artículo no publicado

Vender el alma al completo

Nir Baram

Las buenas personas

Traducción del hebreo de Ana María Bejarano

Madrid, Alfaguara, 2013, 522 pp.

Tras el éxito de sus primeras novelas –Sapperí li sippur ahavá sagol (1998), escrita tras terminar el servicio militar obligatorio, y las traducidas al inglés como The Mask-Ball Children (2000) y The Remaker of Dreams (2006)– y antes de abordar Tzel Olam (2013), Nir Baram (Jerusalén, 1976) se embarcó en la escritura de Anashim tovim (en español, Las buenas personas), una novela que tiene como telón de fondo la Segunda Guerra Mundial y se publicó en hebreo en 2010.

Thomas y Sacha, protagonistas de Las buenas personas, navegan por los acontecimientos que marcaron la historia de Europa en los tres años que median entre el principio y el fin de la novela: el pogromo de Kristallnacht; el pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética, y la posterior invasión de Polonia por parte de las dos potencias totalitarias; la puesta en marcha de la Operación Reinhard, con la deportación de los judíos polacos a Bełżec, el primer campo de exterminio; la purga de 1939 en la Unión Soviética y el clima de terror desatado por Stalin para eliminar a los sospechosos y descontentos y promover a sus fidelísimos nuevos cargos; la deportación de miles de personas al gulag; y finalmente, en junio de 1941, la invasión de la fortaleza de Brest (Bielorrusia), primer escenario de la Operación Barbarroja.

Las buenas personas no es una novela más sobre la Segunda Guerra Mundial, tampoco aborda una “realidad” o “ficción” sobre el Holocausto, ni su mérito consiste en que alguien la haya reconocido como la “primera novela israelí” sobre esta época. Ni siquiera se trata de una novela histórica, genéricamente hablando, porque a Nir Baram le interesa, por encima de todo, bucear en la psicología y mentalidad de los personajes, comprender el porqué de su serpentear a través de las circunstancias que les ha tocado vivir y acercarse a ese tipo de literatura, cada vez más escasa, que intenta comprender la condición humana.

Thomas Heiselberg pertenece a la clase media empobrecida durante los años veinte y, al principio de la novela, es directivo de una compañía americana que pretende crear una filial en Alemania. No es judío, pero su casa es asaltada durante la Kristallnacht por un comando nazi que lidera su antiguo colega de correrías Hermann Kritzinger, por el simple hecho de que una antigua gobernanta judía ha ido a visitar a la madre moribunda.

Thomas tiene una personalidad frágil y ambiciosa: cuando es despedido de la compañía Milton, no duda en aceptar el encargo gubernamental de instalarse en Polonia para elaborar un informe sobre el “hombre polaco”. Inicia una relación platónica con Klarissa, una joven militante del partido nazi que ha tomado el gobierno de su casa tras la muerte de la madre. Sus ansias de superación, que entran en conflicto constante con el poder de la crueldad de Hermann Kritzinger, le llevan a asumir el encargo de elaborar otro informe sobre el “hombre bielorruso”, así como la organización de un desfile militar germano-soviético junto a la representante rusa.

En el comienzo de Las buenas personas, Sacha Weissberg es una muchacha al final de la adolescencia, la mayor de tres hermanos de una familia de intelectuales por cuya casa han pasado desde Ana Ajmátova hasta Osip Mandelstam. Una reunión celebrada en otoño de 1938 en la que los padres y algunos amigos hablan sobre el encarcelamiento de la poeta Nadia da cuenta del miedo a la delación que se vivía entre los ambientes intelectuales de la Unión Soviética. Pero nadie en aquella reunión sospecha que será la hija mayor de los Weissberg quien los denuncie ante la NKVD con la mediación de Maksim Podolski, del que está medio enamorada y con quien acabará por casarse. Los motivos para la denuncia son más emocionales que ideológicos: considera que su padre es un ser débil que está enamorado de Nadia con el consentimiento de la madre.

En contra de lo previsto, la policía comunista también se lleva a los gemelos y la detención de su familia la hunde en una severa depresión de la que la rescata Maksim, que la devuelve a la realidad con una frase tan contundente como terrible: “Y tú, Sacha, solo tienes dos salidas: morir o ser otra persona.” Sacha opta por convertirse en otra persona y trabaja en el NKVD recogiendo y editando las “confesiones” de todo tipo de desertores, entre los que se encuentran, uno por uno, los asistentes a aquella reunión en la casa familiar. No la mueve la ambición de poder ni los ideales, sino el deseo de recuperar a sus hermanos pequeños, cuyo paradero desconoce. Y tras un incidente con uno de los “entrevistados”, la envían a Brest, donde la harán responsable, por parte rusa, de organizar el desfile germano-soviético.

Baram sigue la más estricta arquitectura aristotélica de introducción, desarrollo y desenlace, pero, en vez de estructurar una colección de acontecimientos y anécdotas, se dedica a bucear en el alma de los personajes, que mutan al son de los acontecimientos, pero cuya esencia permanece: son “meras máquinas de sobrevivir”, como le dice Maksim a Sacha en una carta.

Las buenas personas es una novela llena de de reflexiones sobre la historia, el poder y el sentido del espíritu humano. Destaca la conclusión a la que llega Thomas tras discutir con Sacha las dos opciones estéticas sobre el desfile: “De pronto se dio cuenta de lo absurdo de esa actitud y de que su pauta de comportamiento seguía siendo la misma a pesar de que las intenciones hubieran cambiado, porque, en realidad, el comportamiento precede a la voluntad.” Esa frase, incluida en “Brest, mayo de 1941”, puede leerse como una réplica al título y contenido de la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, pero también como un guiño a la frase que pronunciaron los hebreos ante la inminente entrega de las Tablas de la Ley, “Haremos y entenderemos” (Éxodo 24:8) la conducta o el comportamiento, como premisa de la escucha o comprensión.

Tras varias discusiones sobre el desfile, Thomas realiza un cuestionamiento general de la historia: no cree que el conocimiento de la historia sea liberador; considera que la historia tiene no pocas venganzas paradójicas, como la encarnada en su padre, que construyó aviones Junkers, cuyos modelos más modernos, en manos de los rusos, podrán matar alemanes; desprecia el “idioma primitivo de la sangre”; y señala la dudosa credibilidad de un discurso sobre la historia de Europa basado en falsificaciones que van desde la falsa carta supuestamente escrita por el emperador Constantino I al Papa en el siglo IV hasta Los Protocolos de los Sabios de Sión. También las motivaciones emocionales de Sacha se tambalean y su psicología sucumbe al calor de los acontecimientos. “Brest, mayo de 1941” es un capítulo especialmente denso en materia de ideas y reflexiones, pero gracias a la destreza de Baram, que no quiso escribir una novela de tesis, la tensión filosófica se diluye en la tensión narrativa y llega a su apoteosis en el apocalíptico final en que se relata magistralmente la toma de la fortaleza de Brest.

Como ha señalado en alguna ocasión, el reto de Baram consiste en romper el sistema de identificación del lector que a menudo va en busca de un personaje con el que identificarse y en quien creer. No hay duda de que en Las buenas personas sale victorioso. ~