artículo no publicado

Las batallas políticas

No fue nada fácil recorrer los veintidós años de Vuelta con el designio de presentar al lector de Letras Libres un panorama, más o menos claro, de lo que fueron, en toda su dimensión, sus batallas políticas. Al final quedaron algunos párrafos, los más conspicuos, de una vasta y diversa experiencia intelectual, determinada más por las ideas en discusión que por las convicciones preconcebidas, contra lo que pudiera pensarse. Vuelta (y antes que ella, Plural) fue una revista en movimiento, una constelación de individualistas y, acaso, también de soñadores. De soñadores prácticos. En pocas páginas pasaremos desde las palabras de fundación de Octavio Paz, en diciembre de 1976, hasta las expresiones de duelo motivadas por la muerte, en abril de 1998, de nuestro director.

En el camino mexicano, la disidencia ante “el estilo personal de gobernar” del presidente Luis Echeverría al finalizar su sexenio, la indignación ante el secuestro sindical de la UNAM en 1977 –que por desgracia no fue el primero ni el último–, la revuelta electoral de 1988 y la rebelión neozapatista en 1994: del prolongado atardecer autoritario a la engañosa aurora guerrillera. Tomas de posición que, a la luz del presente, pueden parecer apasionadas o rigoristas, pero que estuvieron animadas por la certidumbre de que sólo en la saludable rutina de la democracia política había un destino para México. Aquellos artículos –de los que no podemos ofrecer sino fragmentos– los escribieron el propio Paz, Enrique Krauze, Gabriel Zaid, Alejandro Rossi, quienes, entre otros escritores de diferentes generaciones, le dieron a Vuelta un lugar modesto pero insustituible en el México de finales del siglo XX.

Aquella revista fue, también, una tribuna internacional donde se denunció la servidumbre ante el totalitarismo soviético y sus prolongaciones latinoamericanas, obcecación entonces tan difundida que combatirla no sólo era una blasfemia sino una excentricidad. Sería injusto decir que esa batalla, ganada con la caída del muro de Berlín en 1989, la dieron solamente escritores latinoamericanos, como nuestros queridos amigos Guillermo Cabrera Infante y Mario Vargas Llosa. En aquellos años Vuelta no encontró mejor manera de honrar la libertad que cederle la palabra a infatigables hombres de izquierda como Jorge Semprún, a católicos como Lezsek Kolakowski, a liberales como Raymond Aron y François Furet, a novelistas como Milan Kundera y a inesperados héroes de nuestro tiempo como Vaclav Havel: intelectuales que honraron a los intelectuales en el siglo de su deshonra, como lo recordaba, una y otra vez, Octavio Paz. Ojalá que esta antología mínima, frustrantemente mínima, cumpla con el cometido de celebrar los treinta años de Vuelta y recordar esa parte política de su legado con nuestros nuevos y viejos lectores. ~

Selección y presentación:
Christopher Domínguez Michael

 

El nacimiento de Vuelta

Vuelta, como su nombre lo dice, no es un comienzo sino un retorno. En octubre de 1971 apareció una revista, Plural; navegó contra viento y marea durante cerca de cinco años; al llegar al número 58, desapareció; hoy reaparece, con otro nombre. ¿Es la misma? Sí y no. El Consejo de Redacción, los colaboradores y los propósitos son los mismos. Se ha reducido un poco el número de páginas y se han cambiado, también un poco, el diseño y la tipografía. Vuelta quiere decir regreso al punto de partida y, asimismo, mudanza, cambio. ¿Dos sentidos contradictorios? Más bien complementarios:
dos aspectos de la misma realidad, como la noche y el día. Damos vueltas con las vueltas del tiempo, con las revoluciones de las estaciones y las revueltas de los hombres; al cambiar, como los años y los pueblos, volvemos a lo que fuimos y somos. Vuelta a lo mismo. Y al dar la vuelta, descubrimos que ya no es lo mismo: el que regresa es otro y es otro a lo que regresa. El mismo y el otro, lo mismo y lo otro: nosotros que somos otros, vosotros, los mismos. La vuelta es cambio y el cambio, vuelta. Plural desapareció –la publicación que circula por ahí ni siquiera es una caricatura: es una falsificación– y ahora reaparece; ya no es Plural, aunque no renuncia a la pluralidad de voces, sino Vuelta. El mismo y el otro.

– Octavio Paz, “Vuelta”, Vuelta, no 1, diciembre de 1976, p. 4.

