artículo no publicado

Mi trato con los Ignacios Chávez

Un recuerdo del trato con la familia del rector Ignacio Chávez. 

Hace una semana evoqué en esta columna al rector Ignacio Chávez (1897-1979) para citar algunos de sus argumentos sobre el complejo comercio entre universidades y política. Dos días después de aparecido ese comentario me apenó enterarme del tránsito de su hijo, el también cardiólogo Ignacio Chávez Rivera.

Mi trato con los Chávez se halla venturosamente precedido y propiciado por Celia, Celia Chávez, Celia Chávez de García Terrés, hija del primer Ignacio, hermana del segundo y tía del tercero.

Mi amistad con Celia tuvo un origen gracioso. Había puesto una preciosa librería en el sur de la ciudad a la que acudía con frecuencia, más a ver libros que a comprarlos, pues era yo bastante pobre. Me encontré ahí un libro formidable sobre Baudelaire, a quien yo leía vorazmente entonces, lleno de arte, fotografías y ensayos. Su precio, por desgracia, lo apartaba radicalmente de mis posibilidades.  

Un día estaba ahí con el libro, mirándolo a hurtadillas, como de costumbre, cuando se acercó Celia. Puso en mí sus hermosos ojos verdiazules y me dijo que si necesitaba el libro me lo llevara. Mascullé que no tenía dinero. Propuso que se lo pagara cuando pudiera, se negó a escuchar la descripción de mi vergüenza, me lo puso bajo el brazo y me despidió con una sonrisa, sin preguntar siquiera mi nombre.

Con esta sui generis noción de la mercadotecnia, la librería, me temo, no duró mucho tiempo. En cambio, nuestra amistad prosperó, fortalecida por el afecto a su esposo, don Jaime García Terrés, mi primer editor, a sus hijos Alonso, Jimena y Ruy, a nuestros muchos amigos mutuos.

En 1997 se conmemoró el centenario del natalicio del rector Chávez. Una de las formas de celebrarlo era publicando sus Obras completas bajo los sellos de la UNAM, de El Colegio Nacional y el Fondo de Cultura Económica. Celia le sugirió a los coordinadores de la conmemoración, los doctores Guillermo Soberón y Jaime Martuscelli, que se incluyera una selección de su epistolario y que los encargados de prepararla, en edición crítica, fuésemos Fabienne Bradu y yo. El quinto volumen de esas Obras completas es el resultado de esa labor.

El Dr. Chávez Rivera hizo trasladar el archivo de su padre a un local del Instituto Nacional de Cardiología, que dirigía entonces. Un par de veces a la semana, el Dr. Chávez Rivera acudía a ver cómo iba el trabajo. Discreto y caballeroso, resolvía dudas y aportaba consejo inteligente. Una tarde le mostramos algo que encontramos en una de las muchas cajas: una colección de viejo instrumental médico, un estetoscopio, manómetros, el martillito de reflejos, jeringas de metal... El Dr. Chávez Rivera miró los objetos con lágrimas en los ojos. Lo dejamos solo y, luego de un rato, lo vi de lejos colgarse del cuello el viejo estetoscopio.

A su padre, el rector Chávez, es al Chávez que mejor conocí y al único que no conocí nunca. Durante varios meses estuve en su intimidad por medio de sus miles de cartas, escritas durante su larga, productiva existencia; cartas apasionantes y variadas: la del paciente de lenguaje rústico que agradece su curación; la del científico que discute une teoría; la del intelectual que comenta los acontecimientos políticos y universitarios. Desde luego, el volumen contiene cartas enviadas y recibidas durante su rectorado (1961-1966) y, en especial, durante el conflicto que terminó con él, para vergüenza de México. Muchas de esas cartas –las del rector Chávez, José Gaos, Octavio Paz y tantos otros– conservan para mí una especial vigencia.

De la misma opinión será su nieto, el tercer Ignacio –Chávez de la Lama, hijo del Dr. Chávez Rivera–, que lleva años dedicando su tiempo libre a estudiar el rectorado de su abuelo, con quien platiqué del tema, y que recientemente ha publicado el resultado de su labor en un intrigante volumen: La madre de todas las “huelgas”: la UNAM en 1966 (Universidad de Nuevo León, 2011), con prólogo de Jorge Carpizo.

En fin. Formidable genealogía la de los Chávez. Me alegra haberlos tratado. Me alegra saber que, todavía, tengo mi deuda con Celia: la que contraje hace cuarenta años, cuando me fio aquel libro que nunca tendrá precio.

 

Se hace del conocimiento de proveedores, consumidores, atacantes, porras, porros, y del público y el clero en general, que su botica El minutario estará cerrada por inventario durante unos días.