artículo no publicado

Mao, La historia desconocida, de Jung Chang y Jon Halliday

La búsqueda de un “rostro humano” para el socialismo real fue uno de los actos de fe más recurrentes del siglo pasado. Por razones oscuras, el encontronazo con la realidad del universo soviético no provocó una desconfianza generalizada en el utopismo leninista, sino una compulsión por identificar en alguna de sus nuevas versiones una moral y una viabilidad imposibles dada su esencia apocalípticamente violenta y autoritaria. Esta esencia es la que convirtió en una nueva decepción a cada uno de los “rostros humanos” elegidos como emblemas de un socialismo blando. Para empezar, a Pol Pot, a quien sólo recordamos como el genocida que fue, pero en algún momento capaz de despertar alguna pasión en la academia francesa. O a la cúpula sandinista, con su bolchevismo latino, alivianado y honesto, que acabó por ser sacada a votos de la presidencia, por corrupta e ineficiente. O a Ho Chi Minh, hoy pasado de moda pero en su día muy querido pese a sus despiadadas técnicas guerrilleras. Desilusión a desilusión, gulag a gulag, poco queda de aquella exaltación deificadora. Aparte del Che, apenas sobrevive –y quién sabe– Fidel, cada día menos querido pero siempre sacado de las aguas con el estribillo aquel de que “Sin embargo no se pueden negar los logros de la Revolución”. Un estribillo que nadie repetirá para Mao Zedong, no luego de leer la devastadora biografía de Chang y Halliday.

Y es que Mao fue, en efecto, un rostro emblemático del bolchevismo light, un ejemplo vivo de que “otro socialismo es posible”. En términos propagandísticos, su vida es una historia de éxito. Su primer gran biógrafo, Edgar Snow, atinó a construir un personaje que perduraría por décadas: un maestro-campesino justiciero pero sabio y ajeno a cualquier violencia excesiva, un militar abnegado y brillante, un poeta solitario y un líder igualitario duro pero esencialmente positivo para China, lastrada por siglos de injusticia. Enseguida vendría la conocida nómina de aplaudidores: Sartre, Beauvoir, un inverosímil Kissinger, y así hasta sus biógrafos recientes, que han propiciado la supervivencia de la buena imagen de Mao por aquello de que –sorpresa, sorpresa– sin embargo no se pueden negar los logros de la Revolución.

Logros que, según muestran las investigaciones de Chang y Halliday, suman un total de cero, frente a una montaña de carnicerías, hambrunas, trabajos forzados, corrupción. Rara vez una biografía consigue retratar a un personaje tan extremada, sistemáticamente nefasto. Según se ha repetido desde la aparición de este volumen, sólo Hitler y Stalin lograron ser tan dañinos en todos los planos, y aun ellos palidecen ante muchos de los crímenes del Timonel. Esto explica que las reseñas sobre esta obra sean en buena medida catálogos de atrocidades, acaso el único modo de comunicar en qué medida el mito del Mao humanista queda desmontado en sus mil páginas. Si hasta ahora incluso los historiadores más críticos con su figura coinciden en que sus tareas de exterminio comenzaron tardíamente, los autores demuestran que ya en 1930 organizó una purga que se llevó por delante a decenas de miles de personas. Si su leyenda lo retrata como un talento militar natural, Mao / La historia desconocida retrata a un estratega incompetente y, lo que es peor, dispuesto a conducir al Ejército Rojo a emboscadas mortales siempre que conviniera a su lucha por el poder. ¿La Larga Marcha, el mito fundador del maoísmo, según la cual el futuro líder atravesó seis mil kilómetros a pie, sorteando astutamente a las tropas nacionalistas? Ahora queda claro que fue posible sólo porque la permitió Chiang Kai-shek, y que Mao la hizo llevado por sus porteadores, como un mandarín. ¿La idea de un líder espartano, austeramente revolucionario? Queda sustituida por la de un cínico que eludió siempre ese trabajo corporal que impuso hasta la sobredosis a toda la población, que coleccionaba casas, comía como un cardenal en medio del hambre masiva y dormía como una marmota. Para no hablar de su presunto rechazo a la violencia excesiva, supuesta línea divisoria entre él y, digamos, Stalin. Ahora sabemos que Mao fue, en realidad, un sádico que descubrió ya en sus días primeros en el Partido Comunista los deleites de la tortura (de viejo, se regalaba en sesiones con fotos y películas de los tormentos infligidos a los “traidores”). Por lo demás, todo su mandato fue una sucesión de intrigas terminadas en suplicios y ejecuciones, purgas y actos de humillación contra sus allegados. De esto, nunca tuvo suficiente: setenta millones de muertos, según el cómputo de Chang y Halliday, sirven como prueba. Todo un récord histórico.

Comentario aparte merece la letanía de que su intervención logró salvar a China de la hambruna. Los episodios más dolorosos de Mao / La historia desconocida son justamente los que tienen que ver con el hambre, una plaga que el biografiado desató conscientemente. Incapaz de exportar cualquier cosa que no fuera un producto básico, China financió el delirante programa militar de su líder, decidido a conquistar el mundo con la comida que le arrancó a una población obligada a vivir con una ingesta de calorías per cápita ínfima. Resultado: 38 millones de muertos en los tres años del Gran Salto Adelante.

Pocos reproches se pueden hacer al trabajo de Chang y Halliday. El más grave es de índole histórica, y tiene que ver nada menos que con el lugar que se atribuye al maoísmo en la trayectoria del socialismo real. Los autores dedican abundantes y certeras páginas a perfilar las complejas relaciones de Mao con Stalin, su mentor, su rival y en muchos aspectos su modelo. Sin embargo, Halliday señaló en una entrevista publicada por El País que la diferencia entre ambas figuras radicaba en que Stalin, a fin de cuentas, creía en alguna medida en el socialismo, mientras que Mao no fue sino un prodigio de ambición sin otro objetivo que el ejercicio indiscutido y universal del poder, una certeza que filtra el libro entero. El inglés tiene razón en lo que respecta a las ambiciones de Mao, pero olvida que la misma tendencia se encuentra en todos los tiranos y tiranuelos del orbe bolchevique, desde el propio Stalin hasta Fidel o Kim Jong-il. No es un accidente. El leninismo, con su vocación de absoluto, es la condición de posibilidad de ese ejercicio universal del poder que se conoce como totalitarismo, el círculo más profundo del infierno dictatorial. Al ignorarlo, Chang y Halliday ignoran nada menos que el mayor mérito de su obra, que es, más allá del retrato puntual de un monstruo, contribuir de manera sustancial a desmontar definitivamente el mito socialista.

Nunca ha sido más cierto aquello de que uno nunca sabe para quién trabaja. ~