artículo no publicado

Línea B: Plan B

Decidí consultar al oráculo de Ecatepec. Un simple pasajero lo confundiría con un teporocho acostado entre harapos en un rincón del andén.

Es generalmente consabido que viajar en metro estriba, sobretodo, en evitar lo desconocido. La ruta es preestablecida: ya sabemos cuál es nuestra salida desde antes de entrar. Uno no baja las escaleras eléctricas pensando en disfrutar el paseo. Se trata únicamente de llegar de un punto a otro.

Pero resulta que en esto, como en tantas otras cosas, los chilangos somos diferentes.

Como botón de muestra, reproduzco aquí un diálogo que oí casualmente hace poco en un vagón a principios de la línea B entre una mujer, presa del muégano humano que se acumula en horas pico, y un hombre que había logrado posicionarse estratégicamente al lado de la puerta:

--Disculpe, ¿va a bajar?

--Sí, eventualmente.

Podemos vislumbrar detrás de aquella respuesta sardónica el valor agregado que brinda el Metro con cada pasaje: el elemento del azar. ¿Sabía realmente ese señor cuándo y dónde volvería al mundo exterior?

Los principales para quienes ser transeúnte no se limita únicamente al tránsito son los viajeros profesionales, que abundan aquí.  Y no me refiero a los conductores, sino a los pordioseros, que son legión; o los vendedores, cuyos productos varían desde las paletas con chamoy hasta los libros de Nadine Gordimer (se los juro); o a los músicos que son tan estruendosamente inspirados como acústicamente desafinados; o alguna combinación de lo anterior. En su compañía, cada viaje, por corto que sea, se vuelve épico.

Digo épico, porque gracias a ellos se observan en Nuestros Vagones aconteceres que el mundo racional ha vetado como imposibles.  Lo fantástico permanece intacto bajo tierra, donde siempre ha reinado, contagiándonos a todos. O en las líneas más modernas, hasta en la superficie.

Durante los años noventas, yo frecuentaba la línea verde con el pretexto de llegar o al trabajo o a la casa, dependiendo de la hora. Allí escribí in situ decasílabos que celebraban esas cavernas mágicas hechas por el hombre.  Observé entre sus ríos humanos a dos jóvenes enamorados, separados por un poste metálico, dignos de Tristán e Isolda. Encontré a una figura encapuchada que según yo, tendría que ser el mismísimo Hades, si no fuera por el hecho de que se dedicaba a cosechar dinero en lugar de almas.  Una parada imprevista de media hora entre dos estaciones podía convertirse en la imaginación colectiva en un ataque de OVNIs allá arriba, lo cual no solo explicaría la existencia de los Indios Verdes, sino que era de algún modo más soportable que la realidad de un suicidio más, provocado por la crisis económica que nos arrastraba a todos hacia el inframundo.

No cabía duda, el metro me inspiraba. 

Me absorbía tanto llenar mis cuadernitos con versos, tratando de mantener el equilibrio contra el movimiento del vagón, que en una ocasión ni siquiera me di cuenta de que un ratero me había abierto el portafolios con un bisturí.  Lo de “ratero” no es peyorativo: fue un trabajo quirúrgico realmente profesional. Ni siquiera sentí el navajazo, aunque perforó varias capas de lona y llegó a milímetros de cortarme el vientre. Para mi gran fortuna, a pesar de su destreza, el ratero no logró penetrar el bolsillo que llevaba la cartera. Aun así, cuando me bajé del tren, fui dejando un rastro de avíos a lo Hansel y Gretel –una pluma, un lápiz labial, un paquete de Kleenex, un encendedor.    

Nada de eso me disuadió de ser usuaria asidua. Llegaría más allá de los aconteceres fantásticos de la línea verde para explorar de pe a pa la línea café, cuya señal para cerrar las puertas se asemeja más bien a una llamada vikinga a la guerra. También conozco los confines de la línea azul, donde seres tatuados llevan mantas llenas de vidrio cortado, con tal de hacer una marometa en medio del pasillo y caer de espaldas sobre ellos. Hasta frecuento la línea rosa, habitada por oficinistas hechiceras capaces de maquillarse en tándem sin sacarse un solo ojo con la varita mágica del rimel.

Por eso, cuando me ofrecieron escribir sobre Línea B, acepté la encomienda de una nueva odisea con alacridad. Mi primer desafío: cómo identificarla. No posee un número, sino una letra porque al parecer, después del 9, no quisieron gastar los diseñadores del metro en dobles dígitos. No contentos con haber abandonado la numeralia por el abecedario, le asignaron no uno, sino dos colores –una banda de una especie de verde mezclado con azul junto con otra banda gris— por razones que siguen siendo, para mí, indescifrables. Como si fuera a separarse en dos líneas B eventualmente, tal vez más allá de Ciudad Neza. Con el resultado de que sus pasajeros no podemos referirnos a ella por su color, como acostumbramos hacer con las demás líneas –al menos que andemos por allí preguntando cómo diablos se llega a la línea verdeazuladogrisácea.

Durante mi recorrido, vi a una joven con pequeños brillantes en la camiseta, las uñas, y los bolsillos traseros de los jeans bajarse del vagón dando medias vueltas y haciendo ademanes como si llevara un vestido de hada.  Vi a una criatura mitológica: un señor con pelo de erizo. Y luego, otra criatura mitológica: una señora leyendo La vida de Kim Jong-il.

Mientras admiraba la calidad del scratchitti –grafiti que se crea no pintando, sino arañando las ventanas— y contaba los rotoplases que punteaban el paisaje urbano, me topé con otro gran misterio de la Línea B: ¿Por qué le hemos dedicado una estación entera a un hombre llamado Romero Rubio? ¿Acaso amerita compartir el destino iconográfico con el guante de box de Tepito, el pato de la Lagunilla y la guitarra con sarape de Garibaldi?

Decidí consultar al oráculo de Ecatepec. Un simple pasajero lo confundiría con un teporocho acostado entre harapos en un rincón del andén (de hecho, pocos se atreven a acudir a él, debido a los tremendos olores que despide.) Después de contar las monedas que aventé a su vaso de unicel, me explicó que Rubio fue el progenitor de doña Carmen y, por lo tanto, el suegro de Porfirio Díaz y, por lo tanto, un senador. Tentando al destino, le pregunté por qué lo colocaron entonces al lado de aquel gran revolucionario, Flores Magón. Respondió enigmáticamente: porque no solo los dioses son griegos, sino también los funcionarios públicos.