artículo no publicado

The New Yorker tropieza

Para los que nos dedicamos a editar revistas, la portada es una obsesión. Una gran portada es clara y provocadora. Cuando Esquire fotografió a Muhammad Ali a semejanza de San Sebastián en abril de 1968, la portada transformó el debate sobre el pacifismo del boxeador y sus consecuencias. Lo mismo puede decirse de la célebre portada de Rolling Stone, de enero de 1981, en la que John Lennon abraza a su madre-esposa Yoko unas horas antes de ser asesinado. Ahora, si de excelencia constante se trata, nadie como The New Yorker (The Economist, diría alguno, también podría pelear la corona). Las portadas de la revista neoyorquina tienen sólo cuatro elemntos: la ilustración, la fecha, el precio y el cabezal. Ni una letra más (que los editores hayan recurrido al fold-over para promover los artículos de la revista es testimonio de su genialidad y su respeto absoluto por la portada). La historia de The New Yorker está llena de portadas icónicas. Quizá la más famosa es la del 29 de marzo de 1976 en la que Saul Steinberg dibujó su “Vista del mundo desde la Novena Avenida”. Siguen en la lista la no menos famosa “New Yorkistan”, de diciembre 10 del 2001, creada por Maira Kalman y Rich Meyerowitz. Ambas son producto de su tiempo e ilustran, sin necesidad de explicar nada, dos momentos muy distintos de la vida neoyorquina (y mundial). Para mi gusto, sin embargo, la mejor portada del New Yorker es la de las torres negras sobre el fondo negro en los días negros que siguieron al 11 de septiembre. Publicada el 24 de septiembre del 2001, la revista refleja –sin necesidad de palabras; vaya, sin necesidad de colores– el principio de un luto que no termina. Una imagen para la historia.

Pero hasta al mejor cazador se le va la liebre. Aunque habrá que ver la explicación de David Remnick, editor en jefe del New Yorker, la portada que ahora circula se antoja como una equivocación poco común. Bajo el nombre de “La política del miedo”, la ilustración de Barry Blitt muestra a Barack Obama vestido de musulmán despidiéndose de su esposa Michelle, quien viste fatigas de combate, en una oficina oval que tiene, al fondo, un cuadro de Osama Bin Laden y una bandera estadounidense en el fuego. Blitt ha dicho que la imagen pretende demostrar “cuán enloquecido y ridículo” es utilizar al miedo irracional como estrategia de campaña. Pero el tiro parece haberle salido por la culata. Los primeros en brincar no han sido los republicanos sino el equipo de Obama. No es la primera vez que Blitt publica una imagen polémica en el frente de The New Yorker. Apenas hace un año, Blitt dibujó al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad como un homosexual buscando sexo en un baño, muy al estilo del senador republicano Larry Craig. Habrá que ver si esta vez el humor de Blitt no le sale caro a la revista y al objeto de su ilustración. Con una elección que claramente se decidirá en gran medida por la herida racial, el horno no parece estar para bollos.

Pd.- De último minuto me entero que Remnick califica la portada como “una sátira… que pone un espejo frente a los prejuicios e ideas oscuras sobre el pasado –y las ideas políticas- del matrimonio Obama”. Al tiempo.

- León Krauze