante y desde Proust a Joyce y Kafka. Se puede considerar una genealogía artificial, creada por los seres humanos mismos, pero desde luego puede competir con la genealogía natural a la hora de estructurar nuestra personalidad, o modelar nuestras opciones. También expresa la necesidad de algo que vaya más allá de nuestras limitaciones demasiado humanas, nuestra estrechez territorial y lingüística, de algo que nos expone a las vastas incertidumbres y sentimiento de pertenencia al mundo.

 

Puede resultar extraño hablar de temas tan “esotéricos” en una época de dominio mediático y de comunicación instantánea a través de Facebook, teléfonos móviles, internet, Twitter y otros muchos dispositivos nuevos en preparación, con sus rápidas y excesivas simplificaciones, que sustituyen a los lectores por aficionados a la televisión, que sustituyen la palabra por la imagen, que disminuyen el nivel general de educación de los jóvenes. No obstante, precisamente por esta situación tan grave y que va empeorando, puede que merezca la pena recordarle a la gente, independientemente del resultado, que un enfoque demasiado veloz y pragmático de la vida y especialmente de la cultura puede tener consecuencias desagradables y duraderas sobre la cordura de la sociedad en su totalidad: los principios que gobiernan nuestras vidas, los representantes que elegimos, las leyes que votamos, el futuro que se prevé para nuestro planeta. Los libros y el arte y la cultura proporcionan una pausa necesaria y curativa en la carrera diaria, en la persecución de trofeos triviales e inmediatos de la odisea efímera que encarnamos.

La genealogía libresca ha demostrado ser, para algunos de nosotros, incluso más importante que la que se encuentra en los archivos de nuestra herencia: a lo largo de nuestra aventura por la página impresa podemos encontrar parientes espirituales más cercanos que los que habitan el álbum familiar. En los estantes de nuestras bibliotecas y los de todas las bibliotecas del mundo vive otra gran población de personajes, diferente a la que sale en el censo anual, que potencialmente está compuesta por grandes interlocutores, consejeros, contrincantes y amigos, más importantes que los que nos acompañan en el café de la mañana. Nos hablan del alma y de la mente del género humano, algo mucho más importante que nuestros vecinos cotillas o las noticias y los escándalos mediatizados. Ellos han sido y siguen siendo para algunos de nosotros los verdaderos camaradas formativos y fidedignos en nuestra “biografía pensante”, en la lengua interior y la intensidad de nuestra individualidad.

En La guarida, mi novela reciente, el protagonista, un hombre de letras y exilio, afirma que los terroristas que destruyeron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 tomaron una elocuente y trivial elección cuando escogieron como objetivo el símbolo de la competición económica –algo bastante banal y cínico en el fondo– y olvidaron que el núcleo de la civilización que tanto les irrita es La Biblioteca, el gran depósito de ideas y de imaginación, de conocimiento y creatividad.

No sé si el paraíso terrenal puede ser una biblioteca, tal y como imaginaba Borges, pero sé con certeza que es el domicilio y la fortaleza de todas las aptitudes humanas.

 

Filón de Alejandría se aventuró a decir que la palabra (Logos) fue la primera imagen de la Divinidad, la primera representación de Dios que pudo transmitir el intelecto, la imagen real de Él y del hombre. Argumentó que el verdadero factor de cohesión humana es la conexión espiritual, no la genética o la ritualista. Según Filón, la naturaleza intelectual del Logos  representa la afinidad espiritual entre nosotros y simboliza “la imagen de lo divino”.

 

Tengo, desde luego, razones personales para abordar un asunto tan complicado y complejo.

Ha pasado mucho tiempo, demasiado tiempo, pero aún recuerdo el día de junio de 1945 en que, al regresar de un campo de concentración llamado Transnistria, me regalaron mi primer libro de cuentos de hadas. Vivía aquel verano mágico en una pequeña ciudad moldava, abrumado por la milagrosa banalidad de un entorno normal, seguro. Aquella tarde, en especial, era perfecta. Era soleada y tranquila, y la semioscuridad de la habitación resultaba acogedora. Mi acompañante era el libro de cuentos de hadas rumanos, con tapa verde y dura, que me habían regalado unos pocos días antes, al cumplir la solemne edad de nueve años.

