artículo no publicado

Educar a los topos, de Guillermo Fadanelli

Desde los inicios de su carrera, Guillermo Fadanelli se ha nutrido de la contracultura estadounidense, en particular del “viejo indecente”. Durante muchos años, la abyección ha sido su tema más socorrido, la provocación su principal motor y el underground su ambiente privilegiado. No me refiero únicamente a sus relatos y novelas, sino también a esa personalidad que lo ha convertido en una figura emblemática de la ciudad de México contemporánea.

Después de varias novelas y relatos como Lodo o La otra cara de Rock Hudson, donde abundan el sexo, la delincuencia y la euforia etílica, Fadanelli publica una novela intimista, y de corte aún más autobiográfico, en la que el narrador vive el paso de la infancia a la adolescencia en un colegio militarizado.

Lo más interesante de Educar a los topos no son las frecuentes descripciones del opresivo ambiente militar que recuerdan Las tribulaciones del estudiante Törless de Musil o La ciudad y los perros de Vargas Llosa, sino la forma tan acertada en que insinúa la violencia. La violencia más terrible es aquella que se disfraza de acto amoroso: el violador de menores ofrece regalos y prodiga sonrisas a sus víctimas. De la misma manera, en esta novela, a pesar de la firme oposición del resto de la familia, el padre del narrador dice poner a su hijo en el infierno porque desea su felicidad.

Fadanelli describe magistralmente las inagotables facetas de la humillación y el abuso de poder entre los soldados. Sin embargo, más que los usos y costumbres de los militares, lo que mantiene en vilo al lector es la tensión familiar que subyace en esta historia, una violencia psicológica cuyos estragos son más profundos que los causados por los insultos o los golpes de los compañeros de cuartel. En esta última novela, el autor de Compraré un rifle es mucho más discreto y al mismo tiempo mucho más efectivo que nunca. Es como si hubiera dejado de lado la obvia provocación de sus primeros libros para ejercitarse en el difícil arte del sobrentendido y de la insinuación.

Con un estilo cruel y preciso, Fadanelli pasa revista a su vida y reflexiona sobre lo absurdo cotidiano como hiciera Bukowski en sus últimos libros, en los que el escenario doméstico se impone cada vez más a los antros y a la vida callejera. Pienso sobre todo en su diario tardío, El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, donde el escritor anuncia: “He estado leyendo a los filósofos. Son realmente tipos extraños, divertidos y alocados, jugadores. Adoro a estos tipos. Sacuden al mundo. ¿No les entrarían dolores de cabeza, pensando así? ¿No les rugía una avalancha negra entre los dientes?”

De la misma manera en que ocurrió con la narrativa de “Hank”, al madurar, también la literatura de Fadanelli se está volviendo filosófica y, puesto que el sinsentido de la vida es la tela de fondo de esta novela, podríamos decir que es nihilista. Sin embargo, no se trata tanto de una apología de la nada como de quien se ha impuesto la tarea de describir lo absurdo y lo risible de la existencia. En Educar a los topos –y algo me lleva a pensar que así serán sus próximos libros– se adivina la sombra de autores como Ciorán o Schopenhauer y de su escritura violenta, pero nunca desprovista de elegancia. El primero se vislumbra en temas como el peso del tiempo o los rencores que duran toda la vida; el segundo, por el pesimismo ontológico y porque, como él, el narrador de esta novela está convencido de que la vida no sólo es dolorosa sino radicalmente absurda, y de que nuestros actos están dominados por la irrefrenable voluntad de la especie por perpetuarse: “¿Acaso no somos la concreción de un chorro de leche que lanza un pene enloquecido? Como si nuestra sangre no contuviera desde un principio todos los vicios de sus padres y sus ancestros.” ¿Desencarnado? Quizás. Pero es gracias a esa ironía y a ese cinismo empedernido que Educar a los topos logra exponer a la humanidad en sus facetas más frágiles, más ridículas y por lo tanto más entrañables, una proeza que sólo llevan a cabo los autores que han conseguido dominar el oficio. ~