artículo no publicado

El cortador de cañas y La madre del capitán Shigemoto, de Junichiro Tanizaki

“Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado literatura, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar el interior de cualquier adorno superfluo”, escribe Junichiro Tanizaki al final de El elogio de la sombra (1933), un bellísimo ensayo que publicó Ediciones Siruela hace ya varios años. El mismo sello ahora ha editado las novelas El cortador de cañas (1932) y La madre del capitán Shigemoto (1949), a la vez que anuncia –mediante una alegre fajita– la traducción de la obra completa de Tanizaki. Esa es la buena noticia, pero también hay una noticia mala o no tan buena: al menos en lo que toca a estas primeras entregas, la editorial ha optado por traducir desde el inglés, lo que no constituye una novedad pero, a estas alturas, resulta impresentable. El único fundamento para la decisión es económico, pero los libros de Siruela son lo suficientemente caros como para que el lector además solidarice con los costos que supone una traducción de primera mano.

Tal vez suceda con Tanizaki lo que ha pasado, por ejemplo, con Kawabata, a quien también leemos en traducciones de traducciones, a menudo encargadas a escritores que se las arreglan como buenamente pueden para recrear el estilo o lo que ellos creen que era el estilo original. Estas traducciones son, a veces, ejercicios asombrosos, pues no debe ser fácil imitar una prosa que nunca hemos, en verdad, leído. El juego se llama, entonces, imitar al imitado: imaginamos las novelas de los japoneses del mismo modo que los japoneses admiraron, primero, la costumbre occidental de escribir novelas. Si bien hay quienes afirman que en la Historia de Genji está el origen de la novela moderna o que El libro de la almohada puede ser leído como una novela, esos juicios ameritan una argumentación que nos aburriría a todos (en especial a Sei Shonagon, la inquieta y deliciosa autora de El libro de la almohada) y no ocultan el entusiasmo de los narradores japoneses por la novela europea decimonónica, que para ellos fue una deseable lengua extranjera; una lengua que aprendieron a hablar de inmediato y a la que enseguida añadieron los matices propios.

Los escritores japoneses tal vez borraron lo que a la novela occidental, como género, le sobraba: quizá por eso, al reseñar sus libros, inevitablemente se habla de “precisión” o de “delicadeza” y hasta de “limpidez”, como dice Borges a propósito de Akutagawa. No sé si vale juntar a Akutagawa con Mishima, a Tanizaki con Kobo Abe, o a Kenzaburo Oe con su famoso enemigo Haruki Murakami, pues nuestra mirada peregrina apenas daría con semejanzas fáciles o diferencias evidentes. Los une, por supuesto, la marca de lo intraducible: los leemos –a los tradicionales y a los occidentalizantes– desde un irremediable y prolongado orientalismo, pero ya sin culpa, acaso incluso orgullosos de la japonería.

Hay, por supuesto, precisión, delicadeza y “limpidez” en estas dos novelas de Tanizaki. El narrador de La madre del capitán Shigemoto se basa en diversas fuentes de la tradición japonesa para reconstruir la historia de una mujer de nombre desconocido: sólo sabemos que nació hacia el año 884 y que fue nieta del poeta Ariwara Narihira, esposa del anciano Kunitsune y luego del ministro de la Izquierda, además de amante de Heiju.

El momento crucial se da cuando, después de una abundante sesión de sake, Kunitsune lleva demasiado lejos la tan japonesa cortesía: le regala al ministro nada menos que su mujer, su bien más preciado, un poco borracho pero también motivado por la triste evidencia de que ya no puede satisfacerla. La mujer se va a vivir con el ministro y abandona al pequeño Shigemoto, a quien durante el tiempo siguiente ve muy poco y de manera furtiva.

El relato va revelando de a poco, como una fotografía que demora en secarse, su centro: parece, al comienzo, una novela sobre la seducción y más tarde sobre el poder, la culpa, la impotencia o el abandono. Ninguno de estos temas serviría, sin embargo, para resumir cabalmente la novela. La cascada de refinados sentimientos va a dar a las impresionantes escenas finales en que Shigemoto se reencuentra con su madre. El cortador de cañas, en tanto, da cuenta de inquietudes similares: con paciencia y pulcritud, el narrador construye el marco para ceder la voz a un peregrino que, en el tono de quien se distrae recordando anécdotas de infancia, relata un retorcido triángulo amoroso. El narrador dignifica la historia hasta convencernos de que la perversidad y el egoísmo son, en el fondo, incomprendidas formas de nobleza. El contexto clásico sirve a Tanizaki para enfatizar esa necesidad de impureza, de sombras, que defendía. El narrador comenta textos lejanos y no necesita gritonear para acercarlos, por contraste, al presente.

En los libros de Tanizaki el cuerpo ajeno siempre es un misterio difícil que a veces llama a la condena y nunca a la salvación. Pienso en los amantes de La llave (1956), que realizan investigaciones extrañas y profundas, a veces brutales, al igual que la pareja protagonista que, en Hay quien prefiere las ortigas (1929), dilata hasta lo inverosímil la decisión de separarse. Ambas novelas –las más conocidas de Tanizaki, hasta ahora, en español; hay también una antología de cuentos reciente, publicada en Venezuela bajo el título Historia de la mujer convertida en mono– hablan sobre una cultura contaminada –infectada– por Occidente, que Tanizaki observa con franco desencanto. La madre del capitán Shigemoto y El cortador de cañas son, en cambio, por así decirlo, novelas más “japonesas”, en las que el autor insiste, con una fuerza lírica casi siempre deslumbrante, en recrear ese mundo perdido de remotas habitaciones a media luz.

“No es necesario haber leído a Tanizaki”, dice, en una carta, Yukio Mishima, “para saber que el Japón ha sido siempre, al pie del continente asiático, una llanura envuelta por la inmensidad de la noche”. Me gusta esa cita, pues revela hasta qué punto somos ajenos a los temas y a los problemas de una literatura que de todos modos sentimos, por momentos, inquietantemente próxima. ~