artículo no publicado

El bestiario de Ferrer Lerín, de Francisco Ferrer Lerín

Tras la reciente publicación de su primera novela Níquel y de su obra poética completa bajo el título de Ciudad propia, Ferrer Lerín saca ahora a la luz un espléndido tratado con el elocuente título de El bestiario de Ferrer Lerín. Se trata de un antiguo proyecto cuyo origen se remonta a una inconclusa tesis doctoral que el propio Lerín pretendió realizar sobre los ornitónimos del Diccionario de Autoridades. Dicha tesis, que resultó postergada entre otros motivos por el apuñalamiento de la persona designada para su dirección, se convirtió con el tiempo en una labor de búsqueda de manuales y diccionarios, empezando por el de Autoridades y siguiendo por las ediciones cuarta y undécima de la Academia, por el Covarrubias y así hasta completar la lista de 37 referencias bibliográficas que se citan al principio del libro. De forma natural, una vez se vio libre del estrecho corsé al que obliga el academicismo de una tesis doctoral, Ferrer Lerín decidió no circunscribirse al campo ornitológico y siguió recorriendo diccionarios con la intención de recabar información sobre todo tipo de criaturas terrenas y celestiales, arrojando como resultado esta magnífica enciclopedia ilustrada que despertó el interés de Carlos Barral a principios de los años setenta. De hecho, Lerín conserva el acta de un comité de lectura de Barral Editores, celebrado en diciembre de 1973, en el que se aprobaba la publicación de un germen del presente libro que no llegó a materializarse por razones desconocidas.

El bestiario de Ferrer Lerín es, de este modo, una suerte de diccionario heteróclito concebido a lo largo de más de tres décadas y cuyas voces, que se refieren de un modo u otro a animales reales e imaginarios, aparecen en orden alfabético y divididas en capítulos que el autor describe como categorías taxonómicas: (1) insectos, (2) anfibios y reptiles, (3) serpientes, (4) peces y conchas, (5) dragones y mixtos, (6) aves, (7) aves extintas, (8) mamíferos medianos y pequeños, (9) fieras, (10) perros, (11) cuadrúpedos, (12) solípedos y (13) monstruos; clasificación que en su gozosa arbitrariedad recuerda la celebérrima división que Borges hizo de los animales en El idioma analítico de John Wilkins. Para cada entrada se ha señalado el diccionario de procedencia y en numerosos casos se combinan las voces de más de una fuente. Cada capítulo, por otra parte, se encabeza con un breve preámbulo en el que pueden encontrarse espléndidas enseñanzas, como cuando se nos informa de las fabulosas atribuciones de un pez llamado rémora, capaz de detener con su minúsculo cuerpo los barcos y las naves.

Como se ha repetido en numerosas ocasiones, Ferrer Lerín, además de poeta, es un reconocido ornitólogo, cualidad que en su caso nada tiene que ver con la circunspección erudita. Todo lo contrario, Lerín posee un estupendo sentido del humor, así que no resulta extraño que su Bestiario, además de ser una inagotable fuente de entretenimiento, anime constantemente a la hilaridad. En las líneas dedicadas a la tarántula puede leerse lo siguiente: “Supónese que una sola picada de la tarántula basta para hacer bailar; un gallo y una avispa, picados por esta araña, bailaron, según se dice, al sonido de un violín y llevando el compás. Si creemos a ciertos naturalistas, no sólo hace bailar la tarántula, sino que ella misma baila muy bien”. Del abestruz (sic) se dice que no incuba los huevos sino que los “entierra en la arena y los empolla con la mirada”, de la chinche que es un “insecto asqueroso del tamaño de una lanteja” y del caymán que es “un pez lagarto que se cría en las rías de Indias, y se come los hombres que van nadando por el agua”.

Como puede esperarse de un texto de esta naturaleza, el Bestiario abunda igualmente en supersticiones e historias fantásticas y así se cuenta que las ranas “antiguamente, con su continuo ruido, despoblaron una ciudad de Francia” o también que “la rana de los pantanos hecha pedazos y colocada sobre los riñones hace orinar de tal suerte que cura los hidrópicos”. De este modo, el libro resulta un fiel reflejo de la riqueza y arbitrariedad de la opinión popular a lo largo del tiempo, todo lo cual se matiza en otras voces con el contrapunto de una llana sabiduría, como sucede en el siguiente ejemplo para mofa de oráculos y adivinos: “MIDAS [INF.] Cuando Midas […] era niño aún, las hormigas le llenaron la boca de granos de trigo. Sus padres quisieron saber el significado de este prodigio; consultaron a los adivinos y respondieron que este príncipe sería el más rico de los hombres, lo que no se escribió hasta después de sucedido.”

El libro, como toda la obra de Lerín, puede calificarse de distintas maneras. Se trata, en primer lugar, de un monumento de erudición filológica que presenta el indudable encanto de haber sido escrito –o trascrito, como ustedes prefieran– por uno de los más importantes poetas contemporáneos en lengua española y que, en consecuencia, no debería leerse únicamente como un tratado filológico de rarezas animales, sino como un nuevo capítulo de una originalísima carrera literaria iniciada a principios de los años sesenta y que muchos han considerado como el pistoletazo de salida de la generación de los poetas novísimos. El texto complacerá también a las personas aficionadas a las lecturas a salto de mata, pues puede acometerse lo mismo que un libro de aforismos, un recetario o cualquier manual de zoología, aunque también es posible leerlo agradablemente de un tirón, como si se tratara de una historia coral de la fauna. Y ello por no hablar de la belleza de la edición de Galaxia Gutenberg, soberbiamente ilustrada. Todo, en suma, para erigir un nuevo episodio en la heterodoxa pero deslumbrante trayectoria de ese gran raro de las letras españolas que goza, a pesar de su inusitada originalidad, de una indudable fama secreta y cuya particular leyenda viene a engrosarse ahora con la publicación de este magnífico Bestiario. ~