artículo no publicado

Lili Marleen. Canción de amor y muerte, de Rosa Sala Rose

Se ha dicho con ingenio que el único vencedor de la campaña napoleónica de 1812 fue Tchaikovski; su célebre Obertura, opus 49, de los himnos patrios y los cañones, nunca hubiera nacido sin la quema de medio Moscú por los franceses. Algo similar manifestó John Steinbeck al afirmar que la canción Lili Marleen fue lo único positivo del nacionalsocialismo; ello podría ser cierto de no ser inexacto asignar únicamente al nazismo la paternidad de una de las melodías más célebres del siglo XX, de ese “eco mejor de la época más terrible”, en palabras de Rosa Sala; de una canción que, aparte del kitsch que pueda rodearla, posee una elemental belleza y, también, cierta morbidez, pues sólo a la guerra debe su concepción y su fama.

Corría el mes de abril de 1941 cuando los responsables alemanes de Radio Belgrado –Serbia acababa de ser “tomada” por los nazis–, ante la escasez de discos con música adecuada para animar a los soldados del Reich que se hallaban dispersos por los frentes europeos, organizaron una requisa musical en la cercana Viena: abordaron los archivos sonoros de la radio austriaca y se llevaron varias cajas de discos a Belgrado. Entre ellos se hallaba uno cuyo título era providencial: Canción para un joven centinela, y debajo: Lili Marleen. Cantaba Lale Andersen, una artista de segunda fila nacida en Bremerhaven. La grabación databa de agosto de 1939. Faltaba un mes para que Alemania declarara la guerra a Polonia, pero la canción estaba concebida para que encajara bien en el ominoso clima prebélico que empapaba a la nación.

Un engañoso toque de retreta prusiano daba paso a una canción sentimental de cinco estrofas que la Andersen entonaba con una voz casi ingenua y aún poco hecha, y que tan distinta suena a la seductora, profunda y ambigua voz de Marlene Dietrich, la cantante a la que hoy se asocia de manera automática con Lili Marleen.

La canción, emitida a menudo por Radio Belgrado, emisora que tenía una potencia de alcance inusitado para la época, caló hondo en el sentir de los soldados, hasta el punto de que su repentina ausencia motivó miles de cartas de protesta: los combatientes se habían acostumbrado a escucharla, les resultaban imprescindibles su tonada pegadiza y su sentimentalismo. Frente a tamaña ansia Radio Belgrado la convirtió en su melodía estrella y determinó radiarla todas las noches justo a las diez, abriendo un programa de canciones dedicadas. Corre la leyenda de que tres minutos antes de esa hora, en cualquier lugar de Europa y África, cesaban los combates porque los soldados de los bandos enfrentados querían escuchar la canción. ¿Qué tenía aquella canción que tanto les atraía? Frente al portalón del cuartel, un soldado se despide de su amada con la que se encuentra cada noche bajo una farola cercana; antes que encubrir su mutuo amor, la farola los rodea de luz y llena la noche prolongando las figuras de los enamorados. El toque de retreta conmina a la separación: ¡le caerán tres días de arresto si llega tarde! El muchacho, ya en el frente, canta a la nostalgia de aquellos encuentros; finalmente sabe que morirá en la guerra que ya ha estallado (la Primera Guerra Mundial), y en la estremecedora estrofa final asegura que, aunque muera, el amor de su Lili será capaz de sacarlo de la tumba y devolverlo a sus brazos: “Del espacio silencioso/ del fondo de la tierra/ me levanta como en un sueño/ tu boca enamorada./ Cuando se arremolinen las nieblas tardías/ junto a la farola yo estaré/ como antes, Lili Marleen”. Estos versos finales nunca hubieran pasado la censura del Ministerio de Propaganda del Reich, bajo la directa supervisión de Goebbels, por derrotistas; pues aseguran que el soldado no regresará vivo ni victorioso, como pretendía la propaganda nazi, sino sólo como espectro. Pero Radio Belgrado no estaba sometida a dicho ministerio de propaganda, de ahí la libertad que se arrogaba de emitir lo que le pareciera.

Con todo, para los soldados alemanes, familiarizados por tradición con el culto romántico a la muerte, la idea de regresar al mundo como aparecidos los animaba con estremecimiento metafísico. Por lo demás, la Lili Marleen de la canción encarnaba a todas y cada una de las novias de aquellos guerreros desamparados de compañía femenina.

Aquellos versos sencillos sobre el abrazo de los enamorados bajo la farola habían nacido de un soldado como ellos, de la pluma de un poeta de escaso talento: Hans Leip, nacido en Hamburgo en 1893 y movilizado como soldado en 1915. El nombre de dos mujeres distintas, amantes de Leip, una tal Betty, humilde chica de barrio, a la que Leib apodó “Lili”, y una enfermera de más fuste, llamada “Marleen”, se fundieron para siempre en un solo nombre en la imaginación del poeta, en el marco de un tétrico cuartel berlinés la noche antes de partir al frente, cuando nacieron los versos de la canción. De modo que la letra de Lili Marleen vino al mundo algunos años antes que el nazismo. En cuanto a su música, pertenecía ya a otra época. La historia de la ascensión, fama y avatares de Lili Marleen, con su “pérdida de la inocencia” incluida, es extraordinaria, como así nos lo muestra el magnífico libro que reseñamos.

