artículo no publicado

Si Carver fuera mujer

Mary Robison

Dime. Treinta cuentos

Traducción de Javier Montes, Barcelona, Alba, 2012, 320 pp.

 

Es sabido que los autores del neorrealismo italiano fueron fuente de inspiración para los narradores españoles que dominaron el panorama de los años cincuenta a los setenta, los llamados niños de la guerra (Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute...). Con Europa agostada por las sacudidas políticas y la potencia norteamericana en plena emergencia, el foco de atención cruzó el Atlántico y recaló en esa tierra de promisión y virtudes democráticas ya algo desencantada, post Vietnam, postfordismo y a punto de ser warholizada sin remedio. Nuestros escritores no pudieron sustraerse a sus encantos y cayeron en el embrujo del American way of life, abonado ya con éxito por el cine de Hollywood.

Desde los ochenta, los autores españoles se alimentan en gran parte de lo que escribieron y escriben los autores norteamericanos, de modo que parte de nuestra narrativa breve parece ambientada en moteles de carretera o solitarios bares periféricos donde se sirven bebidas con soda, al tiempo que abundan los homenajes, descarados o subrepticios; incluso hay un cuento de Care Santos en el que a un personaje se le aparecen en la puerta de casa ni más ni menos que Philip Roth y Saul Bellow.

En La vida oculta (Anagrama, 1993), original reflexión sobre la escritura y diario de lecturas, Soledad Puértolas se refiere a “esa línea que dando un rodeo enlaza a Salinger con Scott Fitzgerald, da vueltas, se detiene morosamente en Bellow, McCullers, Cheever, Doctorow, Brodkey, y llega, con pequeños vericuetos, a Carver, Ford, Leavitt y algunos otros”. Son escritores que ofrecen una mirada inédita, de eso no hay duda.

De nuestra fascinación hacia su mirada singular se deducen dos cosas: o la vida de aquí se parece cada vez más a la vida de allá (cosa probablemente cierta) o el poder de seducción de Carver, Cheever y compañía es mayor de lo que creíamos, y esos Hoppers de la literatura han calado realmente muy hondo en nuestros imaginarios ahormados a la piel de toro. Nadie negará tampoco que en medio de esta oleada salvadora, destinada a rescatarnos de las acuarelas mediterráneas y de los frescos de la Gran Vía madrileña, el minimalismo realista norteamericano se nos aparece dotado de una atractiva personalidad, y se diría incluso que ni T. S. Eliot ni Walt Whitman tuvieron jamás tanto poder de persuasión.

Ahora las cosas están cambiando tímidamente. Sus adalides, difuntos ya desde hace tiempo, erigidos en autores de referencia, citados hasta la extenuación en los encabezamientos de los miles de cuentos que cada año se postulan en España a centenares de premios literarios, están en un tris de devenir en clásicos y convertirse en objetos no ya de emulación sino de veneración, lo que los alejará de la copia descarada y del mal remedo; y también de los valiosos herederos, claro está, como el mismísimo Tobias Wolff.

¿Quién vendrá entonces a ocupar su lugar? ¿Será el realismo sucio, para nosotros durante mucho tiempo la principal fuente yanqui de inspiración, o se están instalando a su vera nuevas variantes que lo reverdecen? Es posible que una nueva corriente esté ya infiltrándose entre nosotros sin que nos demos apenas cuenta. No se trata de una corriente rabiosamente joven, ni de algún hallazgo que acaba de pillar por sorpresa a los Estados Unidos, sino precisamente de lo que hace tiempo ahí colea y aquí, como quien dice, acaba de aterrizar: la aportación femenina al minimalismo realista.

Me refiero al puñado de escritoras, coetáneas de Tobias Wolff, que desde hace años dan guerra en revistas de élite como The New Yorker o The Paris Review. ¿Qué ha sucedido con ellas, por qué no las habíamos leído? ¿En qué angostos almacenes guardaban las editoriales sus libros, que es de suponer los agentes extranjeros les enviaban? Escritoras como Lydia Davis, Amy Hempel y Mary Robison, o como Bobbie Ann Mason, cuyos relatos publicó Anagrama en Shiloh y ahora ha recuperado Tropo Editores.

La escritora Cristina Peri Rossi, que acaba de publicar Habitaciones privadas (Menoscuarto), un compendio de relatos rabiosamente actual acerca de personajes solitarios que se buscan en espacios urbanos, me confesaba que acaso la lectura reciente que más le había subyugado fueran los Cuentos completos de Lydia Davis (reseñados en estas páginas por quien esto firma: “Torsiones y distorsiones”, núm. 122). Poco antes, en 2009, Seix Barral publicó los cuentos de Amy Hempel. Y ahora nos llegan, todo un motivo de celebración, los de Mary Robison (Washington, 1949), reconocida cuentista y novelista. Las tres merecían estar en nuestras mesitas de noche siendo, como son todas, compañeras de generación de Wolff, y para nada competencia menor.

¿Cumple Mary Robison con los tópicos del minimalismo realista o escapa como Davis y Hempel hacia nuevos horizontes? Escapa, y vaya si se escapa. Cierto es que en los cuentos de Robison aparece uno que otro Dodge y algún cuarto de lavadora en el sótano. Hay parroquias con coro, jamón cocido con rodajas de piña, huevos revueltos y botas con puntera, así como camisas de tergal de colores chillones o dibujos hawaianos. Suena Duke Ellington y hay quien maneja un palo de golf. Son historias que suceden en lugares como Baltimore, Providence o Detroit, centradas en las relaciones interpersonales, padres e hijos, hermanos, parejas. Hasta ahí más de lo mismo.

Se rebela en cambio al romper con los personajes convencionales encerrados en vidas convencionales, pues los suyos no lo son tanto. Cuenta también con una baza importante que la distingue: no solo no cierra los cuentos con ninguno de los métodos conocidos sino que los deja a su albur, como si se les añadieran puntos suspensivos. Mientras que los de Margaret Atwood, por ejemplo, acaban por cerrarse a modo de conclusión, Robison abandona a los suyos a su suerte, lo que probablemente les otorgue una mayor capacidad de reverberación en la mente del lector. Son, pues, cuentos abiertos en canal, por los que puede escaparse de todo. Podría añadir que han sido traducidos con pluma ágil por el también escritor Javier Montes, y destacar también su tendencia recurrente a las frases ingeniosas, lanzadas cada poco como anzuelos. Como muestra, un diálogo entre una empleada de la limpieza y el dueño de la casa:

–Declaro oficialmente inaugurada la limpieza de primavera –anunció–. Del negociado de huevos y aspirinas tendrán que ocuparse ustedes mismos.

–Pásame las páginas amarillas, Howdy –pidió el Sr. Cleveland–. Necesito el número de una buena agencia de colocación.

Me dirán que he hablado poco de los cuentos de Dime y no se equivocan. Comentar un libro de relatos no es fácil, viene a ser como explicar una a una las flores de un jardín. A veces resulta más útil mostrarlo en su conjunto y decir: este es el jardín, compárenlo con los de al lado. Lean, pues, y comparen. ~