artículo no publicado

Tavares el oulipiano

Gonçalo M. Tavares

El barrio

Prólogo de Alberto Manguel

Traducción de Florencia Garamuño

Barcelona, Seix Barral, 2015, 552 pp.

Mentiría si dijese que este es un libro como los demás. En primer lugar, El barrio es un libro de libros, en concreto la suma de diez obras independientes, publicadas en Portugal entre 2002 y 2010, algunas de las cuales Mondadori ya había traducido aquí. El conjunto había visto la luz completo en español en México bajo el título El barrio y los señores (Almadía, 2012). Y, en segundo lugar, Gonçalo M. Tavares (Luanda, Angola, 1970) hace aquí una apuesta arriesgada, que entronca con la tradición del Oulipo.

Cada uno de estos libros sigue un rumbo distinto y, obedeciendo los dictados del Taller de Literatura Potencial fundado por François Le Lionnais y Raymond Queneau, se pliega a unas constricciones impuestas por el propio autor. El Oulipo dejó de existir hace años, pero si tiene un heredero ese es Tavares, quien, a pesar de que su obra dispara en varias direcciones, tanto en su Biblioteca (Xordica, 2007) como en esta serie de libros unidos bajo una arquitectura común, cumple con su concepción lúdico-reflexiva de la literatura. Tavares ganó en 2005 el Premio Saramago, concedido a escritores portugueses menores de 35 años, y en 2010 mereció el premio al mejor libro extranjero en Francia. Autor fecundo, es ante todo un espíritu libre. Pero hay tantas maneras de jugar con la maleabilidad de las palabras como estrellas en el firmamento. “Ahora que hace un rato que estoy aquí, ya puedo decir con convencimiento que no había estado nunca, yo, aquí”, le leemos a otra desinhibida, Lydia Davis, en Ni puedo ni quiero. Mientras que Tavares escribe: “La buena salida es la que comienza algo. La buena salida es una entrada.” Tavares, que ejerce como profesor universitario de Teoría de la Ciencia en la ciudad donde reside, Lisboa, es también un filósofo.

La frase pertenece a la voz de Blaise Pascal de la mencionada Biblioteca, un diccionario personalísimo de gentes de letras como Horacio, Kavafis o Virginia Woolf. El barrio también es un libro sobre escritores, del cual ha dicho uno de sus principales valedores, Enrique Vila-Matas, que es un barrio portátil, como su propia Historia abreviada de la literatura portátil, una obra emblemática que Tavares parece haber leído con gran aprovechamiento. Legado oulipiano, legado vilamatiano y una apuesta por el pensamiento expandido en estos tiempos de literatura expandida: a decir verdad, una literatura hecha más de itinerarios mentales que narrativos.

Tavares nos presenta a diez escritores: Valéry, Brecht, Juarroz, Walser, Calvino, Breton, Kraus, Swedenborg, Eliot y el señor Henri…, que es el belga Michaux. “Llega a nuestro fascinante y particular barrio un pariente cercano del señor Valéry: el señor Henri, que es un poco más egocéntrico que el señor Valéry, pero igual de carismático. El señor Henri es dueño de un conocimiento infinito, enciclopédico, que reparte entre sus semejantes de un modo, digamos, peculiar. Al señor Henri le gusta abordar cuestiones paradójicas y juegos lingüísticos, y le encanta la absenta.” Todo lo que nos cuenta en este libro de libros es ficción (al igual que ficción pura y dura eran los textos de su Biblioteca). No hay datos, no hay citas, no hay hagiografía, aunque en realidad aspira a escribir una suerte de pequeña historia de la literatura, eso sí, muy subjetiva. Suceden pocas cosas, la acción es mínima y hay toneladas de pensamiento en estado puro, no pasado por el tamiz de la elaboración. E incluso algunos incluyen dibujos, como si el espíritu de Antoine de Saint-Exupéry se hubiera colado entre las callejuelas del barrio.

El barrio tampoco es una sucesión de diez grandes tramas al uso, sino diez pequeñas novelas cortas donde el argumento brilla por su ausencia. Son diez homenajes literarios que buscan en cada uno de los autores algunos ejes cardinales (como el bosque en el caso del paseante Robert Walser o el afán enciclopédico en el señor Henri) y en los que se cuelan algunos otros secundarios de lujo, como el propio Borges, el grafitero del barrio. Cada uno plantea un homenaje literario distinto: en formato entrevista el de Breton o inspirado en el ritmo de sus propios poemas verticales el de Juarroz, quien insiste en mantener en casa un cajón para guardar el vacío…

Ideado como work in progress al que está pensado que se incorporen muchos personajes más (un dibujo inicial señala la ubicación de las casas de otros autores, incluida como representante femenina Virginia Woolf), acaba siendo una galería de excéntricos en la que cada uno elabora su mundo particular. Brillan algunas de las microficciones de “El señor Brecht y el éxito”: “El gobierno corregía los desequilibrios sociales colocando dos centinelas al lado de cada pobre” (“Medidas enérgicas”). El propio autor ha pedido a los lectores que no lean su libro como una novela, y ha hecho bien. De sus páginas me ha llegado el perfume de Italo Calvino y de su inolvidable Palomar. Y, si Tavares es el gran oulipiano portugués, Vila-Matas al margen, ¿quién es el nuestro? Sigo buscando con bien poco éxito. ~