Creo que fue entonces cuando empezó para mí el milagro de las palabras, la magia de la literatura. Enfermedad y terapia a la vez. En los años difíciles de la dictadura socialista en la Europa del Este bajo el ojo omnipresente del Estado policial, con sus guardianes y delatores, con su poderoso censor –el policía de la palabra–, mi generación persistió, a pesar del riesgo, en una peligrosa caza de libros prohibidos e “ilegales” que alimentaron nuestra supervivencia moral y espiritual. No solo el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, sino libros “decadentes” de poesía y prosa: diarios presidiarios, la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la constitución americana o francesa, libros sobre la Inquisición, libros de santos y mártires, y también libros de Koestler y Nietzsche, de Erasmus, Gógol y Cervantes.

En los años de la posguerra sentí profundamente la ausencia de una biblioteca familiar. Me habría servido –tal y como les pasó a muchos amigos que no tuvieron que pasar por mi experiencia extrema– de “guarida” protectora contra el venenoso mundo exterior. Así que fui leyendo todo lo que me caía en las manos, un montón de morralla adolescente, Balzac y Galsworthy y Stendhal y Fadeev, Flaubert, Polevói y Conan Doyle, Neruda y Ehrenburg y Stalin.

En mis años universitarios en Bucarest aproveché las grandes bibliotecas públicas para descubrir la literatura rumana moderna que estaba prohibida, y en los años siguientes, durante la llamada época de “liberalización”, por fin tuve acceso a Proust y Kafka, a Joyce y Babel, a Sabato y Virginia Woolf.

 

Pronto, demasiado pronto, quise ser parte de aquella familia de magos de la palabra, estar entre esos parientes secretos míos. Era una forma de buscar mi verdadero yo entre los muchos personajes que me habitaban.

Finalmente, pude oír mi propia voz en mi libro, que también tenía, casualmente, tapa verde.

Y, no obstante, ser escritor en una sociedad que usa la cultura como arma, que honra al artista con exagerados privilegios o castigos, es más difícil, por decirlo suavemente, que en una sociedad de mercado libre, con sus vulgares normas de ganancias aplicadas a todas las actividades humanas, incluida la cultura.

Allí y entonces, incluso más que aquí y ahora, se necesitaba una determinación estúpida para seguir siendo fiel a uno mismo.

 

El aprendizaje social de cualquier individuo en cualquier lugar se puede ver como la aventura de Augusto el Tonto, descaminado por promesas engañosas; más aún si se trata de la vida de un artista, profesional de las quimeras.

Aún con todo, la experiencia totalitaria sigue siendo incomparable en cuanto a su patología, sus máscaras y su falsedad.

De manera inevitable, en la arena pública, Augusto el Tonto, el artista, se enfrenta finalmente al Payaso del Poder. La tragicomedia humana entera se puede ver, a veces, en este encuentro, en la historia del Circo como Historia.

 

Para un escritor, siempre “sospechoso”, como dijo Thomas Mann, exiliado por excelencia, la lengua es su placenta. Más que para cualquier “forastero” en su propio país, la lengua es para un escritor no solo una guarida, un hogar espiritual, su genealogía irrevocable, sino también una especie de legitimación. A través de la lengua se siente rico y equilibrado; y, cuando es totalmente responsable de su riqueza, se gana la ciudadanía y su pertenencia.

La lengua es siempre el hogar y la tierra natal de un escritor. Ser exiliado de este último refugio también representa la descentración más brutal de su ser, una quemadura que llega hasta el núcleo de su creatividad, al centro de su ser.

Aplacé la decisión de abandonar la bizantina Rumanía comunista porque fui lo bastante infantil como para engañarme y convencerme a mí mismo de que no vivía en un país, sino tan solo en una lengua, en su refugio mágico.

