artículo no publicado

Fámulo, de Francisco Ferrer Lerín

 

Después de la lectura de Fámulo permanecen en la memoria inmediata del lector (de su paladar mental, digamos) dos sabores preponderantes: el de las palabras como arcilla o masa, como materia manipulable que, antes de designar, simplemente suena; y el sabor de una vida contada, una autobiografía desgranada –a veces con dolor, a veces con placer– en sintagmas violentados, en versos reconcentrados y a veces torturados para decir más y mejor. Vamos por partes.

En cada uno de los libros de Francisco Ferrer Lerín es patente su pasión nominal y su acumulación brillante de vocablos: es un coleccionista de palabras. Taxón de nombres. Sabemos que le gustan las listas y es grato descubrir que, cuando el tema de observación se le agota o no hay tal, se pone a enlistar palabras (¿qué tan temerario será abordar toda su obra como una serie de listas?). Significantes puros, además: perro es una explosión fricativa además de un animal que ladra. El poeta ensarta sonidos, es primero que nada un compositor. Arrodillaos ante la jitanjáfora, servid al amo de la glosolalia. Sí, las palabras suenan, no hay que olvidarlo. Y se contagian, suelen ser promiscuas, putas. Adiposo verbal, Ferrer Lerín.

El otro sabor es el del autorretrato. En no pocos poemas contemporáneos, la experiencia del yo se cuela por todos lados aunque se intente evitar. En Fámulo, Ferrer Lerín no evitó exponerse sino al contrario, organizó su propia evidencia, dispuso una genealogía de familiares y lecturas, de geografías y películas, de recuerdos y aficiones. Estos poemas lo muestran con la lengua al oído, paladeando su propia evocación como un licor fuerte. Para conseguir esto (probablemente él no lo deliberó así, pero su espontaneidad es también observable, como un insecto en un alfiler) partió muchos de sus renglones radicalmente e inauguró su propia armonía, fracturada, enfocada en los detalles, serpenteante. ¿Cómo explicar, si no, que un nombre y un apellido se separen en versos diferentes? “Claude/ Rains” es más que un encabalgamiento abrupto: es una manera de contar y de cantar, de decepcionarnos, de obligarnos a poner los ojos en el despiece.

Tenemos, pues, que hay una conciencia casi atómica en esta escritura, y que al juntar los fragmentos descubrimos una vida. Las partes, además de sonar, dicen. Dicen qué. ¿Es ésta la historia de una servidumbre? Fámulo significa sirviente, y el poeta parece estar encadenado a sus recuerdos y, también, a su falta de recuerdos. Quiere recuperar aquellos tiempos y no lo consigue del todo. El presente no le gusta y el pasado se escapó. Ubi sunt? Los héroes y las reinas de ayer han sido destronados, queda un presente graso en el que todo se iguala, se ingresa (con humor autoinfligido, léase “Matusalén”) en la edad de la reconstrucción pero no es posible volver a levantar las cosas tal cual eran. El artista como criado de su propia casa de recuerdos. Es una lectura posible.

Biografías familiares, recuerdos de juventud, ornitologías, lecturas de Melville, Voltaire, Ted Hughes y autores españoles conocidos y desconocidos, paisajes que ya son postales en la memoria, listas, medallas, inscripciones, palabras que esclavizan, vacas, bueyes y perros… el tejido es rico y cada uno de sus nudos es una especie de mónada, un universo en sí mismo que anuncia y contiene el todo:

 

 

Balance

de un lugar, un no lugar,

centro comercial, estadio del infierno, cancha, cenobio

habitado por este pasajero, señor

del universo

  que pudo

y no fue, que

cuando quiso

no le dejaron. Balance gris,

amigos, saldo

de gallina en leche, croquetas

     y algo

     de cochifrito.


 

El humor, presente siempre, atenúa el patetismo. El acomodo sintáctico también, ese casi baile en las retinas. Y la aparición de “cenobio”, que nos suena a cenobita y nos lleva, en efecto, a monasterio. Y es que para leer a Ferrer Lerín hay que 1) dejarse ir y 2) escribir con él, acompañarlo en su espléndido juego que, como todo juego, debe vivirse con seriedad y con entrega. Como en todo juego, también, el inventor de las reglas es un dios que innova, hace y deshace a placer. Se agradece la libertad con la que el autor de Fámulo se mueve, sin mirar de reojo a los demás ni pedir un visto bueno. Y sobre todo: sin temor a equivocarse, privilegiando la soltura por sobre las reglas de buena conducta. Porque es cierto (incluso deseable) que no todo nos gusta, que hallamos comas impertinentes aquí y allá, referencias insondables (por ejemplo, un poema es deudor de un texto inédito de alguien más, explicación con la que no podemos hacer nada) que nos excluyen, rimas que no ayudan: detalles que no atentan contra un cosmos que oxigena, abre caminos y se deshace de taras y manías, de uniformes y perfeccionismos.

Qué bueno que Ferrer Lerín sigue escribiendo y publicando. Dejémoslo ya de ver como una rara avis (aunque el latinajo le sienta perfectamente) y confrontémoslo como al poeta contemporáneo que es, una voz que provoca y vivifica y que está ahí, aquí, al alcance de la mano. Ojalá su adiposidad sea contagiosa. ~