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Los libros, la lectura y las ferias

A propósito de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca

“Un libro auténtico nunca es impaciente” dice George Steiner respecto a Borges en Los que queman libros. Del 1 al 11 de noviembre se celebró la 32ª Feria Internacional del Libro de Oaxaca, que homenajeó en esta ocasión al poeta José Emilio Pacheco. Durante ese tiempo, tuvieron lugar numerosas conferencias en el escenario de la Alameda principal del centro de Oaxaca, así como encuentros entre autores y prensa.

Las casas editoriales habitaron los “stands” y ofertaron sus libros, aunque la triste realidad es que atraen más los cubículos con rompecabezas de madera, los libros infantiles que incluyen un juguete y, por supuesto, la cafetería. No hay que ahondar mucho en lo que ya sabemos: los mexicanos leemos poco y sobre este tema, recuerdo el texto La lectura en México en la columna de Guillermo Sheridan en Letras Libres.  Sin embargo, hay esperanza: los autores subieron al templete e interesaron al público en su obra y también en la obra de otros.

Conocí a José Emilio Pacheco en una presentación en la “Casa del Poeta” a los once años y lo único que atiné a decirle fue lo mucho que me había gustado “El viento distante”. Deshojado por repetidas lecturas, Pacheco tuvo la enorme amabilidad no sólo de firmarme mi ejemplar, sino de pedir un “Pritt” y pegarme el libro. Aunque mucho más flaco, esta vez reconocí al autor por la energía de sus palabras: se negó a hablar de política, ya que sus predicciones habían resultado “un fracaso”, además de considerar el tema secundario frente al problema de la violencia en el país. También hablaron de Bryce Echenique y la entrega del premio FIL, que puede resumirse en la declaración del poeta: “un incidente muy desdichado”.  A estas alturas, ya se conoce la postura oficial de Bryce Echenique que se ha regado como pólvora en las notas: “Que se jodan”.

En los diversos eventos de la FILO, Eduardo del Río, Rius, presentó su más reciente trabajo: “La invención del cristianismo” y Juan Villoro encantó a los lectores durante su conversación con Eric Nepomuceno titulada Del periodismo a la literatura, y de vuelta. Si la Feria ganó al menos unos lectores a través de estos diálogos, habrá cumplido su propósito.

Sin embargo, ¿cuál es el verdadero objetivo de una feria del libro? ¿Es convertir lectores o generar ventas? ¿Las dos cosas en el mejor de los casos? Lamentablemente, los esfuerzos de estas ferias y conferencias tienen una vida breve, terminan en el separador estancado al final del primer o segundo capítulo del libro que se adquirió. Nuestros estándares también han bajado: encontramos más satisfacción en las historias de vampiros que brillan al roce del sol y los textos de superación personal que en cualquier autor clásico. El trabajo entonces, y esto tampoco es algo que se ignore, debe hacerse antes y después de la feria del libro; recae en la educación básica, en incentivar la lectura. Posterior es acercar el libro a los adultos. Las campañas a favor de la lectura deben proponer lecturas más allá de los “veinte minutos” y comprenderla no como una actividad para realizar con los niños, sino como un placer íntimo. Es necesario sostener estas ferias, pues la pérdida del espacio sería un golpe para la vida cultural en México, pero también urge cultivar el hábito de los lectores.

Pronto, ferias del libro y editoriales deberán concentrar sus esfuerzos por ganar terreno en el ámbito digital, por especializarse y comenzar a hablar esta nueva lengua, si bien la digitalización tiene amplias ventajas, la edición tiene mucho por perfeccionar en este aspecto, pero no sólo eso: la precisión y formalidad de la academia van tarde al encuentro con el ciberespacio. Sobre los hábitos de lectura, se debe tener en mente esta paciencia de la que habla Steiner, con la seguridad de que los libros develarán sus secretos al afortunado lector que dio con ellos a través de una reseña atinada, un pie de nota o un azaroso encuentro. 

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