artículo no publicado

Una educación

Francis Scott Fitzgerald

Cartas a mi hija

Traducción de Albert Fuentes, Barcelona, Alpha Decay, 209 pp.

Francis Scott Fitzgerald (Minnesota, 1896-California, 1940) es una de las figuras más fascinantes de la literatura norteamericana: el éxito temprano, el matrimonio con Zelda y su posterior enfermedad e internamiento en un psiquiátrico, las temporadas en Europa, el alcoholismo de Fitzgerald, la aventura hollywoodiense y la decadencia han hecho que a veces los aspectos más morbosos de su vida llamaran más la atención que su literatura.

Cartas a mi hija (Alpha Decay, 2013) es una recopilación de las cartas que Fitzgerald escribió a su hija Scottie (1921-1986) desde 1933 hasta 1940: cubre los últimos años de instituto y los primeros de universidad de Scottie y los últimos años de declive y enfermedad del escritor. Es una educación contenida en un puñado de cartas. La edición española toma como punto de partida la que preparó Andrew Turnbull en 1965, ampliada por A Life in Letters (1994) y la edición italiana Lettere a Scottie (2003). Las cartas vienen acompañadas de un prólogo de Scottie Fitzgerald, que empieza con una confesión: “En mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso. El trabajo incluye un buen sueldo, pero las condiciones laborales resultan demasiado peligrosas. La gente que vive por entero de la fertilidad de su imaginación es fascinante y a menudo encantadora, pero es preferible tenerlos por compañeros de mesa en una fiesta a tener que convivir con ellos.” Puede que, como recuerda la propia Scottie en el prólogo, Malcolm Cowley tuviera razón y “Fitzgerald no escribía esas cartas a su hija en Vassar, sino a sí mismo en Princeton.” El prólogo se cierra así: “Escuchen ahora atentamente a mi padre. Porque da buenos consejos y estoy segura de que, si no hubiera sido mi padre, a quien amé tanto como ‘odié’, ahora sería la mujer más cultivada, atractiva, exitosa e inmaculada sobre la faz de la Tierra.”

Fitzgerald escribe a Scottie desde Maryland, Carolina o Hollywood, le aconseja y, sobre todo, trata de evitar que su hija cometa algunos de los errores que él cometió, le anima a escribir, a leer, le traza un plan de lectura, le habla de Zelda, internada desde 1932, y de sus proyectos en cine; le habla de sus problemas económicos y trata de buscarle viajes no muy caros a Europa. Es un padre hablando a su hija, con la particularidad de que ese padre es uno de los narradores más importantes del siglo XX y en las cartas despliega sus virtudes como escritor, además de un sentido del humor inteligente y fino, y se desprende una visión del mundo propia particular, aguda y brillante. En la primera carta, Fitzgerald escribe: “Me alegra que estés feliz, aunque nunca he creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Son cosas que ves sobre un escenario o en la pantalla o en las páginas impresas; nunca te ocurren realmente en la vida. En la vida, solo creo en las recompensas por la virtud (según el talento que uno tenga) y en los castigos por no cumplir con tus obligaciones.”

En estas misivas hay sitio para todo: es la conversación entre un padre y una hija –aunque las respuestas de ella no aparecen– a lo largo de los años clave de formación de ella. Fitzgerald se preocupa por su hija, la anima a trabajar y esforzarse, quiere que sea agradable, que tenga una buena formación: que esté preparada y formada para el mundo tal y como sospecha que será después de la Segunda Guerra Mundial, y que no comparta su gusto por el alcohol: “más allá de la ‘inteligencia’ que se te supone vagamente haber ‘heredado’, la gente no tardará en adornarte con mis pecados. Si me entero de que te has tomado una copa antes de cumplir los veinte, me sentiré en el derecho de embarcarme en una última y extraordinaria borrachera interminable.” La anima a viajar por Europa: “Viajar siempre es divertido […]. No voy a decirte que te servirá para mejorar el francés, porque supongo que te sonará a trabajo, pero sí te voy a decir que si la cosa sale bien serás una chica muy afortunada, porque lo más probable es que estos años sean la última oportunidad de conocer Europa tal y como era.”

El libro puede leerse también como un curso acelerado de literatura: Fitzgerald le aconseja libros a Scottie, comentan novelas, le ofrece un recorrido lector, donde la parte más importante la ocupa la poesía inglesa. Shakespeare, Keats, el Eclesiastés, Hemingway, Wilde, Henry James, Dostoievski, Balzac, Renan, Tom Wolfe o Dorothy Parker son solo algunos de los nombres que aparecen. Y contiene también una estética: “cuando la gente habla del estilo, siempre le sorprende un poco su novedad, porque piensan que solo están hablando de estilo cuando en realidad de lo que están hablando es del intento de expresar una idea nueva con tanta fuerza que conservará la originalidad del pensamiento”, escribe. Y más adelante: “Escribir es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración.” Scottie tenía ambiciones literarias y Fitzgerald ve en ella una interlocutora con la que discutir.

El libro tiene, además, mucho sentido del humor: “Recuerda lo que te conté sobre la equitación, que no puedes ser tan osada como cuando nadas, porque hay otro factor implicado aparte de ti, el caballo.” Es especialmente ingenioso en las despedidas y posdatas: “¿Me harás el favor de leerte esta carta una segunda vez? Yo la reescribí dos veces.” Estas cartas permiten entrar en la intimidad de una relación padre e hija y descubrir los altibajos por los que pasa: las amenazas, algún altercado alcohólico, la desobediencia de la hija, los planes para pasar vacaciones juntos y las discusiones sobre las asignaturas o la literatura. También es un padre protegiendo a su hija y no siendo del todo sincero en cuanto a su situación económica y de salud. Scott Fitzgerald no perdió su brillantez ni con la enfermedad ni con el alcoholismo ni con la desdicha financiera: es un auténtico privilegio acceder a sus pensamientos sinceros sobre el mundo, la fama, la literatura, el amor, los errores y la vida. ~