 

Luis Echeverría

Pero cabe hacer una crítica a quienes, con razón, han visto semejanzas entre Luis Bonaparte y Luis Echeverría. La misma que hace Marx a quienes, atacando a Napoleón el Pequeño, acabaron engrandeciéndolo: atribuyendo todo a su genio impostor. No es posible engañar a todos todo el tiempo. La demagogia, para tener efecto, requiere participación en la falsa conciencia. Hasta del demagogo, por cínico que sea. Por grande que haya sido el genio maquiavélico y demagógico de Bonaparte, hubiera caído en el vacío, de no responder a las ilusiones e intereses de mucha gente. De la misma manera, la parodia progresista que se representó durante seis años, no se puede explicar exclusivamente en función del genio demagógico o maquiavélico de Echeverría: tuvo mucho de ilusión colectiva, le sirvió a muchísima gente para hacer patria y dinero al mismo tiempo, respondió a las necesidades de expresión y a los intereses prácticos de la clase media progresista, incluyendo las necesidades de expresión y los intereses prácticos de Luis Echeverría, que, aunque millonario, provenía de esa clase media. De otra manera, sería difícil explicar por qué un sexenio que se presentó con bigotes zapatistas, con gestos cardenistas, con frases allendistas, con tramoyas tercermundistas, acabó haciendo un número alemanista.

– Gabriel Zaid, “El 18 Brumario de Luis Echeverría”, Vuelta, no 2, enero de 1977, p. 13.

 

Huelga en la unam

Junio es un mes cruel para la universidad. Las primeras lluvias, la humedad creciente, el olor a tierra mojada tal vez desencadenen urgencias obscuras e incontrolables, delirios napoleónicos, fantasías leninistas, visiones heroicas aunque un poco estúpidas, fiebres martiriales y también deseos de sentarse en los corredores vacíos de las facultades y cantar juntos –durante las frígidas horas de la madrugada– alguna tristísima canción boliviana o una linda cueca chilena. Acepto la importancia de esas emociones nocturnas, pero reconozco que a veces conviven con las ideas más bobas. Guardemos las guitarras y olvidemos por un momento el brillo de los ojos. En el conflicto universitario hay algo más que cabelleras al viento.

– Alejandro Rossi, “La minoría prepotente”, Vuelta, no 9, agosto de 1977, p. 48.

 

Responsabilidad del Estado

Que sigue siendo válida la antigua idea de que el propósito del Estado es la seguridad: válida incluso si la noción de seguridad se extiende hasta incluir no sólo la protección de las personas y la propiedad a través de la ley, sino otras varias instancias: que a los desempleados no los mate el hambre ni a los pobres la falta de atención médica; que los niños tengan acceso a la educación. Pero no hay que confundir seguridad con libertad. El Estado no garantiza la libertad mediante su acción reguladora en las diversas áreas de la vida, sino todo lo contrario, la garantiza mediante su abstención. De hecho, la seguridad puede ampliarse sólo a expensas de la libertad. En todo caso, hacer a la gente feliz no es responsabilidad del Estado.

– Leszek Kolakowski, “Cómo ser un conservador-liberal-socialista”, Vuelta, no 24, noviembre de 1978, p. 45.

 

En el infierno de la biblioteca

Recuerdo que en 1966, durante un breve viaje por la URSS, un historiador soviético de origen español me describió gráficamente el “infierno” de la biblioteca pública en que trabajaba y al que tenía normalmente acceso en virtud de los privilegios que le confería su especialidad: una sala inmensa atestada de literatura anticomunista, pero en la que no figuraban, por ejemplo, los escritos de Trotski y Bujarin. Como le manifestara mi sorpresa ante esta “ausencia”, me respondió sonriendo. “Pura lógica. Oficialmente no han existido nunca.” Evoqué inmediatamente las fotografías retocadas de Lenin, en las que la mayoría de sus compañeros de lucha parecen haberse desvanecido y comprendí la obsesión de Carlos Franqui, encargado entonces de la conservación de los archivos históricos de la Revolución cubana, de preservar la memoria de lo ocurrido de los peligros de una interesada manipulación. Cuando años más tarde, a raíz de su ruptura pública con Fidel Castro, su silueta “desapareció” también de las fotografías, mil veces reproducidas, de la entrada victoriosa de Castro en La Habana, la misma empresa de falsificación histórica comenzaba a repetirse en Cuba, pero, por fortuna para nosotros, Franqui había logrado sacar con él de la isla las fotocopias de las cartas, documentos, informes, etc., que se hallaban en los archivos a su cargo, salvando así para el futuro la memoria de la Revolución.

– Juan Goytisolo, “Cuba, veinte años de Revolución”, Vuelta, no 31, junio de 1979, p. 15.

