artículo no publicado

Vermeer al oído

Ramón Andrés

El luthier de Delft

Barcelona, Acantilado, 325 pp.

El caso de Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es verdaderamente excepcional, pues se trata de un escritor –además de ensayista es poeta y aforista– que ha modulado su pensamiento en torno al oído, algo que, en un país católicamente sordo y estridente como España, es ya de por sí un acto de disidencia. Músico de formación, Andrés ha dedicado muchos trabajos al estudio de la evolución de la música, a las ideas que se han gestado en torno a ella, a su origen, a la historia de los instrumentos musicales, a su relación con la poesía, la magia o la religión, de tal modo que toda su obra –o al menos buena parte de ella– puede leerse como una larga meditación sobre cómo se ha expresado y se expresa aún la humanidad a través de la escucha y la composición de sonidos en un arte que tal vez sea, a un tiempo, el más primario y trascendente. Pero lejos de detenerse ahí, ha aprovechado ese conocimiento para releer la tradición filosófica y artística de Occidente, desmontando muchos de los mitos con que se ha venido complaciendo la cultura europea. El oído de Ramón Andrés es siempre un órgano que piensa.

Tras su monumental Diccionario de música, mitología, magia y religión (Acantilado, 2012), uno de los libros más admirables, fértiles y generosos que se han escrito en las últimas décadas, compendio de toda una vida dedicada al estudio, Ramón Andrés publica El luthier de Delft, un viaje por la cultura neerlandesa –a través, principalmente, de Vermeer, Spinoza y Sweenlinck– en el que logra dar vida al siglo XVII desde distintos ámbitos, logrando que el tiempo vuelva a moverse, olerse y oírse. Con sostenido pulso narrativo y una sedante capacidad especulativa, Andrés se pasea por los cuadros de Carel Fabritius –cuya Vista de Delft da título al libro y sirve como detonante de la investigación–, de Egbert van der Poel, de Hans Holbein, de Emanuel de Witte y del citado Vermeer para, mediante el estudio de su composición, explicar cómo los avances tecnológicos de la época, en especial todo lo que estaba relacionado con la óptica y las lentes de aumento, condicionaron la pintura, la música y la filosofía de aquel pequeño rincón de Europa que empezaba a vivir un periodo de esplendor social, artístico y económico, gracias sobre todo al comercio marítimo.

Ramón Andrés logra crear en estas páginas una atmósfera de paz donde los detalles se entretejen para vincular la ética de Spinoza con determinados efectos pictóricos, la construcción de instrumentos con la vida cotidiana de aquella sociedad, el eco de sonidos perdidos con el papel de la mujer en el arte o unas variaciones corales para órgano con el aprendizaje de Bach y los amarillos de Vermeer. Esa capacidad de relación pone al descubierto una forma de pensar y acercarse al pasado que, como decía al principio, es absolutamente genuina y estimulante, puesto que Andrés nunca parte de ideas preconcebidas o de dogmas académicos ni tampoco se impone límites metodológicos, sino que deja que sea su propia intuición interpretativa, la despojada calma de su escucha y de su contemplación, la que vaya formulando preguntas, deslizando pensamiento, a la vez que abre la puerta a un interior con espejos, describe un olor, compone una escena, desentierra un tacto, analiza una cita o salta en el tiempo para traer a colación una mirada contemporánea. Su erudición no es nunca gratuita ni defensiva, tampoco ornamental, sino que avanza entreverada con la reflexión y la narración. Cuando por ejemplo habla de los instrumentos que se construían entonces –en uno de los capítulos más absorbentes–, se detiene, como un luthier de la época, a observar su interior:

 La imaginación puede permitirnos caminar por ahí dentro, sentir que estamos en una ilusoria y amplia sala de concavidades y convexidades, en un mundo que ha dejado de ser lineal, pero que en el fondo, como nosotros, es pura línea. Hay algo de barcaza en las cajas acústicas, de bóveda que recoge el sonido del mar para, una vez curvado, darlo de nuevo al exterior y crear sobre ese mismo mar otras aguas, ya emancipadas. El sonido.

 O al asomarse a los talleres de la época, espléndidamente recreados merced a su fruición por los detalles, comenta:

Gracias a una carta de Mozart, escrita en octubre de 1777, sabemos que el célebre fabricante de forte-pianos Johann Andreas Stein guardaba la madera junto a su vivienda, expuesta “al aire, lluvia, nieve, calor del sol y todos los diablos”, y que, cuando oía de noche el estallido de una tabla, se levantaba raudo de la cama para comprobar el desgaje. Una vez constatado, volvía satisfecho a las sábanas con la seguridad de que ese madero ya no le iba a traicionar.

 Así es como va hilvanando un relato con el que logra iluminar todos los ámbitos de una época fascinante, rescatando la humanidad de anónimos músicos y orfebres o de otros cuyo nombre estuvo a punto de perderse, subrayando nuestra continuidad y desarmando sin quererlo toda afirmación egópata, invitando al lector a considerar ciertas carencias de nuestros días (“ahora nuestras manos apenas tocan”), fruto de un progresivo alejamiento de los materiales, de un proceso de abstracción en el que murieron esas artes que aquí, en estas páginas, están todavía vivas, cercanas y son comunes, puesto que en la escenificación de ese tiempo también se trasluce un idea del mundo que trataba de acomodarse –y aceptarse– en los márgenes de las severas constricciones del cristianismo. Hay en todos esos artistas, trabajando sin la tiranía de la posteridad, una silenciosa laetitia vivendi que es uno de los motivos por los cuales uno sale de la lectura de este libro con un sentimiento de gratitud y felicidad. ~