artículo no publicado

George Saunders, el ventrílocuo de las letras norteamericanas

George Saunders

Diez de diciembre

Traducción de Ben Clark

Barcelona, Alfabia, 2013, 274 pp.

George Saunders, el autor de Diez de diciembre, que constituye su cuarto libro de relatos y reúne diez piezas aparecidas entre 1995 y 2012 en diversas publicaciones como The New Yorker o Harper’s, afirmó en un ensayo acerca de la destreza técnica de Donald Barthelme que el cuento brota en un territorio tan difícil de labrar como el del chiste: en el minuto final, momento en el que se encuentran concentradas todas las expectativas, el autor se juega todas las fichas a una casilla. “El gran interrogante es cuándo se tiene el final apropiado. […] Lo que queremos que haga nuestro final es que consiga más de lo que habríamos soñado que hiciera.” En contrapartida, las frases, sometidas a una gran concentración, se convierten en entidades que habitan el mundo en lugar de tentativas de catalogarlo, concluye George Saunders, en alusión a su lectura de obras de Gertrude Stein, Henry Green, Hemingway o el autor de Caballería roja. La posteridad quiere que seamos breves y precisos, recordaba Fernando Pessoa.

En ese sentido, el segundo relato, “Palos”, es capaz de sintetizar en dos páginas la relación de un padre con sus hijos, limitada por los escasos recursos y la tacañería, que a la postre se traducen en incomunicación y perplejidad. Saunders también sale airoso en los textos de más largo aliento. Dedicó doce años a “Los diarios de las Chicas Sémplica”, entre los más sobresalientes y el más extenso del conjunto. En un mundo que reconocemos como actual mujeres jóvenes procedentes de los países más pobres (Somalia, Laos, Moldavia, Filipinas, etc.) hacen las veces de adornos vivientes de jardín, formando composiciones abigarradas que funcionan como símbolos de estatus. El narrador del cuento –escrito en forma de entradas de diario–, un padre de familia, recoge sus empecinados esfuerzos para dar a sus hijos un tipo de vida que no puede permitirse. Es una reflexión sobre la explotación, el bienestar, el miedo paterno a no satisfacer los deseos de los hijos...

El gusto por la mesura de Saunders –en cuanto a longitud, no tanto en crudeza, violencia y/o escatología, si se tercia–, que se refleja en su predilección por el cuento, contrasta con la deriva de sus personajes, náufragos en los archipiélagos suburbanos que, viendo incumplido el sueño americano del self-made man y las aspiraciones que en ellos proyectaron sus progenitores, acaban carcomidos por la angustia de una existencia marcada por las limitaciones, la presión del estatus o la erosión que causan en los individuos los discursos dominantes de las corporaciones y de la industria del entretenimiento. La consecuencia, a pesar del bombardeo incesante de contenidos que conforman la cacofonía posmoderna, es el fracaso de la imaginación, condición necesaria para la empatía, cualidad que nos obliga a replantearnos cualquier acción violenta o injusta. ¿Por qué existe tanta distancia entre nuestros ideales, en que siempre está presente el deseo de hacer el bien, y la visceralidad que impera en el mundo real?, parece preguntarse el autor en sus relatos. Recordando al filólogo Victor Klemperer, Saunders señala que el ciudadano medio, a quien ha escogido para protagonizar sus ficciones con puntería (o mala leche) en medio de un momento crítico, no se percata de cuándo las cosas se tuercen. Lo ha ensordecido el contenido idiotizante que emiten los magnetófonos que (re)difunden las nuevas tecnologías (al respecto léase su ensayo The Brainded Megaphone). Por eso, cuando un personaje saundersiano acaricia en Diez de diciembre el tipo de epifanía tolstoiana de El amo y el criado, donde el sentido de la existencia se halla en la solidaridad y en la compasión, la maquinaria poscapitalista se encarga de aniquilar el optimismo.

En este sentido es tentador relacionar su libro de relatos anterior, In Persuasion Nation (2007) con La broma infinita de Foster Wallace. Ambos títulos ofrecen un Estados Unidos alternativo subyugado al consumismo y el espectáculo. Al considerar la afirmación de Chéjov de que el arte es formular correctamente las preguntas, el autor ruso nos hace ver que lo único que ha cambiado no es el fondo de esos interrogantes, que siguen siendo los mismos –el sentido de la muerte, el amor, la dificultad de ser padres–, sino la manera en que se plantean. La imagen que construimos del mundo depende de lo que de él decimos y cómo lo hacemos. Para ello, Saunders se reconfigura en cada cuento. Huye de la objetividad de la tercera persona y hace que la narración parta de los propios personajes, de su forma de mediar verbalmente con lo que les rodea. Él lo llama “la tercera persona ventrílocua” porque el narrador se introduce en las entrañas del personaje y adopta sus patrones de pensamiento. Saunders despliega los registros del lenguaje contemporáneo –los libros de autoayuda, la cultura pulp y digital, la ciencia ficción y la distopía, los documentos administrativos– para intentar recoger algo parecido a una verdad moral, de forma que el cuento no se reduce a un simple juego cerebral, un ejercicio de estilo. Gracias a ello, el conjunto de relatos, pese a su aparente diversidad y a no estar concebidos como un todo, sí comparten un tono que los emparenta: el uso del humor (en todos los matices del negro) para abordar los grandes temas, como Kafka o Gógol. “Los rusos [Tolstói, Chéjov, Bábel y Gógol] incluyeron los grandes interrogantes en sus ficciones de tal modo que parece que esa es la razón última por la que escriben”, declaró en una entrevista Saunders, que antes de dedicarse a la escritura y la docencia en Siracusa se marchó a hacer prospecciones sísmicas a Sumatra con un libro de Kurt Vonnegut bajo el brazo. Del autor de Matadero Cinco descubrió que, si para hacer que un lector saliera transformado al acabar de leer un relato era necesario incorporar la sátira, el absurdo o cualquier otro elemento fantástico no debía pensárselo dos veces. La sensación de irrealidad es la manera más convincente de señalar la injusticia y los desajustes del neocapitalismo. Porque si leemos su crónica de viaje de Dubái para la revista GQ (“The New Mecca”), el desenlace de “Los diarios de las Chicas Sémplica” nos dará la impresión de todo menos fantasioso. Las situaciones pueden ser trágicas, pero la historia debe ser luminosa. Por eso, la muerte también está muy presente a lo largo del libro, pues su proximidad es una manera de romper con los automatismos, recuperar la intensidad y dejar atrás las frustraciones. “¿Qué es la muerte? Por un momento no tienes límites”, se responde el narrador-conejillo de indias de “Escapar de la Cabeza de Araña” cuando decide adoptar una postura radical contra la industria farmacéutica que está experimentando el control emocional sobre él y otros presos. En resumen, como la inocente quinceañera que practica a solas pasos de danza en su casa suburbial momentos antes de que la secuestre un posible violador, podemos preguntarnos: ¿la vida es divertida o espantosa? Depende. Pero, por lo menos, parece decirnos Saunders, no nos lo pongamos más difícil. ~