 

Estados Unidos, la urss, China

Hace treinta años, el profesor de relaciones internacionales y el hombre de la calle se representaban el mundo casi de la misma manera. El primero, en lenguaje de especialista, bautizaba como “bipolar” el sistema interestatal; el segundo ponía en el centro la rivalidad de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, no sin subestimar una superioridad global, militar y económica, de la potencia marítima, la república norteamericana, comparable, en relación con la masa euroasiática, a la que antes tenía la Gran Bretaña en relación con Europa. Hace todavía veinte años (1958), cuando Nikita Jruschov lanzaba su casi ultimátum sobre Berlín, y unos años más tarde, en el momento de la crisis de los cohetes(1962), la humanidad aterrada retenía el aliento. Hoy tal vez los profesores y el hombre de la calle concuerdan, pero ya no sobre una representación del mundo. Ambos, más bien, considerarían al mundo incomprensible a fuerza de complejidad. ¿Se debe sustituir el duelo Moscú-Washington por el triángulo Moscú-Pekín-Washington? ¿A cuál de los duelistas pertenece desde ahora la supremacía militar? El conflicto Este-Oeste, ¿conserva la significación planetaria que le dábamos en los primeros años sesenta? Es verdad que los Estados Unidos y la Unión Soviética siguen mereciendo el lugar aparte que se arrogan y que los observadores les atribuyen: son los únicos Estados que poseen una panoplia completa, en la tierra, en el mar, en los aires y en el espacio, de la metralleta a la bomba de megatones; los únicos capaces de proyectar su fuerza militar a cualquier punto del globo; los únicos que tomaron parte en la conquista del espacio. Además, de aquí al final del siglo, conservarán en lo esencial ese duopolio, por muchos progresos que haga China Popular durante los veinte años venideros.

– Raymond Aron, “Del imperialismo norteamericano al hegemonismo soviético”, Vuelta, no 39, febrero de 1980, p. 15.

 

Ser de izquierda

Estamos entonces obligados, por afán de claridad, a comenzar por lo que hay en el mundo de más oscuro y turbio, o por lo menos confuso: por aquello que se ha vivido. Sin embargo no se trata de contar nuestra vida, por mucho interés que tenga un resurgimiento del Yo bajo el anonimato de las experiencias políticas aplanadas por un discurso monolítico. Se trata de mostrar cómo lo vivido y lo conceptual se articulan, en una experiencia política y cultural del siglo XX (que en lo esencial no es el siglo de la conquista del espacio; ni de las nuevas fuentes energéticas; ni de ninguna de los decisivos descubrimientos de la revolución científica y técnica –decisivas, por lo menos, para la brutal reestructuración en curso del mercado mundial, de la división internacional del trabajo y la conmoción de las fuerzas productivas del capital social–, sino, me parece, el siglo del fracaso planetario de la revolución comunista). Entonces la pregunta sobre una actitud de izquierda, hoy, debe ser planteada ad hominem para que sea precisa. Yo, de cincuenta y siete años, español de nacimiento, cosmopolita por vocación, bilingüe y decidido a seguir siéndolo, hipopreparatoriano a los 17 años en el liceo Henri-IV, detenido en el maquis de Borgoña a los 19, y habiendo festejado luego mis veinte años en Buchenwald, comunista desde 1941, permanente del Partido Comunista Español en 1952, negándose a quemar a Kafka y a gustar de la pintura de Fougeron, y sin embargo ideológicamente stalinizado, metido gustosamente en la clandestinidad antifranquista durante diez años, miembro de la dirección del mencionado PCE a partir de 1956 –en la efímera onda de la desestalinización burocrática– bajo el seudónimo de Federico Sánchez, excluido en 1964, escritor desde entonces, con cinco libros publicados y cinco guiones cinematográficos escritos, yo, pues, en 1981 –¿por qué digo todavía que soy de izquierda? Intentemos explicarlo.

– Jorge Semprún, “Seguir siendo de izquierda”, Vuelta, no 62, enero de 1982, p. 40.

 

El suicidio en Cuba

La práctica del suicidio es la única y, por supuesto, definitiva ideología cubana. Una ideología rebelde –la rebeldía permanente por el perenne suicidio. Martí sería así nuestro Trotski temprano: ideólogo, político, guerrillero fallido pero suicida certero, el felo de se con fe en la tumba abierta. ¡A la victoria por el sepulcro! ¡Muerte o muerte! ¡Pereceremos! (Se oyen, se oirán siempre, las notas del Himno Nacional, cantado por un coro lejano de voces de ultratumba: “Cubano, a morir por propia mano/ Que morir por la patria es morir.”)

– Guillermo Cabrera Infante, “El suicidio en Cuba”, Vuelta no 74, enero de 1983, p. 22.

 

Oaxaca, tierra de déspotas

El recuerdo de pasadas grandezas y abolengos habitaba por el lado materno aquella casa de Piedras Negras. Venían de Oaxaca, tierra de déspotas ilustrados: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Quizá por reacción al mundo protestante que los circundaba y seguramente también por una arraigada vocación, la madre instruye a sus hijos, especialmente a José, en la práctica no sólo ritual sino también, en cierta medida, intelectual y que no excluye ni el diálogo ni la polémica, las lecturas iluminadas de San Agustín y Chateaubriand, y que en algún momento de ira contra un tío librepensador incurre en la quema de libros heréticos. Junto a su madre, José vio aparecer fugaces objetos de otros mundos y una sonrisa milagrosa en la Virgen del Carmen; si Vasconcelos inventó estos hechos, o si los soñó, lo cual es improbable, su significación no cambia. Ficticios o reales, revelan el dato fundamental de su vida. La religiosidad matrilineal.

