artículo no publicado

Feminismo de la experiencia

Caitlin Moran

Cómo ser mujer

Traducción de Marta Salís

Barcelona, Anagrama, 2013, 360 pp.

Cómo ser mujer es, primero que nada, un libro sumamente divertido. Reí a carcajadas mientras lo leía. No hay un solo argumento en sus páginas que no culmine con algún comentario irónico o sarcástico que provoque al menos una sonrisa. Esto es fundamental porque, para Caitlin Moran –columnista de The Times–, el humor no solo es un vehículo para transmitir un mensaje sino que es un fin: hay que reír. Vaya, es una postura política: hay que reírse de la vida y sus miserias. Del patriarcado y su sexismo. De la incomodidad –esa que nos toma presos en la pubertad y parece rehusarse a soltarnos–. De cómo no sabemos ser mujeres –ni hombres–. De cómo apenas si nos adiestramos a ser personas.

Eso es, precisamente, lo que pretende hacer distinto a su libro: el humor y la frescura con la que trata su tema principal: lo que implica convertirse en, ser tratada como, ser mujer –o fracasar en ello– hoy en día, al menos en Reino Unido –que es donde transcurre la historia: su historia–. Moran desea sacar al feminismo de la academia –“El feminismo es demasiado importante para dejarlo solo en manos de eruditos”, dice– y empujarlo a abordar no solo “la desigualdad salarial, la ablación femenina en el Tercer Mundo y la violencia de género”, sino otros temas –como la depilación del vello púbico, los tacones y la obsesión mediática con el peso y el look de las mujeres famosas– que a pesar de parecer “pequeños, estúpidos y cotidianos son, en muchos sentidos, igual de nocivos para la tranquilidad [...] de las mujeres”.

Cada capítulo del libro está dedicado a un “evento” de la vida de Moran que ella identifica con el “ser mujer”. El primero, por ejemplo, se centra en su primera menstruación. Los últimos, en su maternidad (incluyendo uno sobre un aborto que tuvo). Entre ambos extremos está el que lidia con el vello corporal, el aumento –repentino– de sus senos, la obsesión con el peso, el amor, su boda, el trabajo y la moda.

Dos fueron mis favoritos: el primero, en el que después de narrar lo que fue el cambio hormonal que le trajo “la regla”, se dedica a contar qué significó descubrir su sexualidad y la posibilidad de complacerse sola. Y el segundo: el que dedica a su primer parto. La razón por la cual me gustaron tanto es porque me confrontaron, más que los otros, a la pregunta por la universalidad de la experiencia a través del arte –en general– o la literatura –en particular–. Una de las críticas que diversas feministas han lanzado al “establecimiento” artístico es que segrega a la literatura escrita por mujeres por considerar que solo es atractiva para las mismas mujeres y, por lo tanto, carece de un valor universal.

Leer a Moran describir su compulsión masturbatoria me hizo pensar en las diversas historias que he leído o visto sobre el rito de pasaje de niños a hombres que significa el despertar sexual. Pensé en Malèna, de Giuseppe Tornatore. La primera escena muestra a Renato –el personaje principal– descubriendo a Malèna –Mónica Bellucci– y, con ella, lo que su cuerpo, ahora en su pubertad, era capaz de sentir. Pensé en Demian, de Hermann Hesse, y lo que significa para Emil Sinclair conocer a la madre de Demian. De la misma forma en la que no tuve que ser un niño puberto para entender lo que Emil o Renato sentían –porque en eso, precisamente, reside la creatividad y talento de sus autores: en ser capaces de generar empatía con personajes y mundos que uno no necesariamente vive–, uno no tuvo que haber pasado por lo que Moran pasó para entenderla.

Por eso me gusta el capítulo en el que relata su primer parto: me recordó cómo si bien se supone que “soy mujer”, no he vivido todo lo que ella ha vivido. Tendremos cuerpos similares, supuestamente capaces de cumplir con las mismas funciones. Pero la igualdad acaba ahí. No sé lo que es gestar y dar a luz. Lo que es sentir el dolor que ella sintió, donde lo sintió. Que mi cuerpo sea algo tan propio y ajeno a la vez. Esa apertura, esa tensión, ese peligro, ese miedo: lo desconozco.

Y, claro: es que la brecha no es solo entre hombres y mujeres, sino entre las mismas mujeres. Entre cada persona, en realidad. Pero en todos los casos se cierra de la misma forma: contándonos lo que vivimos. En eso reside el valor del libro de Moran. Logra –entre el humor y su forma de narrar la acción– acercarnos a una experiencia. Hacernos ver un mundo, su mundo, para ver en qué medida es –o puede ser– el nuestro. ~