La germanista Rosa Sala Rose (Barcelona, 1969), autora de un espléndido Diccionario de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado) así como del magnífico ensayo literario El misterioso caso alemán (Alba), ha investigado casi en clave detectivesca y recuperado la historia de Lili Marleen en este trabajo en el que se mezclan el ensayo divulgativo y el reportaje periodístico del más alto estilo, tan inteligente como ameno. Varios personajes protagonizan la historia que Rosa Sala va desentrañando en capítulos con sentido propio: la de Lale Andersen, autora de una autobiografía titulada El cielo tiene muchos colores (1972) en la que se pinta a sí misma con las mejores tintas. La Andersen fue amante de un compositor judío con el que rechazó casarse y vivir en Suiza, ya que ella prefirió hacer carrera incluso en el Tercer Reich. ¿Fue esta ambiciosa mujer una artista apolítica, no comprometida con el nazismo? Después de la guerra tuvo que someterse a un proceso de “desnazificación” y alegó que hizo lo que pudo por ayudar a sus amigos judíos y que los nazis, asustados de su popularidad, le causaron bastantes problemas. Sin embargo, Lili Marleene fue la canción favorita de Hitler y de la familia Goebbels al completo, así como la de millones de alemanes. Rosa Sala nos cuenta qué hubo de verdad en la vida de la artista. Asimismo recupera la historia de la música que hacía tan digerible la letra de la canción. ¿Sabíamos que antes de la versión famosa de la canción que todos conocemos, un compositor que jamás tuvo éxito le puso una música con la que no triunfó, acaso más hermosa que la ulterior? Se llamaba Rudolf Zink, nunca fue nazi y nunca fue famoso, y sí un pobre combatiente que lo perdió todo en la guerra. En la actualidad se ha recuperado aquella versión suya, cuya música la acerca más a las “degeneradas” tonadas de un Kurt Weill, el compositor favorito de Berltold Brecht, con quien hasta trató Lale Andersen en sus comienzos como artista.

Fue otro compositor de medio pelo y afín al régimen nazi –aunque él lo negaría después de la guerra– quien dotaría a los versos de Leip de la melodía que los lanzó a la fama: Norbert Schultze. Éste tuvo su oportunidad en Alemania al exiliarse los compositores judíos, y cosechó fama por componer marchas militares; la más popular se titulaba “Bombas sobre Inglaterra”. Él fue quien arropó a Lili con su ritmo soldadesco. Al enfrentar las figuras de ambos compositores, el malogrado y el célebre, Rosa Sala recrea muy bien el ambiente de rivalidad y oportunismo que dominaba entre los artistas que optaron por permanecer en Alemania cuando Hitler accedió al poder.

Una historia de otro tenor es la protagonizada por una sobrina de Sigmund Freud, artista que vio truncada su carrera por ser judía, y que padeció innumerables penalidades durante la guerra, exiliada en Suecia y reducida a la miseria; se llamaba Lilly Freud-Marlé y durante algún tiempo se creyó la verdadera inspiradora de la canción. Leip habría inventado la historia de las dos mujeres desconocidas que unieron sus nombres mientras que, en realidad, sólo ella habría sido la destinataria de aquellos versos. Pero claro, ¿cómo explicar en la Alemania de Hitler que la muchacha con la que soñaban todos los soldados era una mujer judía? Los pormenores de esta historia también los desentraña Rosa Sala, que incluso viajó a Suecia a entrevistar a un descendiente de la Marlé; pero, además, aborda otros muchos aspectos del mito Lili Marleen, como, por ejemplo, su “cara oscura”; a veces se olvida que miembros de las SS ordenaban interpretarla en los campos de exterminio, mientras decenas de miles de judíos eran empujados a la muerte.

Y si Lale Andersen fue la inicial e involuntaria suscriptora del éxito de su canción, la ambigua diva Marlene Dietrich, enemiga de los nazis y la encarnación de la “mujer fatal” por excelencia, con su grave y sensual voz y su acento arrastrado, fue quien vino a poner las cosas en su sitio liberando a Lili Marleen de su aire más marcial al acentuar hasta el extremo su sentimentalismo en una célebre versión alemana que, emitida desde Inglaterra, buscaba desmoralizar a los soldados alemanes y convencerlos de que abandonaran aquella guerra absurda y corrieran a los brazos de sus novias. Asimismo, a la Dietrich se debe una nueva versión en inglés de Lili Marleen cuya letra compuso ella misma y en la que expresa los ideales políticamente correctos de los Aliados: “crearemos un mundo nuevo para los dos”; y en la que nada queda ya del soldado que regresa muerto. Con Marlene Dietrich, Lili Marleen se “desnazificó”.

Mucho más hay en este libro memorable: por ejemplo, la curiosa anécdota de que la muñeca “Barbie” podría haberse inspirado en una “Lili” alemana de la posguerra, que ya sólo era un pálido reflejo de aquella novia fiel de la canción. Por lo demás, cabe elogiar la idea de haber incluido un CD con grabaciones imprescindibles para ir comprendiendo las distintas fases de las historias que Rosa Sala tan bien nos narra. Aquí encontramos singularidades tales como la voz de la hija pequeña del mariscal Göring entonando las primeras estrofas de Lili, pero también la hermosa versión de Zink. Y, cómo no, las interpretaciones de Lale Andersen y Marlene Dietrich. Todavía sentimos escalofríos al escucharlas, pues Lili Marleen continúa siendo a pesar de todo una canción seductora y estremecedora; los jóvenes actuales la desconocen, afirma Rosa Sala; de ahí que quizás esté llamada a desaparecer y algún día “descansará en paz”… Cuesta creerlo, pues su sutil evanescencia terminará por depositarla más allá de la época trágica con que se la asocia, salvando su belleza y garantizando su inmortalidad. ~