artículo no publicado

Terraza en Roma, de Pascal Quignard

AMOR A LA MANERA NEGRA                 Pascal Quignard, Terraza en Roma, traducción de Encarna Castejón, Espasa Narrativa, Madrid, 2002, 140 pp.            
     La lección de música (Versal, 1988), un excelente libro de cuentos, fue el primer volumen que se tradujo al castellano de Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948), quien todavía trabajaba de editor en Gallimard. Otra novela relacionada con la música, Todas las mañanas del mundo (Debate), que contaba la singular historia entre Marin Marais (1656-1728), maestro de la viola da gamba y compositor de la corte francesa de Luis XIV, y su maestro, el Señor de Sainte-Colombe, un extraño personaje del que se conoce muy poco, referencias muy breves en documentos de la época, se convirtió en su mayor éxito, en el que tuvo mucho que ver la adaptación cinematográfica de Alain Corneau, protagonizada por Gérard Depardieu. Y es que la música ha sido una de las pasiones de Quignard (fundó el festival de Música Barroca de Versalles, y colaboró con Jordi Savall) y uno de los temas centrales de su literatura, al que parece haber puesto fin con El odio a la música. Diez pequeños tratados (Andrés Bello, 1999): "La expresión Odio a la música quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse abominable para quien más la amó".
     Pascal Quignard no se ha ocupado tanto del arte en su obra (resulta difícil delimitar dónde empieza el ensayo y dónde acaba la ficción, dónde es fiel a la crónica histórica y dónde construye con su imaginación), aunque publicó un texto sobre Georges de la Tour y una de sus reflexiones, incluida en El odio a la música, ha suscitado muchas glosas posteriores: "¿Por qué el arte fue y es una aventura sombría? ¿Por qué el arte visual (al menos el arte visible en la oscuridad a la luz temblorosa de una antorcha de grasa) presenta un vínculo con los sueños, que también son visiones nocturnas?" Terraza en Roma, que fue galardonada en 2000 con el Premio de la Academia Francesa, relata la historia de un grabador, Geoffroy Meaume, que debió vivir en el siglo XVII. La aventura amorosa de Meaume, que le fuerza a vivir en una huida permanente, recuerda la de la costurera y el viajero Heildebic de Hel de El nombre en la punta de la lengua (Debate), y su peripecia como creador se asemeja a la del poeta Maurice Sceve, que relató en un libro inédito en castellano, La Parole de la Délie, y cuya obra se había encargado de editar previamente. El escenario, Roma, también le es muy querido a Quignard, quien ha explorado la ciudad en su época clásica en sus Petits Traités y en El sexo y el espanto (hay una edición en Argentina, en Cuadernos de Litoral). Tampoco resulta desconocida la estructura de la novela, pequeños capítulos, montados como si se tratara de una película de Sergei Eisenstein, aparentemente fría, pero cargada de sensualidad y de profundidad.
     Doble es la ficción que Quignard crea: la de la trama novelesca, los pequeños incidentes de la vida del grabador (que siempre giran sobre un impulso sexual, o su represión, cuyos matices se enriquecen conforme la narración avanza hacia delante o hacia detrás), y la de los grabados que va realizando, descritos con precisión. La sombra de los Emblemas de Alciato no desaparece durante la lectura —fue uno de los libros más influyentes de los siglos XVI y XVII, y un grabador de la época no podía ignorarlos—, pero Quignard le añade un elemento autobiográfico del que Meaume se sirve para contarse: comparable a la tarea de otro genial grabador, Rembrandt, contemporáneo real de Meaume y con el que comparte la necesidad de autorretratarse permanentemente. Aunque Rembrandt trabajaba con la luz y Meaume decidió trabajar con la oscuridad. Una oscuridad técnicamente compleja en la materialización de la obra, y cuya procedencia moral está en la deformidad física (una deformidad todavía no romántica, porque el grabador, convertido en un monstruo, no es un monstruo).
     Las estampas que dibuja Meaume surgen de la naturaleza o de la historia sagrada (mirada siempre de una forma heterodoxa, y a menudo irreverente) o de la mitología, y muchos de ellos son de tema sexual, porque el grabador vive del comercio. No creo que Quignard haya querido elaborar un enigma iconográfico, en el que es posible que algunas de sus referencias resultaran más que cuestionables, histórica y artísticamente, sino convertirse también en un fabricante de láminas: "En el centro del grabado, Marie Aidelle saca del pozo un cubo chorreante de agua. Un hombre sentado en el brocal, de espaldas, se saca una chinita del zapato (sin duda el propio Meaume, ya que se le ve de espaldas). Delante de él, con un remo en la mano y los pantalones bajados, Oesterer. Una mujer delgada (Esther) le seca el pene con un paño blanco. A la derecha, un asno". Si Meaume no grabó esta pieza merecería haberlo hecho.
     El retrato que hace Quignard de Meaume toma tanto de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob como de las ficciones elípticas de Marguerite Duras (con la que comparte, además de un minimalismo agudo, su obsesión, y de alguna manera su culpa, por los campos de concentración). La Historia es para Quignard un punto de partida, no un puzzle para reconstruir; la novela histórica de precisión, falsa precisión, se encuentra a mil kilómetros de distancia de esta Terraza en Roma. Está más cerca de una mirada discontinua del tiempo, a la manera en que la entiende, por ejemplo, David Lynch en sus películas Carretera perdida o Mulholland Drive; con el imaginario de Lynch también se pueden relacionar en esta Terraza en Roma una extraña oreja separada de su cuerpo y una sexualidad en buena medida de voyeur. Pascal Quignard ha escrito un libro de novelas eróticas, Albucio (Versal), y un pequeño texto, El sexo y el espanto, en el que reflexiona sobre la condición del que mira.
     Quizá toda la obra de Quignard es autobiográfica: la música que no podrá tocar ni componer, las estampas que no conseguirá grabar, el sexo que sólo pudo contemplar y las ciudades que nunca podrá visitar, y vive la vida en la literatura, en "un agua oscura", como Meaume, su grabador. ~