– Enrique Krauze, “Pasión y contemplación en Vasconcelos”, Vuelta, no 78, mayo de 1983, pp. 12–13.

 

Un Occidente secuestrado

La Europa geográfica (la que va del Atlántico al Ural) siempre estuvo dividida en dos mitades con distintas evoluciones: una, ligada a la antigua Roma y a la Iglesia Católica (signo particular: el alfabeto latino); la otra, anclada en Bizancio y en la Iglesia Ortodoxa (signo particular: el alfabeto cirílico). Después de 1945 la frontera entre estas dos Europas se desplazó en algunos centenares de kilómetros hacia el Oeste, y algunas naciones que siempre se habían considerado occidentales se despertaron un buen día y descubrieron que se hallaban en el Este. A continuación, después de la guerra, hubo tres situaciones fundamentales en Europa: la de Europa occidental, la de Europa oriental y, la más complicada, la de esa parte de Europa situada geográficamente en el centro, culturalmente en el Oeste y políticamente en el Este.

– Milan Kundera, “Un Occidente secuestrado”, Vuelta, no 90, mayo de 1984, p. 6.

 

El régimen sandinista

A la sombra de Washington nació y creció en Nicaragua una dictadura hereditaria. Después de muchos años, la conjunción de diversas circunstancias –la exasperación general, el nacimiento de una nueva clase media ilustrada, la influencia de una Iglesia Católica renovada, las disensiones internas de la oligarquía y, al final, el retiro de la ayuda norteamericana– culminó en una sublevación popular. El levantamiento fue nacional y derrocó a la dictadura. Poco después del triunfo, se repitió el caso de Cuba: la revolución fue confiscada por una elite de dirigentes revolucionarios. Casi todos ellos proceden de la oligarquía nativa y la mayoría ha pasado del catolicismo al marxismo-leninismo o ha hecho una curiosa mezcolanza de ambas doctrinas. Desde el principio los dirigentes sandinistas buscaron inspiración en Cuba y han recibido ayuda militar y técnica de la Unión Soviética y sus aliados. Los actos del régimen sandinista muestran su voluntad de instalar en Nicaragua una dictadura burocrático-militar según el modelo de La Habana. Así se ha desnaturalizado el sentido original del movimiento revolucionario.

– Octavio Paz, “Discurso de Alemania”, Vuelta, no 96, noviembre de 1984, p. 6.

 

Nicaragua: el pleito de las elites

Lo que puso en marcha la guerra civil en El Salvador y Nicaragua fueron los abusos políticos de unas elites contra otras, especialmente contra sus propios hijos universitarios, más “preparados y con ideas modernas”. En el caso de Nicaragua, estos abusos de unas elites contra otras se repitieron al triunfo de la primera guerra civil. Pero este conflicto, por estar localizado arriba y romper la unidad del poder interno, pone en juego la estabilidad del Estado y las relaciones externas de poder. Esto activa los conflictos externos. No son los conflictos externos (3 a 6), ni los antiguos conflictos internos (1 y 2) los que activan 7, sino al revés: la ruptura en la cúspide activa todos los demás.

De la misma manera, la cadena no es: Rusia empuja a Cuba que empuja a Nicaragua que empuja a la guerrilla salvadoreña, para sacar a los Estados Unidos de Centroamérica y meter el otro imperialismo, sino: la guerrilla salvadoreña se siente con derecho a la ayuda sandinista (aunque los sandinistas temen poner en peligro su propia situación); los sandinistas se sienten con derecho a la ayuda castrista (aunque Castro teme que se aloquen y lo involucren); Castro se siente con derecho a la ayuda soviética (aunque los soviéticos prefirieron retirar sus misiles de Cuba, antes que enfrentarse a una guerra con los Estados Unidos). Con un realismo que habla de ese sentimiento, declaró Castro: “quien hace una revolución no tiene derecho a mantenerla a costa de otros, tiene que correr él mismo con los riesgos” (Unomásuno, 20-XII-84).

– Gabriel Zaid, “Nicaragua, el enigma de las elecciones”, Vuelta, no 99, febrero de 1985, pp. 15–16.

