artículo no publicado

Frívolos y efectivos

Juan Marsé

Noches de Bocaccio

Barcelona, Alfabia, 2011, 88 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Villamandos

El discreto encanto de la subversión

Pamplona, Laetoli, 2011, 312 pp.

 

“Este es un país en el que leer a Unamuno era pecado hace diez años y ahora se convierte en best seller El marxismo soviético de Marcuse”, escribía Manuel Vázquez Montalbán a principios de los años setenta. ¿Qué había pasado en tan poco tiempo para que eso fuera así? Muchas cosas, sin duda: entre ellas que la economía se modernizaba rápidamente, que la censura había abierto un poco la mano y que parte de la oposición antifranquista iba convergiendo con la izquierda heterodoxa europea en la búsqueda de nuevos referentes intelectuales. Naturalmente, Franco seguía ahí, y ahí seguían también sus oponentes del PC que en 1962 había expulsado a Semprún. Pero algunos jóvenes –especialmente si tenían contacto con el exterior y dinero, o por lo menos relación con quienes tenían esas dos cosas– andaban inventando nuevas formas de vivir en contra, o en cualquier caso al margen, de la cultura y la política oficiales. Eran editores, arquitectos, músicos, cineastas, novelistas, diseñadores o poetas. Eran de izquierdas, pero casi por encima de eso querían ser modernos. Estaban en todas partes, pero sobre todo en Barcelona. No todos eran de la izquierda divina, pero pocos dejaron tanta huella como la gauche divine.

La cultura española del tardofranquismo, y en consecuencia la cultura española actual, no pueden entenderse sin ese puñado de profesionales barceloneses que, entre mediados de los sesenta y principios de los setenta, cambiaron casi por completo la manera de hacer cultura bajo el nacionalcatolicismo. Eran frívolos, pero ponían en marcha empresas y carreras y las hacían rentables. Algunos tenían un conocimiento más literario que real de los obreros y los parias a los que decían defender, pero contribuyeron a hacer una izquierda viable en democracia. Eran en algunos casos burgueses y en otros aspirantes a aristócratas, pero sentaron las bases para una cultura sofisticada atractiva para las clases medias. Y en cualquier caso, aunque leyeran (y publicaran) manuales como el de Marcuse y otras cosas igualmente ininteligibles, intuían hacia dónde iban España y el mundo. Estaba bien ser del Partido y conspirar contra el régimen a la manera tradicional, pero lo más útil era sin duda hacer también otras cosas: libros, películas, editoriales, tebeos o fiestas. La política tenía que cambiar, pero el paso previo era cambiar las mentalidades, las ideas, abrirse a Europa e imitarla, demostrar que vivir bien es la mejor venganza. Como había dicho Gil de Biedma, los miembros de la gauche divine fueron “gentes que han sido militantes de izquierda durante su primera juventud y cuyas esperanzas de entonces se han frustrado”. Sin embargo, mientras se desarrollaba esa frustración, dice Villamandos en El discreto encanto de la subversión, “sus carreras profesionales habían florecido excepcionalmente. El programa político originario se había transformado en una ‘actitud cultural’ desenfadada que los hacía ‘partidarios de la felicidad’”.

Y ciertamente lo eran: de la felicidad y de la diversión, como cuenta Juan Marsé en Noches de Bocaccio, un encantadora parodia sobre la vida intelectual y nocturna del grupo escrita en la época y ahora reeditada. Bebían, se colocaban, saltaban de cama en cama, bailaban, discutían de libros como si estos fueran el centro del mundo y luego los escribían. Y sin embargo, eran cualquier cosa menos dilettantes. Por el contrario, eran empresarios serios, artistas conocedores de las leyes del mercado y del reconocimiento, gente ambiciosa que sabía que solo mediante la profesionalización y el trabajo podía prosperar y cambiar la sacristía cultural española. Como cuenta Marsé con increíble gracia, pasaban las noches de sarao en sarao buscando novedades y muchos días en la Costa Brava, en la casita o el barco de los papás, para recuperarse de tanto trajín, pero entre una cosa y otra, fundaron editoriales como Lumen, Barral o Anagrama; construyeron obras como las de Gil de Biedma, Ferrater o Gimferrer; levantaron locales de ocio como los de Oriol Regàs, edificios y diseños como los de Óscar Tusquets o agencias como la de Carmen Balcells.

