artículo no publicado

Diario de un desesperado, de Friedrich Reck

Friedrich Percyval Reck-Malleczewen (1884-1945) nació en Prusia Oriental como descendiente de una acaudalada familia de recio linaje rural. “Malleczewen” se llamaba la hacienda paterna de más de 166 hectáreas, ubicada a un centenar de kilómetros de Königsberg; y con el nombre de la heredad firmaba Reck las novelas de aventuras que le reportaron cierta fama durante los años de la República de Weimar entre la gente joven, devota de Robert Louis Stevenson o Karl May. Hoy, la posteridad ha olvidado títulos como Con el almirante Spee, La dama de ultramar o Bombas sobre Monte Carlo (llevada al cine en 1931 y 1959); eran obras sin pretensiones literarias, escritas para entretener y ganar dinero. Aunque autor de obras de género menor, Reck era un hombre de exquisita cultura, que pensaba y sentía como un humanista a la vieja usanza; un enamorado de los libros, dueño de una biblioteca impresionante que albergaba valiosos volúmenes antiguos; sin embargo, nunca quiso expresar sus pensamientos en ensayos o tratados filosóficos –tal y como hiciera su gran amigo Oswald Spengler– y prefirió abogar por la didáctica sesgada que podía transmitir en sus novelas, en las que exaltaba el amor a la naturaleza o la fidelidad a los valores tradicionales de valentía y generosidad, contraponiéndolos a la cobardía, la maldad y el egoísmo extremo. Con la llegada de Hitler al poder, Reck-Malleczewen publicaría un libro distinto de los anteriores y que, en la actualidad, ha sido reeditado en Alemania: Bockelson, historia de una locura colectiva (1937). En una recreación histórica, entre novela y ensayo, que recuerda ligeramente a los célebres estudios biográficos de Stefan Zweig, Reck rememoraba el efímero y sangriento triunfo de la secta de los anabaptistas en la ciudad de Münster en el siglo xvi: Bockelson (o Jean van Leyden), el líder de la revolución, un iluminado megalómano que se proclamó rey, instauró en aquella ciudad un régimen tiránico de terror que duró cerca de dos años y que concluyó con un inmenso baño de sangre y con el propio Bockelson ajusticiado entre horribles suplicios. Reck veía en aquel negador del Estado un trasunto de Hitler. El libro tuvo una vida efímera, pues los nazis advitieron enseguida el potencial explosivo de aquella ominosa historia del pasado cuyos pormenores –manipulados por Reck– reflejaban el clima de terror que ya se sentía en la moderna “Germania”; de manera que finalmente desapareció de las librerías.

Friedrich Reck había estudiado medicina en Innsbruck; se doctoró y obtuvo la licencia para ejercer como médico, pero nunca fue ésta su vocación y con el tiempo dejó de practicar esa profesión. Se casó con una mujer mayor que él sin el consentimiento paterno; tras un largo viaje a Sudamérica como médico de a bordo, Reck y su esposa se establecieron primero en Stuttgart y después en Passing, al lado de Múnich. Las aventuras vividas durante el exótico viaje, junto al apoyo y el ánimo de su mujer, animaron a Reck a probar suerte en el ámbito del periodismo; escribió artículos y reportajes para el Süddeutsche Zeitung y pronto se animó a escribir relatos y novelas basadas en sus viajes. Tuvo tres hijas y un hijo antes de divorciarse en 1930. Volvió a casarse en 1935 y fue padre de otras tres niñas; compró propiedades rurales en Baviera, región que le encantaba por su belleza natural y se retiró a vivir a una antigua casa solariega poco antes de que su asqueo por la llegada de los nazis alcanzara el máximo, y allí fue donde dio rienda suelta a su odio contra los nuevos amos y a su dolor por Alemania.

Antes, como periodista atento a la realidad política y social de su país, Reck había vivido con intensidad los años de la República de Weimar, y asistió cual testigo privilegiado al nacimiento y ascenso del nazismo en Múnich, la denominada “capital del movimiento”, en donde también se había hecho un hueco entre la intelectualidad del momento; era la época de Ernst Nikkisch, Friedrich Georg y Ernst Jünger o Thomas Mann y su hermano Heinrich. Más ligado a los intelectuales conservadores que a los de izquierdas, hoy se considera a Reck adepto al movimiento que propugnaba una “revolución conservadora” en Alemania, nacido a raíz del malestar con los políticos y el espíritu de Weimar.

Con los años, como ya se dijo, Reck llegó a ser propietario de una antigua granja en Chiemgau, en Baviera, y sus modales se ajustaban bien a los de un terrateniente orgulloso de su recia ascendencia. Por lo visto, a Reck le gustaba aparentar aquello que tan sólo era en su imaginación: un caballero conservador de rancio abolengo. Adoptaba modos y costumbres aristocráticas en su vida diaria, vestía muy atildado y lucía trajes caros, le encantaba que lo tomasen por un oficial de caballería en excedencia y que en los periódicos le asignasen como única profesión “terrateniente y trotamundos”. Sus amistades y relaciones apuntaban siempre a personas de las clases más elevadas, cercanas a la extinta monarquía de los Habsburgo, de la que era devoto. De manera que quien lee sus diarios cree descubrir allí las reflexiones de un verdadero aristócrata amante de la naturaleza y de las viejas tradiciones, enemigo de “la nueva era de la técnica” que en nada favorece un aparente “progreso” que detesta; para él, el progreso sólo podía ser del espíritu, no de la materia que lo mata y esclerotiza. Este pretendido aristócrata da rienda suelta a su odio, asqueado por el giro que protagoniza la política y el conjunto de la sociedad en la Alemania nazi, dominada de la noche a la mañana no ya por el pueblo, sino por la plebe.

