artículo no publicado

Meg Rosoff y la juventud maldita

Meg Rosoff escribe al margen de las tendencias del mercado editorial juvenil y esta semana le entregan el premio Memorial Astrid Lindgren, el mayor del mundo de la literatura infantil y juvenil. 

Las enfermedades terminales, el acoso escolar, los superpoderes y el fin del mundo le dan igual. Propone historias, no temas. Construye personajes en crisis, no héroes. En sus libros puede haber un romance entre primos en plena guerra mundial, un adolescente paranoico que cambia de identidad para escapar de la muerte o una novia del siglo XIX que huye la madrugada de su boda. No habrá fantasías épicas ni distopías con zombis, vampiros, competidores desquiciados por el hambre o naves espaciales. Tampoco una segunda, tercera, cuarta y quinta parte para entender de qué va la saga.

Meg Rosoff, nacida en Boston en 1956, pero radicada en Londres desde hace dos décadas, escribe al margen de las tendencias del mercado editorial juvenil. Lleva al límite de las preguntas existenciales a sus protagonistas, que casi siempre rondan los 15 años, viven en un contexto muy contemporáneo o en un futuro cercano, están aterrados y se sienten malditos. Razones suficientes para que, fuera de Reino Unido, Rosoff no sea un éxito de ventas, ni la escritora más popular entre los jóvenes. Algunas reseñas de bloggers y booktubers en Hispanoamérica califican sus libros de “raros”. “No sé si me gustó”, “No la entendí”, dicen. Pero este año ganó el Premio Memorial Astrid Lindgren, el mayor reconocimiento en efectivo del mundo para la literatura infantil y juvenil: 5 millones de coronas suecas (unos 580 mil euros).

Cuando un reportero de The Guardian le preguntó a Boel Westin, la presidenta del jurado, ¿por qué Meg Rosoff? Ella simplemente respondió: “Cada una de sus novelas es una pequeña obra maestra”. Uno lee entre líneas: ¿por qué Meg Rosoff, que publicó su primera novela en 2004 y este año había declarado que dejaría de escribir para jóvenes?; ¿por qué no Ursula K. Le Guin, Eric Cale, Quentin Blake, Tomi Ungerer, Geneviève Patte o Wolf Erlbruch?, también candidatos al premio y leyendas vivientes.

Tal vez porque la mayoría de ellos ya ha ganado la otra gran distinción del género, el Premio Hans Christian Andersen, o quizá porque el Memorial Astrid Lindgren suele alternar entre autores o ilustradores con una extensa trayectoria, institutos dedicados a la promoción de la lectura y creadores que no tienen un tumulto de publicaciones, pero sí una mirada original, arriesgada, como Kitty Crowther, Isol y Shaun Tan; una mirada extraña. La mayor cualidad de la prosa de Rosoff es su extrañeza, su capacidad de construir voces extraordinarias pero verosímiles y, con éstas, asombrar a los lectores.

En Mi vida ahora (SM, 2006), Daisy, una joven neoyorquina de 15 años, insegura y obsesiva, cuenta en primera persona el verano que pasó con sus primos en Inglaterra. Su voz es palpitante, irónica y honesta. Agradece que su tía se haya marchado al poco tiempo de su llegada, porque su presencia hubiera sido “inconveniente” para liberar la obsesión sexual que tiene con Edmond, su primo psíquico y fumador de 14 años,

La novela, adaptada al cine en 2013, fue la exitosa entrada al mundo editorial de la autora. En un espacio idílico –una casa de campo, rodeada de bosques y ríos cristalinos, sin adultos a la redonda–, Daisy se enamora y descubre su deseo mientras estalla una Tercera Guerra Mundial que la separará de Edmond. De manera ejemplar, Rosoff muestra la realidad desde los ojos del adolescente que se siente en un limbo, transmite el pánico de la guerra para hablar del pánico del crecimiento, sin moralejas obvias, ni finales felices para todos.

En su segunda novela, Cómo Justin Case engañó al destino (Siruela, 2011), ganadora de la Carnegie Medal, David Case, igual que Daisy, es un “viajero en tránsito, un prófugo”, que en algunos momentos se cree un semidios, “Era Gulliver, Neil Armstrong, Bonny y Clyde, todos en uno”, capaz de librarse de un destino que juega en su contra. David, también de 15 años, cambiará su nombre a Justin y su forma de vestir, y se irá de casa porque está convencido de que algo terrible está a punto de sucederle. Entonces Rosoff, que elabora varias voces, nos presenta al Destino, que se burla de él: “Yo no hago tratos Justin. Yo hago mis propias apuestas. Y mira cómo te vas quedando sin cartas: un par de corazones insignificantes. Un comodín. Unos tristes tréboles. ¿Qué más te queda por sacar?”.

El argumento está atravesado por la teoría del caos y recuerda la serie de películas de terror Destino final, con todo y accidentes de avión, atropellados y eventos desencadenados por un simple tropiezo, pero el viaje iniciático de Justin no se desarrolla con la estructura clásica de la novela de aventuras. La acción en Rosoff sucede sobre todo dentro de la cabeza de sus personajes. Apuesta por la novela psicológica para jóvenes, sin heroísmos fantásticos, llena de dilemas morales: “Si la bala que es para ti acaba matando a un inocente, ¿te conviertes en cómplice de asesinato?”, se pregunta Justin. Y no hay respuestas. Justin da vueltas sobre sí mismo, sin sermonear a nadie, no envía mensajes de aliento y superación a sus pares, comparte su condena: “las palabras que te pasan por la cabeza son dulces y delicadas, como las de una nana grotesca: juventud maldita, juventud maldita, juventud maldita…”.

Son notables, además, los personajes secundarios. Los pensamientos de su hermano de un año añaden humor y revelan una complejidad del mundo interno de un niño pequeño que resulta inquietante; la madurez de Dorothea, una niña de 12 años, deja en ridículo a cualquier adulto; y la lealtad de un perro imaginario que ven varias personas nos desconcierta: ¿lo que leemos es realidad o fantasía?Las tramas de Rosoff se subordinan a sus personajes excluidos, fracasados, melancólicos, pero con suficiente fiereza interna; al ritmo, al uso del lenguaje y a la descripción de atmósferas y lugares memorables. Su narrativa dialoga más con la provocadora Lady, mi vida de perra de Melvin Burgess o la emotiva Una visita inesperada de Sonya Hartnett que con la improbable Mañana, cuando la guerra empiece de John Marsden; más, incluso, con El extranjero de Camus o La carretera de Cormac McCarthy que con cualquier saga juvenil.

Quizá por eso ganó, porque escribe al margen de las modas, y quizá por eso también faltan traducciones de sus libros a un español menos castizo (Vale, dejadme que os explique, echarse un polvo…) y más editores en Latinoamérica a los que no asuste su juventud extraña, profunda y maldita.