artículo no publicado

Epístolas tramposas

Amélie Nothomb

Una forma de vida

Traducción de Sergi Pàmies, Barcelona, Anagrama, 146 pp.

 

Antón Chéjov mantuvo una abundante correspondencia con sus amigos y con unos cuantos escritores de su tiempo, como es el caso de Gorki (jugoso epistolario que ha sido recientemente publicado por Editorial Funambulista). Más de cuatro mil cartas se le atribuyen y abarcan doce de los treinta tomos que componen la edición rusa de sus obras completas. De mismo modo, Amélie Nothomb algún día podría compendiar su obra epistolar en gruesos volúmenes que embelesarían a sus más encendidos fans. Pero los destinatarios de sus misivas no serán ni escritores ni amigos –ni siquiera amigos escritores–, sino lectores, simples lectores que alguna vez cayeron en la tentación de escribirle una carta a esa grafómana llamada Amélie Nothomb (que en la actualidad está escribiendo su septuagésimo cuarto manuscrito –aunque solo ha publicado poco más de una veintena–), renuente a la informática y para quien el e-mail no es más que un invento del diablo.

Cuando en 1992 publicó la pequeña obra maestra que fue su primer artefacto narrativo, Higiene del asesino, Nothomb se ocupó de hacer saber que contestaba todas las cartas que recibía. La correspondencia empezó, pues, a lloverle torrencialmente a la sede de Albin Michel, su editorial para el mundo francófono. No quiero ni imaginar esos montones de sobres manoseados por los carteros de medio mundo, que al parecer a raíz de la publicación de Una forma de vida –ahora explicaré por qué– se multiplicaron, cuando la intención de la novela era precisamente la contraria: que dejaran de llegar.

Todos esos sobres tienen una cosa en común: van dirigidos a Mlle. Nothomb (desde ahora Mme. Nothomb, el mademoiselle ha sido erradicado por sexista, y con toda la razón), 22 rue Huyghens, 75014 París, cerca del bulevar Raspail, en pleno Montparnasse; doy el dato por si alguien se anima a engordar aún más la saca en cuestión, aunque imagino a Nothomb torciendo el gesto y acordándose de cada uno de mis antepasados. “No sé por qué razón contesto las cartas que recibo. No estoy buscando nada ni a nadie. Aunque pueda llegar a apreciar que me hablen de mis libros, está lejos de ser el único tema que alimenta esas misivas”, admite. ¿Nos hallamos ante una variante algo patológica de la epistolografía, destinada a suplir horas de trato personal, a todas luces más invasivo? “Raros son los seres cuya compañía me resulta más agradable de lo que sería una carta –suponiendo, claro está, que poseyeran un mínimo de talento epistolar.”

Interés epistolar que sí le despiertan las cartas que según nos cuenta en Una forma de vida comienzan a llegarle el 18 de diciembre de 2008 y que remite desde un Bagdad en guerra el soldado norteamericano Melvin Mapple, quien lejos de solicitar una dedicatoria o algo similar pide “comprensión”. Al escepticismo inicial, respuesta cordial incluida, sigue un largo epistolario que es muestra evidente de una confianza casi ciega, que recuerda a aquella Mme. Nothomb que a la primera carta de un lector, en sus albores como novelista, respondió añadiendo su dirección y teléfono personales. Confianza que se revelará a lo largo del libro no solo excesiva, sino clave en el misterio que encierra el intercambio epistolar (toda pieza de Amélie Nothomb revela al cabo un secreto, pues sus libros están escritos con la progresión diacrónica propia de la intriga).

Es sabido que los personajes de Nothomb no suelen ser unos adonis: desde el gordo seboso protagonista de su primera novela hasta la flaca, flaquísima de Diccionario de nombres propios, el muestrario de físicos extremos haría las delicias de cualquier museo de la fealdad. Melvin Mapple viene a engrosar esa lista: “Cuando reúno el coraje suficiente para mirarme al espejo, me obligo a superar el horror que me inspira ese reflejo [...].” A riesgo de destripar la trama, no diré a qué modalidad extrema pertenece el tal Melvin, aunque sí revelaré que ese trastorno está íntimamente relacionado con otros títulos de la autora.

Dicho esto, a medida que avance la correspondencia, iremos conociendo a qué obedece su desorden e iremos viendo igualmente en qué medida Nothomb lo reconforta en su rareza, hasta que la solicitud de una fotografía precipita el desenlace. ¡Cuán lejos estamos de imaginar lo que es capaz de hacer esta madrina de guerra por su soldado! Pero no, no se imaginen a una nueva Marilyn Monroe confraternizando con las tropas. De hecho, las cartas enviadas por el soldado Melvin Mapple jamás existieron en la realidad, aunque posean la cualidad cautivadora de parecer reales, y tampoco es ahí donde reside el quid que solo al final se nos revela.

A riesgo de rebatir a buena parte de la crítica francesa, que ha querido ver en Una forma de vida uno de los grandes títulos de Nothomb, diré que no lo es ni por asomo, aunque resulte una lectura, como todas las suyas, altamente estimulante. O dichos sabiondillos han pecado por exceso en el ensalzamiento de los valores patrios (y una belga afincada en Francia es una francesa, sobre todo si se llama Amélie Nothomb) o se han tomado en serio esa chorrada de que la crítica literaria no es una ciencia exacta (no lo es, pero debiera aspirar a serlo).

Modestamente diré que quien esto firma le sigue los pasos a Nothomb desde sus inicios como un piel roja a un bisonte, por lo que puedo afirmar que lo que sí supone Una forma de vida es un significativo paso adelante en su trayectoria: mientras que antes la autora se nos había presentado en sus primeros años de existencia (Metafísica de los tubos), como niña y tierna jovencita (Biografía del hambre) o como recién entrada en el mundo laboral (Estupor y temblores), aquí la autora se retrata ya adulta, sumergida completamente en el oficio de la literatura. Hallarla ahora en plena madurez, yendo casi a diario a recoger el correo que le llega a su editorial parisina, es claramente un sustancioso paso adelante en esta “autobiografía ficticia” (la definición es suya) que constituye buena parte de su obra. ~


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