 

El Congreso de Valencia

¿Quiénes entre nosotros, los escritores que nos reunimos en Valencia hace medio siglo, habrían podido adivinar cuál sería el régimen constitucional de España en 1987 y cuál sería su Gobierno? No debe extrañarnos esta ceguera: el porvenir es impenetrable para los hombres. Pero en todas las épocas hay unos cuantos clarividentes. Después de la Segunda Guerra Mundial viví en París por una larga temporada. En 1946 conocí al líder socialista español Indalecio Prieto. Aunque lo había oído varias veces en España y en México, sólo hasta entonces tuve ocasión de hablar con él, a solas, en dos ocasiones. Prieto estaba en París, como muchos otros dirigentes desterrados, en espera de un cambio en la política internacional de las potencias democráticas que favoreciese a su causa. Yo trabajaba en la Embajada de México. Se me ocurrió que esa extraordinaria concentración de personalidades, pertenecientes a los distintos partidos políticos enemigos de Franco, era propicia para tener una idea más clara de los proyectos de la oposición y de las distintas fuerzas que, en su interior, buscaban la supremacía. Conversé con varios dirigentes pero en sus palabras –cautas o apasionadas, inteligentes o retóricas– no encontré nada nuevo: sus ideas y posiciones eran las que todos conocíamos. No así Prieto. Durante dos horas –era prolijo y le gustaba remachar sus ideas– me expuso sus puntos de vista: el único régimen viable y civilizado para España era una Monarquía constitucional con un Primer Ministro socialista. Las otras soluciones desembocaban, unas, en el caos civil y, otras, en la prolongación de la dictadura reaccionaria. Su solución, en cambio, no sólo aseguraba el tránsito hacia un régimen democrático estable sino que abría las puertas a la reconciliación nacional.

– Octavio Paz. “Valencia 1937–1987”, Vuelta, no 128, julio de 1987, pp. 13–14.

 

El 6 de julio de 1988

Estamos ante un país distinto. Los cambios que, ya hace 20 años, algunos previmos, se han realizado. Mejor dicho, se están realizando. Cambios no sin peligros ni acechanzas: el pluralismo no debe degenerar en divisiones y fragmentaciones. En estos días los mexicanos nos enfrentamos a una disyuntiva: o entre todos aseguramos el tránsito pacífico hacia la democracia o, por el camino de manifestaciones y agitaciones más y más violentas, regresamos al desorden de épocas pasadas. Todos sabemos –o deberíamos saber– que el desorden fatalmente desemboca en la instauración de regímenes de fuerza. Los ciudadanos sin partido pero no sin opiniones políticas, que somos la mayoría de la nación, debemos exigir a los partidos que encuentren pronto, no una imposible solución a sus diferencias, sino un método para que esas querellas no pongan en peligro la paz y la estabilidad de México […].

Muy pronto, en los días que vienen, podremos comprobar si los partidos quieren ayudar al nacimiento de un México nuevo o si, ciegamente, se han lanzado hacia su destrucción. La oposición ha pedido la modificación de la ley electoral. En efecto, es de máxima importancia tener un código electoral que cuente con la aprobación de la inmensa mayoría de los mexicanos, incluidos los partidos de la oposición. Ésta podría ser la primera y gran prueba del México que amanece: si las Cámaras deciden que su tarea más urgente e importante es la elaboración de una nueva y más equitativa ley electoral, se habrá dado un fundamento inconmovible a nuestra joven democracia.

– Octavio Paz, “Hora cumplida”, Vuelta, no 143, octubre de 1988, pp. 46–47.

 

Tiempo de transiciones

Según la perspectiva desde la cual se la mire, América Latina ofrece un panorama estimulante o desolador. Desde el punto de vista político, no hay duda que éste es el mejor momento de toda su historia republicana. El reciente triunfo de la oposición al régimen dictatorial del general Pinochet, en el plebiscito chileno, inaugura un proceso de democratización de ese país y es el hito más reciente de una secuencia que ha visto, en las últimas décadas, desaparecer una tras otra a las dictaduras militares y su reemplazo por regímenes civiles nacidos de elecciones, y las semidictaduras de Panamá Nicaragua y Haití, puede decirse que todo el resto del continente ha optado resueltamente por el sistema democrático. Las seudodemocracias manipuladas de antaño, como la de México, se van perfeccionando y admitiendo el pluralismo y la crítica. De un lado los ejércitos y, de otro, los partidos de extrema izquierda o de extrema derecha se van resignando, so pena de verse reducidos a la orfandad más absoluta, a las prácticas electorales y a la coexistencia democrática.

– Mario Vargas Llosa, “Entre la libertad y el miedo”,
Vuelta, no 147, febrero de 1989, p. 13.

 

