artículo no publicado

Morábito: la risa y la plegaria

Las novelas sobre la infancia conforman un archipiélago en la literatura mexicana. Recuerdo haber visitado El solitario Atlántico (1958), de Jorge López Páez, Las batallas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco, Elsinore (1987), de Salvador Elizondo, un par de novelas de Carmen Boullosa (Mejor desaparece y Antes, 1989 y 1991), William Pescador (1997)... No puedo, insisto, sino imaginar estos libros en su contorno de islas, aisladas por su geografía circular, autártica, bloques de tierra distantes de las cronologías continentales, ajenos al relato sincrónico.

Últimamente han aparecido otras tres novelas en esa manera insular: Edén (2006), del recién fallecido Alejandro Rossi, Yo te conozco (2009), de Héctor Manjarrez, y Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama, 2009), de Fabio Morábito. En los tres libros el mundo de los niños aparece gobernado por sus propias leyes y sólo recibe a los adultos en su calidad de visitantes pasajeros e incomprensibles, obligados a cierta servidumbre freudiana, episódica. Hoy hablaré del libro de Morábito. Es su primera novela.

Es probable que no haya escritor mexicano tan bueno como Morábito, poeta y cuentista, si por bondad se entiende dominio de la forma, poder para materializar lo soñado. Pero no aspira Morábito a la conquista geográfica, no se ensancha. Es el maestro de lo limitado, de lo simple y a veces podría decirse –repito un símil que usé al escribir sobre También Berlín se olvida (2004)– que los seres, en su universo, viven casi desnudos, en un estado de pobreza electiva.

El argumento de Emilio, los chistes y la muerte, ya se ha dicho, aparece como disparatado, y en manos de un mal escritor sería pueril. Morábito presenta a un niño de doce años que, armado de un detector de chistes, visita un cementerio vecino a su hogar donde conoce (y conocerá en un anticipo del conocimiento bíblico de la carne) a una mujer enlutada por la muerte reciente de su hijo, contemporáneo de Emilio. Eurídice se llama la señora. La obviedad del nombre es manifiesta, lo es menos la manera en que ella se encuentra con la madre de Emilio. La trama dispuesta nos lleva, también, con el padre del niño y registra a un puñado de personajes que rondan por el cementerio, ocupados en tareas más metafísicas que prácticas, aunque parezca lo contrario: ejercen el amor furtivo, practican los escarceos eróticos casuales, vigilan el camposanto, falsifican las fechas en las lápidas en el afán de impedir que los vivos se separen radicalmente de los muertos. Los necropolitas, me decía no hace mucho una amiga mientras recorríamos un cementerio famoso, son muy amables. Son seductores: haciéndose pasar por vivos, pasan su tiempo en los cementerios con el afán evangelista de reclutar muertos.

Yo no suelo imaginarme con facilidad las escenas de las novelas que leo, no lo hago con naturalidad, me atengo judaicamente a la literalidad de la escritura, a su iconoclastia. Pero el poder visual de Emilio, los chistes y la muerte me obligó a imaginarlo casi todo, escena por escena, gracias a la capacidad de Morábito para reducir, trabajando a escala. Ya antes había yo corroborado esa voluntad de diseño que, en algunas líneas o en pocas páginas, captura mundos enteros: el teporocho como rey filósofo en Lotes baldíos (1985) o los Kleingärten berlineses en También Berlín se olvida. De sus otros libros, incluso de aquel que nunca acabó de gustarme, Caja de herramientas (1989), aspira a catalogar lo finito.

Emilio, los chistes y la muerte es una novela de aventuras reducida a lo esencial: no le falta nada. El héroe se somete a los ritos de pasaje decisivos en toda mitología: la excursión arriesgada en tierra extraña, la iniciación erótica, el encuentro con una bruja (toda mujer que ha perdido un hijo lo es, es La llorona), la batalla por la sucesión entre el hijo y el padre que concluye con la pérdida del poder del progenitor mediante una lesión, una vez que Emilio lo hace caer de una escalera. Y no está ausente cierto exotismo pues en las grandes ciudades de nuestra época es raro pensar en un niño jugando en un cementerio. Nuestras costumbres funerarias son postconciliares: a nuestros muertos no los enterramos, los incineramos. Y si la novela es mexicana por el español de México (que Morábito aprendió a los quince años) y por la flor de cempasúchil, hay una escena memorable –el monaguillo levantándose la sotana para orinar– que sólo se le habría podido ocurrir, me parece, a un verdadero católico romano, a un escritor como lo es Morábito, nacido en 1955 en Alejandría, Egipto, hijo de italianos. Es un detallito blasfemo poco imaginable desde la ciudad de México, a la vez guadalupana y jacobina. Almacenaré la imagen como si la hubiera visto en una película del neorrealismo.

La aventura de Emilio, a quien Morábito no lo priva de los placeres edípicos ni de los homoeróticos, termina, una vez abandonado el mundo de los bellos durmientes, muertos que parecen vivos, con un trance de muerte en el cual el héroe habrá de probarse, librándose mediante su ingenio de una inmersión en las tinieblas. Quizá sobreinterprete, pero que el niño se llame Emilio, como el de Rousseau, no me parece casual. Es notorio –en el arte de Morábito no se le oculta nada al lector– que este Emilio está sometido a una educación natural. Por eso le interesa, mítico e instintivo, el origen de las lenguas. Por ello, lo más original es la maquinita detectora de chistes que el niño porta con él, como talismán. Ese artilugio capta lo primordial en la experiencia del lenguaje, lo profano y lo sagrado, la risa y la plegaria. Emilio, los chistes y la muerte es una de las novelas perfectas de nuestra literatura.

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)