Como tantos intelectuales del momento, los ya citados Spengler y Jünger, o incluso el ambiguo Thomas Mann de las Consideraciones de un apolítico, Reck esperaba y deseaba una revolución espiritual que debía cambiar la mentalidad alemana, deshecha y desanimada, falta de ideales vitales, sumergida en el nihilismo, descreída y sin ningún proyecto existencial, y dirigirla hacia otra manera de pensar y de sentir, mejor y más activa, acorde con los antiguos ideales de Bondad y Belleza y encaminada hacia la voluntad de una vida plena, optimista, positiva y llena de sentido. Dicha revolución tendría que venir de la mano de unos nuevos señores, de unas elites ejemplares. Algo lo sedujeron los iniciales cantos de sirena nazis, que asimismo parecían proclamar una nueva era; algo participó también de la euforia que emborrachó a Alemania en el ocaso de la República de Weimar, cuando se apostaba por un cambio, por desenterrar el viejo orgullo sepultado en Versalles.

Igual que el filósofo Martin Heidegger y tantos otros intelectuales, obnubilados por los vientos de reforma que prometía el nuevo orden, también Reck creyó en una resurrección alemana, mas enseguida sospechó que de ningún modo la traerían los nazis. Pronto advitió la catástrofe que se cernía sobre su país y sobre Europa bajo el dominio de Hitler, ese “gran Manitú”, el “jefe de una banda de bandoleros”, “un Napoleón sin mujeres”, “el gran eunuco” o… “ese puerco”. Lector de Ortega y Gasset, Reck admiraba La rebelión de las masas, obra traducida al alemán por Helene Weyl en 1930, sólo un año después de su publicación en español. Hay varias menciones al filósofo madrileño en el Diario de un desesperado, y siempre para demostrar que el triunfo de las masas en Alemania significaba el triunfo de la mendacidad y la vulgaridad, y en modo alguno el gobierno de los seres excepcionales que suelen encontrarse en todos los estamentos sociales, aun-
que en escasa afluencia, tal y como observaba Ortega. Para Reck el triunfo de las masas no significaba democracia, como en Norteamérica, sino la extinción del Estado, amordazado por Hitler y sus cómplices. Malleczewen se sintió desilusionado por aquella ola de vulgaridad vestida de uniforme que asoló Alemania. Pronto lo horrorizaron los llamamientos a la población para que formase agrupaciones masivas paramilitares, los eslóganes de la propaganda, la putrefacción y aniquilación del lenguaje cotidiano a cambio de una lenguaje políticamente correcto henchido de propaganda e ideología (lo mismo que llamaría la atención a alguien muy distinto: el judío Viktor Klemperer, quien también llevó unos diarios hoy esenciales –Quiero dar testimonio hasta el final, en Galaxia-Círculo– y nos legó una obra fundamental sobre la lengua del Tercer Reich: LTI, en Minúscula).

El Diario de un desesperado fue calificado por Joachim Fest de “diario del odio”. Y es cierto, negra pasión destilan las páginas escritas por Malleczewen, así como una profunda insatisfacción teñida de impotencia y rabia. “Acostarse con odio, soñar con odio y levantarse con odio por las mañanas”…

Los actos que un hombre tan lúcido pero también tan visceral como Reck podía ejecutar eran protestar con vehemencia o liarse a tiros; sin embargo, el afán de proteger a su familia lo obligaba a callarse y ser prudente, pues era imposible intentar algo contra la tiranía a pecho descubierto sin que lo detuvieran o lo asesinaran; de modo que tuvo que recurrir a este tan socorrido “exilio interior”, en el que de una u otra forma se refugió la población alemana que en secreto odiaba a Hitler.

El diario –muy bien escrito en el original y traducido con solvencia– contiene una sucesión de reflexiones sobre la estupidez nazi y el sinsentido de esa nueva Alemania, caída “bajo el dominio de Satán”. Describe también cómo la efusión inicial de los alemanes fue desvaneciéndose con la guerra mundial y cómo llegó hasta el hastío total y la desesperación con los bombardeos masivos y la muerte sembrada por los aliados. Reck proporciona una visión de una ciudadanía abrumada en su mayoría, que contrasta con aquellas personas que, ideologizadas y fanatizadas, siguieron propagando hasta el fin las absurdas consignas del Partido. Para Reck queda claro quiénes fueron los auspiciadores y secundadores de la “revolución nazi”: “la chusma más infernal del mundo: una chusma que no surge del proletariado”, sino del “pequeño funcionario”, de “los maestros de escuela, las criadas, las secretarias y los mozos de cuerda”, todas estas mediocridades, de reducido o nulo entendimiento, contribuyeron a convertir a una nación poderosa en la que dominaba el pensamiento crítico en un pueblo de “neandertales”. El espíritu “valientemente girondino, granburgués”, que defendía Ortega en su libro, “bastante proscrito hoy en Alemania”, como escribe Reck, brillaba por su ausencia.

Estudiosos actuales discuten si a Reck-Malleczewen los nazis le descerrajaron un tiro en la nuca o si murió de tifus; lo cierto es que no vivió para asistir al final del odiado régimen, ya que pereció en el campo de concentración de Dachau, en las inmediaciones de Múnich, donde finalmente terminaron por internarlo a causa de una delación; sus vecinos del pequeño pueblo bávaro de Truchtlaching, cercano a su propiedad, lo respetaban, pero de sobra eran conocidas sus cínicas observaciones sobre el régimen hitleriano; había espías por todas partes en aquel leviatán agónico que se negaba a perecer a pesar de su estulticia y uno de ellos lo denunció. La fecha de su muerte es la del 16 de febrero de 1945, dos meses y medio antes de que Dachau fuera liberado por los norteamericanos. ~