artículo no publicado

Los libros son esas habitaciones en las que elegimos vivir

Los lectores somos viajeros que saltamos de una habitación a otra y que de algún modo vivimos en todas las habitaciones que amamos, las que llevamos dentro de nosotros y a las que siempre estamos volviendo. 

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Una vez una persona me dijo, muy suelta de cuerpo, que compraba libros según el tamaño y el color del lomo, porque los veía como parte de la decoración de su casa. Si bien muchas veces se hacen chistes acerca de gente que posee libros con un mero afán ornamental (uno de salón: “Ese es un gran admirador de la Escuela de Frankfurt”, “¿Ah, sí? ¿Cómo sabés?”, “Tiene todos los libros de Adorno”), nunca había escuchado a nadie admitirlo, y mucho menos de una forma tan despreocupada.

La anécdota recuerda a aquella responsable de un puesto de libros junto al río Sena de la que habla Hemingway en París era una fiesta. La mujer le explicaba su forma de distinguir si un libro valía algo: “Primero, depende de si tiene ilustraciones. Luego, según que la ilustraciones sean buenas o malas. Luego está la encuadernación. Si un libro es bueno, el que lo compra se lo hace encuadernar bien”. Cuando la mujer, que solo leía en francés, le preguntó si había algún modo de distinguir los buenos libros en inglés, él respondió: “Yo los distingo leyéndolos”.

Y es que los lectores tendemos a prestar atención a diversas cuestiones cuando pensamos en comprar un libro: sobre todo el texto que contiene, por supuesto, pero también la tipografía, el tamaño de los márgenes,  incluso detalles como sangrías, espacios antes y después de las rayas de diálogo, etcétera. A lo que no prestamos atención, salvo excepciones (que las habrá, imagino), es al tamaño y al color del lomo.

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Esto no quiere decir, claro está, que nos tenga sin cuidado el aspecto estético al ordenar los libros en los estantes de nuestras casas. Se ordenan los libros como se vive. El descuidado los tiene todos mezclados, así nomás. El obsesivo los coloca en función de múltiples categorías: inicial del apellido del autor, nacionalidad, género, cronología, colecciones, idiomas, etcétera. El marketinero pone los mejores libros de su biblioteca en los estantes del final, de manera que quien quiera llegar hasta ellos se vea obligado a pasar frente a todos los demás. El sentimental monta un pequeño altar y ubica allí, todos juntos, los volúmenes a los que más cariño profesa. El procrastinador siempre tiene pilas de libros fuera de los estantes, aquí y allá, y siempre está a punto de acomodarlos en su sitio, pero siempre le aparece algo más urgente que hacer. El insatisfecho los ordena en función de un cierto criterio pero, con bastante frecuencia, se da cuenta de que hay una categoría mejor, así que se pasa días enteros sacando todos de su lugar y dándoles el orden nuevo, el cual permanecerá vigente hasta que la persona advierta que hay un criterio mejor y vuelva a empezar.

A todos los lectores nos encanta pararnos cada tanto frente a ellos y pasear la vista por los lomos, autores y títulos. Es como pararse frente a un edificio enorme y prestar atención a los balcones y ventanales, y pensar en las vidas y las historias que transcurren allí dentro. En los libros ya leídos, uno recuerda, más o menos vagamente, esas vidas e historias. En los que le quedan por leer, las imagina.

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Hace poco, el poeta, escritor y crítico español Vicente Luis Mora escribió en una red social:

“Toda novela es una habitación. Para el escritor es un cuarto casero, donde sufre su redacción durante años. Para el lector es una habitación de hotel, en la que apenas soñará unas horas”.

“¿Y un cuento? ¿Qué sería un cuento?”, le preguntó alguien en un comentario.

“Un cuento sería un autobús, donde el conductor vive largas temporadas y el lector pasa apenas unos minutos”.

“A veces como lector te quedás mucho tiempo a vivir por ahí, ¿no?”, le preguntó alguien más.

“Ese es el objetivo —respondió Mora—. Yo vivo en muchas habitaciones que he leído a lo largo de la vida”.

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Adolfo Bioy Casares, en un prólogo a su novela Dormir al sol, de 1973, escribió:

“Alguna vez dije que si los libros fueran casas, me gustaría irme a vivir a Dormir al sol. Tal vez sea el libro que me representa de un modo más auténtico, porque está desprovisto de tragedia o, más precisamente, de dolor. Yo tengo una inteligencia pesimista, pero soy una persona de temperamente optimista. Tanto La invención de Morel como El sueño de los héroes son historias donde la muerte está muy presente; en Dormir al sol, en cambio, puede sentirse el gusto por la vida. Para mí, por lo menos, fue una felicidad escribirla”.

Como Bioy, todos podemos elegir la casa en la que nos gustaría vivir. Pero creo que todos los lectores somos más bien como Vicente Luis Mora: viajeros que saltamos de una habitación a otra y que de algún modo vivimos en todas las habitaciones que amamos, las que llevamos dentro de nosotros y a las que siempre estamos volviendo. Y eso nos hace ciudadanos del mundo. Y nos enseña que mirar los libros y solo ver el tamaño y el color de los lomos es quedarse fuera, como mirar las ventanas de un edificio y prestar atención solo a las cortinas. Al otro lado está el calor del hogar. La vida.

 

 


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