artículo no publicado

Matrimonio gay, cuestión de tiempo

Uruguay y Nueva Zelanda legalizaron en abril el matrimonio entre personas del mismo sexo. Hasta el momento en que escribo esta nota, ya son trece los Estados que reconocen legislativamente estas relaciones en todo su territorio: España lo hace desde 2005. El número aumenta si se consideran los países en los que alguna de sus jurisdicciones permite estas uniones. Este es el caso de México. Si bien solo el Código Civil del Distrito Federal reconoce estas relaciones, el matrimonio ahí pactado es válido en todo el país. Esto, por el contrario, no ocurre en Estados Unidos en donde los estados no están obligados a reconocer los matrimonios de los otros. Si una pareja gay cruza una frontera –digamos, viaja de Nueva York a Florida–, deja de estar casada. Puf. Magia legal.

Por eso es tan importante que en Estados Unidos la Suprema Corte –que está por decidir dos casos sobre este tema– reconozca que casarse es un derecho constitucional. Porque si es un derecho constitucional, el mismo debe respetarse en todo el territorio. La verdadera pregunta en ese país no es si es válido que una legislatura estatal permita el matrimonio gay –se asume que sí–, sino si debe hacerlo.

En muchos sentidos, este es el panorama europeo también. En el caso Schalk y Kopf contra Austria, resuelto en 2010, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos determinó que le correspondía a cada uno de los países sujetos a la Convención Europea de Derechos Humanos decidir si permite o no el matrimonio entre personas del mismo sexo. La amplitud del “margen de apreciación” de estos Estados, sin embargo, depende en gran medida de la existencia de un consenso sobre el estatus del matrimonio entre personas del mismo sexo. Entre más países lleguen a reconocerlo –y Francia está a punto de hacerlo–, lo más probable es que el Tribunal llegue a reducir la libertad de los Estados hasta el punto en el que todos tengan que reconocerlo.

Para el caso particular de Estados Unidos, quizá la Suprema Corte ni siquiera llegue a pronunciarse sobre esta cuestión tan fundamental. El primer caso que tiene que resolver es sobre una reforma a la Constitución del estado de California en la que se limitó el matrimonio a aquel conformado por un hombre y una mujer. Lo curioso es que California ya permitía el matrimonio gay. Hasta que el 52,24% de los votantes californianos decidieron que mejor no. (Si los profesores de derecho quieren enseñar un caso en donde una mayoría le quitó derechos a una minoría que ya los había adquirido, este es el ejemplo más claro que yo conozco. Salvo el de la Alemania nazi, claro.) Esta medida fue impugnada ante los jueces federales, quienes la declararon inconstitucional. Esta determinación es la que se impugnó ante la Suprema Corte. El segundo caso es sobre la constitucionalidad de la Defense of Marriage Act (doma), una ley federal de 1996 en la que se estableció que la Federación, para efectos de los beneficios atribuidos a los matrimonios, solo reconocería los que fueran entre un hombre y una mujer. Aquí la Corte tiene que responder si es constitucional que la Federación no reconozca los matrimonios válidamente pactados en los estados. Si bien ambos casos podrían ganarse –en el primero, se tumba la reforma californiana; en el segundo, se tumba doma–, ello no significa que automáticamente habría matrimonio gay en toda la nación.

Pero quizá no importe ya. O al menos ese parece ser el mensaje en los medios estadounidenses. Se ha señalado una y otra vez cómo hasta los republicanos en los últimos meses ya se han declarado públicamente a favor del matrimonio gay. La revista Time publicó, después de las audiencias ante la Suprema Corte, portadas que afirmaban, con fotografías de parejas del mismo sexo dándose un beso, que el matrimonio gay ya había ganado y que era solo cuestión de tiempo para que fuera una realidad nacional.

Es difícil leer estos reportajes sin creer que la guerra ya acabó. Hasta que, claro, se leen las notas sobre la oposición al matrimonio en Francia y vuelve la duda. Hasta que el número salta, otra vez: solo trece países del mundo reconocen este matrimonio. Hasta que surgen imágenes de golpizas que reciben las personas por el solo hecho de ser gay. Golpizas. Caras despedazadas. Cuerpos destrozados. Por ser gay. ¿Realmente ni siquiera a ese nivel básico las personas se pueden respetar?

Y, claro, entonces entiendo: por algo este tema no es solo sobre la familia, sino primordialmente sobre dignidad. Y por eso el discurso de los derechos es tan poderoso: porque esta es una lucha por la libertad básica de ser. Por algo, a pesar de las diferencias culturales y políticas, los países que han emprendido un proyecto constitucional ya están encaminados a este reconocimiento fundamental. Quizá sí sea solo cuestión de tiempo después de todo. ~