El caso Padilla

Al leer La mala memoria uno se lleva la impresión de que Fidel Castro ha practicado un stalinismo menos sistemático, menos implacable, menos cruel, que el del propio José Stalin, pero que ha tenido, a la vez, menos sensibilidad frente a los hombres de cultura. Uno percibe una desconfianza continua y profunda frente a los intelectuales, desconfianza que no excluye a los que simpatizaban con la revolución. A mí me dijo desde el día de mi llegada a La Habana: “¿Y por qué a Salvador Allende se le ocurrió mandar a un diplomático escritor? Nosotros ya pasamos por esa etapa y la superamos.” No encontramos en él los gestos contradictorios de José Stalin, que de pronto salvaba la memoria de Maiakovsky, el suicida, o daba un paso inesperado para proteger a Boris Pasternak, a Ilya Ehrenburg, a Serguéi Eisenstein. ¿Será, me pregunto, que el mundo americano es más bárbaro, menos marcado por la tradición cultural, que el de esa periferia europea donde se inscribe la vieja cultura rusa? ¿Será que el antiguo dilema de civilización y barbarie, el de Andrés Bello y Sarmiento, el del propio José Martí, sigue dolorosamente vivo en nuestro Nuevo Mundo, sin que la isla revolucionaria se haya convertido, como habría debido hacerlo, en una excepción a esta norma? Las memorias de Heberto Padilla, incompletas, llenas de altibajos, irreflexivas en más de alguna página, resultan a veces, pese a todo, interesantes. Su retrato de Fidel Castro deberá agregarse a una ya nutrida galería de retratos revolucionarios, junto al de un Che Guevara que se confesaba desgarrado “las 24 horas del día”. Padilla sostiene que Fidel Castro encontró en el marxismo-leninismo una filosofía que se amoldaba bien a sus deseos de obtener el poder total. Desde la cárcel, años antes del triunfo de la Revolución Francesa: “Eran necesarios unos meses de terror para acabar con un terror que había durado siglos. En Cuba hacen falta muchos Robespierre…” (p. 257). En la lectura de estas memorias uno intuye que Fidel llegó a encarnar en su persona la memoria del poeta [...]. La conclusión es que no podremos reconstruir la historia de una sola plumada. Tendremos que proceder por partes, con espíritu analítico y paciencia. A parte de los Robespierre, la Revolución también necesita un Michelet y uno que otro practicante de la “nouvelle histoire”. ¡Para rescatarnos del frágil género de las memorias personales!

– Jorge Edwards, “Enredos cubanos (18 años después del caso Padilla)”, Vuelta, no 154, septiembre de 1989, p. 37.

 

El marxismo en México

Me parece que la cultura revolucionaria es muy fuerte en México. Existe esencialmente en forma de un marxismo un tanto salvaje, que probablemente contiene elementos muy profundos y muy arraigados en la cultura nacional. ¿Cómo va a sobrevivir en México este marxismo tan peculiar dada la bancarrota del comunismo europeo? O, si se prefiere, ¿cómo se puede seguir siendo marxista hoy en México? Es un problema que se me escapa un poco. Pero si se me escapa es porque tengo tendencia a pensarlo en términos racionales. Ahora bien, en la medida en que se formulan hipótesis pesimistas, según las cuales las creencias políticas sobreviven a la realidad, es posible seguir viviendo dentro de esta cultura revolucionaria. Pero aun cuando las tendencias políticas sobreviven a la realidad, no lo hacen interminablemente y, por lo tanto, es de esperarse que se produzcan cambios profundos en la cultura política de los países de América Latina, aunque diferentes de los que se producen en la intelligentsia europea, dado que en América Latina hay un elemento fundamental: la colonización, que no existe, por ejemplo, en el caso de Francia, y que cambia todo. El hecho de que en la historia política de México haya una población preexistente, una matriz española, el recuerdo de la revolución y el recuerdo de 1917 hace que el porvenir sea imprevisible. Pero creo que hay dos elementos que pueden volvernos optimistas. El primero: México ha entrado en la modernidad económica y social, y esto da lugar a pensar en algo que sigue siendo verdadero en el marxismo –aunque no es enteramente marxista, ya que es una idea frecuente en la ilustración escocesa y manchesterista–: la democracia supone un cierto nivel de desarrollo económico y social, que México está en camino de alcanzar y, por lo tanto, se puede pensar que el peso del pasado en la historia nacional va a atenuarse. Y la segunda razón es que vivimos un periodo de deflación de los milenarismos políticos, de los cuales el comunismo fue el principal en el siglo XX. El gran problema consiste ahora en saber si no vamos nuevamente a inventar otros.

– François Furet, “1789: la invención del Antiguo Régimen y la Revolución” (entrevista de Julián Meza), Vuelta, no 160, marzo de 1990, p. 18.

 

La experiencia de la libertad

En la esfera de la cultura todos nosotros afirmamos la libertad de pensar, escribir y publicar obras literarias. Una libertad que se extiende a las otras artes. La literatura moderna nació, en el siglo XVIII, frente a las pretensiones del Estado absolutista y de las distintas iglesias; en el siglo XIX, no sin eclipses, la literatura libre creció e hizo la descripción y la crítica de los poderes establecidos y de las mentiras e ilusiones de la sociedad civilizada. El siglo XX ha sido un siglo de grandes creaciones literarias y de un osado pensamiento filosófico y científico, pero también ha sido el de las grandes persecuciones intelectuales y artísticas, sobre todo por los dos grandes, intolerantes y crueles totalitarismos. La Segunda Guerra acabó con el nazismo. La revolución pacífica de los pueblos de la Unión Soviética y de la Europa Central ha derribado la pirámide burocrática comunista.