Cuarenta años después de regresar de los campos, ya había forjado mi propia biblioteca, mi más preciada fortificación de defensa contra la agresión de la pesadilla exterior. La tuve que dejar en la nada de un país totalmente asediado por la desdicha, las mentiras y los espías.

Expulsado una vez más a los cincuenta años, como antes a los cinco, por un nuevo dictador y una nueva ideología, esta vez tenía que considerarlo como un honor merecido y no solo como una desgracia reiterada. Esta vez me vi exiliado a la libertad y normalidad, por muy relativas que fueran, no al horror y a la muerte.

Tal cambio brutal era, no obstante, apabullante en sus confusiones e inquietud. Me llevé conmigo la única Riqueza que poseía, mi lengua, mi hogar y tierra natal, como un caracol.

Todavía es mi refugio infantil, mi lugar de supervivencia.

 

Por muy liberador que resultara, ir del exilio interior al exilio propiamente dicho no fue una experiencia fácil. Fue una dura lección sobre el renacer, sobre enfrentarse a un extenso conjunto de costumbres e ideas que habían crecido en mí y conmigo en mi vida anterior.

Aprendí mucho todavía sobre la lucha planetaria de mis acompañantes terrenales en el viaje y sobre mi nuevo yo, incluso aprendí a alabar el exilio y a estarle agradecido: le agradecía todo lo que es reto y epifanía, todas las dudas y el aprendizaje perpetuo que supone, y también le agradecía su vacío y su riqueza, que me hubiera liberado y que hubiera provocado un choque en mi interior.

El forastero es consciente o inconscientemente siempre un exiliado potencial o parcial, y todos los verdaderos escritores son exiliados perpetuos de este mundo, incluso cuando apenas salen de su cuarto.

Cada vez más, el exilio ha terminado convirtiéndose en un emblema de nuestro tiempo.

En todas partes, la gente se enfrenta a la contradicción entre la centrífuga modernidad cosmopolita y la centrípeta necesidad (o al menos nostalgia) de sentido de grupo.

 

En los primeros y duros años de desplazamiento y desposesión que acompañaron mi exilio forzoso, intenté retomar, paso a paso, la compañía familiar de los autores amigos, todavía vivos en los estantes de la biblioteca, aunque ataviados con otras lenguas. Era una manera de recuperar nuestra inusual genealogía común. Recordé de nuevo, tal y como lo había hecho en muchos difíciles momentos en el pasado, que durante el terrible asedio de Leningrado tras la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial, cuando la gente se moría por el hambre, el frío y las enfermedades, muchos supervivientes encontraron la fuerza y el ánimo releyendo a Tolstói y Dostoievski. En mi intensa batalla por adaptarme al Nuevo Mundo, los libros antiguos y modernos formaban otra vez una “guarida” protectora contra el caos diario de lo desconocido, tan diferente en cuanto a forma y dinámica a mi vida anterior, y también me guiaban a entenderla mejor.

 

Todos nos enfrentamos ahora a un cambio cultural drástico, con su rápido aumento en la comunicación e información y sus efectos visibles en el alfabetismo menguante. Paradójicamente, eso ocurre en un momento en el que hay fácil acceso al material impreso, cómodamente multiplicable sin riesgo; en el que la enorme cantidad de logros intelectuales del pasado y del presente está disponible en un instante. A la vez, la velocidad de la vida cotidiana está creciendo sin cesar y está despojando a la gente de su tiempo privado y de su intimidad, contrastando con la inmensa oferta de entretenimiento y diversión.

El enfoque a la vida, acelerado y más práctico, hace que el esfuerzo intelectual parezca menos “divino” por lo que respecta a Filón de la vieja Alejandría, o a Borges de la moderna Buenos Aires.

 

La otra genealogía, arraigada en libros y en la creatividad, sigue siendo esencial para nuestro futuro común y vale la pena recordarla. ~

 

Traducción de Dana Mihaela Giurca