artículo no publicado

Los buenos narradores y sus historias

El buen narrador, aunque esté contando una banalidad, se preocupa por la forma de su relato. Y cuando ensaya distintas versiones de una misma historia una y otra vez, es porque tiene un objetivo: entenderla.

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Hace poco hablé aquí acerca de una hipótesis de por qué odiamos los spoilers. Compartí el enlace en mi muro de Facebook y surgió una conversación interesante. Una amiga me habló de su gusto por que le cuenten las historias en orden cronológico. Fue necesario entonces aclarar que alterar el orden cronológico en una narración no significa cometer un spoiler. Como explica Andrés Paniagua en otro artículo de por aquí: “El spoiler es una revelación que viene de un tercero que impide la interacción de especulación y manipulación entre el espectador y el autor”.

El destacado es mío: el spoiler siempre viene de un tercero. Las prolepsis —más conocidas en el mundillo de las series como flashforwards— no son spoilers. Si el narrador empieza contando el final (que a Santiago Nasar ese día lo iban a matar, por ejemplo) no está cometiendo un spoiler, sino relatando la historia del modo que le parece mejor. Cuando el resultado es negativo, no se debe a que haya cometido un spoiler, sino, sencillamente, a que escogió un recurso equivocado para su historia. Es decir, que la contó mal.

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Mi amiga luego fue más específica. Se refirió a las narraciones orales, a cuando alguien conocido te cuenta algo que le pasó a él o ella o a alguien más o menos cercano. Y dijo que no le gusta cuando le cuentan una historia “así nomás”, sin preocupación por la progresión dramática que la anécdota requiere o cuando se altera el orden cronológico de la historia sin que la estrategia narrativa lo justifique.

Inmediatamente después admitía, de todos modos, que en la inmensa mayoría de las veces en que alguien le cuenta algo le presta mucha menos atención a la estructura narrativa que al contenido. Y en este punto muchos me dirán: pero claro, qué es esto de la estrategia narrativa, estás exagerando, nadie piensa en estrategias narrativas cuando le cuenta a otro cómo le fue en la cita con la chica aquella o en el partido de fútbol que jugó ayer. Y quizá tengan razón.

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Quizá tengan razón en que muchas veces no se piensa en estrategias narrativas, pero, aunque no se piense en ellas, están ahí. De manera consciente o inconsciente. Y es el buen uso que hacen de ellas lo que distingue a los buenos narradores. Es decir, los que eligen los recursos adecuados. Los que, cuando quieren contar algo, lo cuentan bien.

El buen narrador, aunque esté contando una banalidad, se preocupa por la forma de su relato. Por crear cierto suspenso. Por dar los datos precisos —ni escasos ni demasiados— para que se pueda disfrutar de la historia. Por desarrollar un discurso que prepare el final y que ese final, a su vez, dote de sentido a todo el desarrollo.

Los demás, en cambio, cuando cuentan una historia, con frecuencia se ven obligados a aclarar: “Ya está, eso era todo, se acabó”. Y, en un relato oral, tener que explicar que se terminó es el más notorio síntoma de que se lo ha contado mal.

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Los buenos narradores mejoran las historias a medida que las cuentan. Aprenden a omitir los detalles superfluos, a quitar lo que sobra, a decir lo mínimo y sugerir lo demás, a ordenar y desordenar los datos de la forma más apropiada para maximizar la intriga, la tensión, a conducir al auditorio —como los magos— adonde ellos lo quieren llevar. Parecen contar siempre las mismas historias, pero nunca son las mismas: siempre son un poco mejores.

Me viene a la cabeza la imagen de los alfareros que construyen vasijas de barro en tornos a pedal. Mientras la obra da vueltas y vueltas y más vueltas, el profano que lo ve desde un costado cree que ya está bien, que ya está terminada: es una vasija, bastaría con dejarla secar y se podría usar, cumpliría su función sin inconvenientes. Pero no. El alfarero sigue haciendo girar el barro y moldeando la pieza con sus dedos, dueños de una sensibilidad que solo ellos manejan y que, al igual que la propia vasija, a cada vuelta se perfecciona un poco más.

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Sherezade tenía todas las noches un mismo auditorio y, como su propósito era entretenerlo para ganar tiempo y así salvar su vida, le contaba cada vez una historia diferente. El narrador que, en cambio, cuenta una y otra vez las mismas historias —y que de esa forma las moldea como a vasijas de barro— trata de cambiar de oyentes, para no aburrirlos. Su objetivo, más que entretener, es perfeccionar el relato.

Pero se me ocurre que en realidad, en el fondo, su auditorio tampoco cambia: es él mismo. Es a sí mismo a quien cuenta las historias, una y otra vez.

Hace poco leí la novela Con el sol en la boca, de Matías Néspolo (Los Libros del Lince, Barcelona, 2015), en la que hay un personaje que cuenta muchas veces una misma historia. Se trata de una anécdota ínfima y en apariencia trivial, cuyo meollo “es tan irrelevante que hasta se vuelve, a fuerza de acumular versiones, inaprehensible”. Un amigo de ese personaje “la escucha por enésima vez y aún es incapaz de determinar con precisión cuál es el punto central”, “el núcleo irreductible de la anécdota sobre el que orbitan los infinitos detalles, variaciones, añadidos y digresiones”. “Cualquier otro elemento que venga a precisar, completar o vestir esa escena mínima —escribe Néspolo— entra en función del ritmo, las necesidades y la lógica interna de cada versión. Y por lo tanto son móviles, intercambiables e indefinidos”.

Alguien ensaya distintas versiones de una historia, pone y quita detalles, intercambia añadidos, se deshace en digresiones, prueba todos los caminos posibles para llegar a un final: lo que busca es entender la propia historia que cuenta.

Y tal vez eso, entender, sea el fin de todas las historias.