– Octavio Paz, “El siglo XX: la experiencia de la libertad”, Vuelta, no 167, octubre de 1990, p. 9.

 

Las mentiras de la izquierda

La retórica del periodismo mexicano, entre sus diferentes niveles de double talk tiene uno particularísimo: el referido a las izquierdas (me anticipo a una muy manida objeción izquierdista, aclarando que para mí son izquierdas las que se proclaman tales). Quiero decir con esto ese ritualismo verbal por el que los periodistas, o los politólogos, cuando nos referimos a las izquierdas –peor aún si hablamos en singular de la izquierda–, bajamos la voz un tono y utilizamos un lenguaje untado de vaselina. La idea es que al hablar o escribir –particularmente al escribir– a, o sobre, las izquierdas se debe hacerlo con miramientos, casi con mimo, como lo haría uno al lado de un enfermo, de un niño o en todo caso un ser sumamente delicado. No se vale, absolutamente no se vale, usar con ellas el mismo tono, el mismo desparpajo, la misma rudeza, con que interpela, califica o cuestiona a otros. ¿Por qué este prejuicio? Resultaría inexplicable a menos de reconocer que las izquierdas en México han sido siempre deficientes, embusteras para sí y para los demás, farisaicas y mentalmente débiles (son de ver sus frutos en las universidades donde han tomado el poder), aparte de lo cual, como parte de su bagaje, introdujeron en nuestro medio los hábitos de una praxis codificada en su origen desde Moscú, donde cada palabra significaba su contrario y lo contrario de lo contrario. Y que, en conjunto, como lo demuestra su lamentable caso, están a tal punto plagadas de contradicciones, son tan idiotas, que en efecto necesitan tratamiento de enfermo grave. Hoy incluso –a tal punto llevamos arraigado el mal hábito– he debido largar este exordio para limpiarme las meninges y expresarme como en realidad quiero.

– Jorge Hernández Campos, “La lengua bífida del pacifismo”, Vuelta, no 172, marzo de 1991, p. 16.

 

El Presidente Havel

No he perdido mi sentido para ver la dimensión absurda de las cosas. Existe un humor involuntario en muchos de mis momentos públicos en estos días, y estoy bien consciente de ellos, pero no puedo admitirlos demasiado abiertamente. La situación en nuestro país es muy seria y no creo que causara una buena impresión si el presidente fuera alguien que estuviera burlándose siempre de sí mismo. De manera que me lo he guardado de alguna u otra forma, ¿o no es así?

– Vaclav Havel, “Ser presidente”, Vuelta, no 178, septiembre de 1991, p. 17.

 

15 años de Vuelta

El recuento anterior revela que los propósitos de Plural y de Vuelta se han cumplido en buena parte. En estos veinte años el mundo ha cambiado y México ha cambiado. ¿Estamos satisfechos? Sí y no. Todo en este bajo mundo es relativo; pedir más será pedir gollerías, como decían nuestros abuelos. Pero es claro que falta mucho, muchísimo por parecer. Si Vuelta quiere vivir y no meramente sobrevivir, tendrá que hacer frente a los cambios que vivimos y tendrá que cambiar ella misma. Tendrá que ser otra. Tanto la incompleta evolución política de México como los cambios en el mundo nos hacen preguntas que debemos contestar. La desaparición de los regímenes comunistas nos obliga a ver con ojos más severos y con ánimo más riguroso la realidad de las democracias liberales de Occidente. Las desigualdades siguen siendo escandalosas, lo mismo en el interior de las sociedades desarrolladas (la desolación de Harlem en la próspera Nueva York) que en Asia, África y América Latina: la mayoría del género humano sufre todavía penalidades inhumanas. No menos aterradores son la resurrección de los nacionalismos agresivos, las idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, la degradación general de la cultura y la chabacanería de las masas intoxicadas por la publicidad y el consumismo (pan y circo), el culto al éxito y al dinero, el individualismo feroz, y, en fin, el desierto que avanza y seca el alma de los hombres… mientras tanto, la literatura y las otras artes continúan; surgen nuevos talentos y nuevas obras que reclaman nuestra atención. Doble, inmensa tarea: perseverar y cambiar.

– Octavio Paz, “Repaso”, Vuelta, no 180, noviembre de 1991, p. 11.

 

El arte de la polémica

El apostolado y la propaganda repugnan a la literatura, pero son propios de la literatura polémica. Al desautorizar las réplicas periodísticas, Nervo veía con claridad que la polémica no es un fin en sí misma ni una consecuencia fortuita del discurso intelectual, sino un medio: encarna el espíritu de la guerra y obedece a la política. No se trata de un “intercambio de ideas”, no responde a la forma del coloquio. Polemiza el que defiende algo, el que tiene sus razones, el que abraza una fe. ¿Cuándo se ha visto que un escéptico enarbole una bandera? Alfonso Reyes, que no tenía espíritu polémico pero escribió polémicamente, se burlaba de la figura del paradojista, ese escéptico de salón –propio de sociedades muy civilizadas y acostumbradas al debate– que le niega a la polémica su voluntad de futuro. El que polemiza se siente en cambio comprometido por lo menos personalmente en las cuestiones que pelea, y en el extremo siente comprometida en ellas a la humanidad entera. La forma extrema de la polémica es la cruzada.