El discreto encanto de la subversiónes un intento más sistemático, más académico, de explicar qué fue la gauche divine, y por ello resulta inevitablemente menos entretenido que el libro de Marsé o los recuentos sobre la época de Barral, Gil de Biedma, Regàs, Azúa o los hermanos Moix. Pero es valioso para esclarecer el significado de una generación cuya vida hemos conocido hasta ahora, precisamente, por medio de sus recuerdos y sus novelas, y no por obras de autores ajenos al grupo. En ese sentido, el libro de Villamandos es explicativo y útil –aunque yo habría agradecido algo menos de retórica universitaria–, y recoge la historia y los rasgos principales de la izquierda divina: la discoteca Bocaccio como centro de operaciones, los tempranos choques con la resistencia antifranquista tradicional y el nacionalismo catalán, el papel de Vázquez Montalbán como aliado muy crítico, el encierro en Montserrat contra los Procesos de Burgos, la antología de los Novísimos, la fascinación por el camp y formas artísticas como el cómic, sus relaciones con obreros y charnegos y el principio de desintegración bajo la longevidad del Generalísimo y el repliegue en los asuntos privados. Muchas de las cosas que cuenta Villamandos son conocidas y han sido explotadas, tanto desde la izquierda como desde la derecha, por quienes vieron al grupo como un simple puñado de pijos que pretendían escandalizar política y sexualmente a su propia clase sin comprometerse a fondo: ciertamente, parece que Antoni Tàpies llegó al lugar del encierro en solidaridad por los condenados en Burgos en un Mercedes y que Oriol Regàs preparó para los encerrados un kit de supervivencia conformado, entre otras cosas, por fresones y Vega-Sicilia; sin duda, el dandismo de Gil de Biedma o Barral tampoco ayudaba a verlos como amigos naturales del proletariado; como no podían hacerlo en muchos casos sus obras literarias cultas y basadas en la gran tradición, o sus múltiples relatos de la experiencia de la infancia en familias, como contaría más tarde Esther Tusquets, no solo burguesas sino franquistas. Todo esto puede ser cierto, pero no creo que tenga la menor importancia. Su obra cultural, el impacto de su cosmopolitismo en la mentalidad de la izquierda, su vinculación entre el saber y el disfrute establecieron puentes hacia Europa  y la modernidad únicos en la época, y  resultaba casi inevitable que ese puñado de innovadores fueran, de nuevo en palabras de Vázquez Montalbán, “liberalmente sentimentales” y no comunistas convencidos.

Naturalmente, la gauche divine no fue el único movimiento modernizador de España en la última década del franquismo. En Madrid, revistas como Cuadernos para el diálogo o Triunfo, desde perspectivas distintas, intentaban también poner al día la cultura del país, como lo hacía la editorial Taurus y los escritores reunidos en torno a Juan Benet o, ya en democracia, El País. Por aquel entonces, los libertarios catalanes de Ajoblanco y la Movida madrileña, ya sin apenas rastros de la ortodoxia izquierdista, trataban de dar a la cultura popular española una modernidad equivalente a la que sus antecesores habían dado a la cultura, digamos, culta. Sin embargo, por todo lo dicho, el papel de la gauche divine fue singular. Sus miembros descubrieron por sí mismos que la modernidad cultural pasaba necesariamente por fundar empresas culturales, comprendieron que  la cultura, una vez terminado el franquismo, iba a despojarse de su  solemnidad eclesial y a ser un elemento más del capitalismo, y que por lo tanto debía ser atractiva además de seria. Y sin duda tuvieron algunos de los cerebros más privilegiados y abiertos no ya de su generación, sino de todo el siglo XX español. Estos dos libros ayudan a entenderlo. No acaban con los tópicos, sino que probablemente los refuerzan. Pero es que esos tópicos casi nunca tuvieron nada de malo. ~