artículo no publicado

La desacralización de nuestro mundo

Mario Vargas Llosa

La civilización del espectáculo

Madrid, Alfaguara, 2012, 232 pp.

 

En el Perú no nos sorprende la identidad entre lo que Vargas Llosa dice y lo que piensa, ni tampoco el coraje con que expresa su pensamiento, aun si –como a menudo ocurre– está en contra de la corriente. Su nuevo ensayo, La civilización del espectáculo, es un análisis descarnado de la realidad del siglo XXI. Partiendo de lo que sucede en las artes, Vargas Llosa continúa examinando la situación de la cultura en general y finalmente termina abarcando todos los aspectos del acontecer del mundo contemporáneo. Es un tema que le preocupa desde hace años, como nos lo prueban los textos de su columna sindicada que se publica en el diario El País (que entre nosotros aparece simultáneamente en La República) y que utiliza en su ensayo para ilustrar algunos temas con más detalle.

Es indudable que el “arte“ que hoy nos quieren imponer es un juego en que lo único que sus autores quieren es distraernos con un trabajo vacío e insignificante que realmente no nos demanda más que una mirada distraída y pasajera. Lo más que puede esperar su productor es una sonrisa o una expresión de simulada complicidad. Ya el tiempo en que obras como esas nos ofendían, nos sonrojaban o nos intrigaban pasó hace muchos años.

El urinario puesto de costado o la Gioconda con bigotes (y un subtítulo obsceno) de Marcel Duchamp sucedieron en 1917; pronto hará un siglo. Ya en el año 1975, Tom Wolfe se extrañaba de que los nuevos cuadros o instalaciones o fotografías retocadas necesitaran explicaciones escritas, que hacen, cuando son expuestas, indispensables a los curadores. Las obras de arte han cesado de comunicarnos directamente algo y necesitamos informaciones o leyendas, al costado, que nos informen de lo que el artista nos quiere decir.

Para André Malraux, una de las funciones del arte es dar a los hombres conciencia de la grandeza que ellos tienen pero que ignoran, y decía también que “el arte no es una religión, pero es una fe y si no es lo sagrado es la negación de lo profano”. Estamos lejos de los divertimentos y juguetes que nos proponen la gran mayoría de los autotitulados artistas contemporáneos.

Dice Vargas Llosa:

La literatura “light”, como el cine “light” o el arte “light”, da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia con un mínimo esfuerzo intelectual. De este modo esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

Esas producciones anémicas y desteñidas están lejos de los propósitos que siempre tuvieron los creadores al intentar producir una obra de arte. Esta implicaba siempre un compromiso total. “Saber de qué mensaje único soy portador y de cuya suerte debo responder con mi cabeza”, como alguna vez dijo André Breton. Octavio Paz definió en su momento la poesía:

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de salvar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo, crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje, regreso a la tierra natal...

Conforme avanzamos en el ensayo de Vargas Llosa nos damos cuenta de que los descubrimientos sobre el deterioro de la gravedad con que se enfrentaba la creación artística no eran sino la punta de un iceberg que abarcaba una situación mucho más compleja. En realidad la calidad de la producción en materia de arte, su pérdida de peso, su futilidad, no eran sino el reflejo de lo que pasaba en el sujeto original y las circunstancias en las que él vivía y por ello lo que producía no podía ser diferente. Lo que pensaban sus seguidores que sería un gran salto hacia delante realmente produjo un gran salto hacia atrás.

La música fue perdiendo cada vez más elementos y fue reduciéndose progresivamente hasta consistir solamente en ritmo; volvemos rápidamente al tam-tam primitivo y sustituimos la melodía por un recitativo, en que el volumen en que se produce, apoyado por la percusión, llega a casi reproducir las danzas más primitivas en que no faltan tampoco, como en sus predecesoras, los estimulantes psicodélicos para poder alcanzar toda su violencia.

En pintura volvemos al grafiti y a pretender que no sabemos no dibujar, sino tampoco escribir. En el siglo XIX se decía que el romántico es todo pasión y todo conciencia. La pasión y la conciencia quedaron atrás; ahora de lo que se trata es de olvidar, no sentir, no pensar, alcanzar un estado vecino al que, imagino, produce el consumo de drogas. El problema es que en arte, para lograr expresar cualquier tipo de emoción o sentimiento o idea, por violenta o mental que sea, el artista no solamente debe estar en el torbellino, sino como el mago que lo provoca; debe poder al mismo tiempo controlarlo: todo pasión y todo conciencia.

Por último, han logrado desacralizar el amor. Han conseguido retroceder hasta conseguir que el amor sea solamente sexo. El erotismo se ha perdido en el camino. Creo que la experiencia amorosa es la única experiencia mística que está al alcance del hombre contemporáneo. Experiencia mística en el sentido de fusión del yo en y con otra cosa. Vemos ahora la experiencia amorosa convertida en un encuentro ocasional, intrascendente, olvidable y que queda reducido a cumplir sin darse cuenta con una función puramente animal. Han conseguido que no solamente el baile, también el amor, se convierta en una calistenia deleznable.

La civilización del espectáculome parece un libro capital. Expresa la alarma que muchos experimentamos por el camino que esta tomando nuestro mundo y es un lúcido, sustentado y brillante llamado de atención. Nuevamente Vargas Llosa señala sin vacilar y con argumentos difíciles de rebatir el peligroso estado en que se encuentra nuestra cultura. Solamente el ser conscientes de que hemos atravesado a lo largo de la historia períodos igualmente oscuros nos impide ser totalmente pesimistas. La cultura nunca podrá ser divertimento, objeto sin aristas para entretener sin inquietar. “La ciencia está hecha para tranquilizar; el arte para turbar”, según Braque. La “literatura es como el fuego”, decía ya en los ahora remotos años sesenta, con apasionada lucidez, Mario Vargas Llosa. ~