– Aurelio Asiain, “Polemizar”, Vuelta, no 182, enero de 1992, p. 22.

 

Chiapas, 1994

No es la primera vez que los mexicanos aprendemos a conocernos mediante una inmersión violenta. Antes del 1o de enero hablábamos del riesgo de la violencia, del “México bronco”, del “tigre” que el país lleva en las entrañas, pero no advertíamos con claridad el contenido de esas palabras. Nos faltaba la experiencia concreta, o al menos el amago real, inminente, de la violencia. A pesar del 68, durante más de medio siglo, los mexicanos hemos vivido en un santuario de paz. Hoy hemos entrado, por desgracia, a la normalidad del siglo XX.

– Enrique Krauze, “Procurando entender”, Vuelta, no 207, febrero de 1994, suplemento extraordinario.

 

Los sucesos en Chiapas han provocado en México, como es natural y legítimo, inmensa expectación y angustia. También han despertado muchas pasiones dormidas. La inusitada efervescencia que ha agitado a un vasto sector de la clase intelectual mexicana es única y merece un pequeño comentario.

Me refiero no a los intelectuales que trabajan silenciosamente en sus gabinetes o en sus cátedras, sino a los que llevan la voz cantante –estrellas y coro– en la prensa. Desde comienzos de enero los diarios aparecen atiborrados de una virtuosa indignación a un tiempo retórica y sentimental; estas ruidosas manifestaciones carecen de variedad, y son testigos de una recaída en ideas y actitudes que creíamos enterradas bajo los escombros –cemento, hierro y sangre– del muro de Berlín. Las recaídas son peligrosas: en lo físico indican que el cuerpo no ha sanado enteramente, en lo moral revelan una fatal reincidencia en errores y vicios que parecían abandonados. La historia no ha curado a nuestros intelectuales. Los años de penitencia que han vivido desde el fin del socialismo totalitario, lejos de disipar sus delirios y suavizar sus rencores, los han exacerbado. Docenas de almas pías, después de lamentar de dientes afuera la violencia en Chiapas, la justifican como una revuelta a un tiempo inevitable, justiciera y aún redentora.

– Octavio Paz, “Chiapas, ¿nudo ciego o tabla de salvación?, Vuelta, no 207, febrero de 1994, suplemento extraordinario.

 

Guerrilla y terrorismo

Me parece que entre tantas voces y tanta letra escrita no encuentro, salvo honorables excepciones, la convicción profunda del daño que una guerrilla y su secuela natural, el terrorismo, le causa a un país. Se trata, sin posible exageración, de un cáncer que carcome no sólo la vida política de una nación, sino también su trama social y sus repertorios de conducta. Envenena las más íntimas agrupaciones de una comunidad. Las condiciones, reales o virtuales, de vida democrática se vuelven dificilísimas y se incita al Estado a transformarse en un implacable aparato policiaco. Se llega así a la más infame de las guerras, la civil, la sucia, la bomba en el mercado y los sótanos de tortura.

– Alejandro Rossi, “Cinco observaciones”, Vuelta, no 207, febrero de 1994, suplemento extraordinario.

 

La muerte de Octavio Paz

Tuvimos la suerte de convivir con un espíritu excepcional. La seguimos teniendo, porque su obra y su ejemplo están con nosotros. Que haya puesto una marca demasiado alta no debe desanimarnos, sino acompañarnos, dándonos confianza en que los milagros son posibles.

– Gabriel Zaid, “Un espíritu excepcional”, Vuelta, no 258, mayo de 1998, p. 10.

 

Duelo

Con la muerte de Octavio Paz, la noche del domingo 19 de abril, calla la voz de uno de los más grandes poetas de nuestra época en todas las lenguas, al tiempo que se oscurece nuestra conciencia de los asuntos del mundo: de la historia de las religiones a la de las filosofías, de la economía a la lingüística, de la biología a Dante, a Shakespeare y, en pocas palabras, a la literatura universal en su casi cabalidad, gracias a las vicisitudes de la vida, Paz miraba Occidente desde el Oriente, Oriente desde las Américas, los Estados Unidos desde América Latina. Claude Roy señalaba que el gran poeta también era uno de los más perspicaces analistas de la marcha del mundo: “Es como si Nerval y Hölderlin escribieran libros dignos de Tocqueville o Marx.” ~

– Héctor Bianciotti, “Octavio Paz ha muerto, el mundo es más pobre”, Vuelta, no 259, p. 26. ~