artículo no publicado

Del Diccionario Vila-Matas: Soltería

Requisito indispensable del shandysmo, la soltería equivale a la libertad, la autonomía, la despreocupación de no ser responsable sino de uno mismo. 

Requisito indispensable del shandysmo, la soltería equivale a la libertad, la autonomía, la despreocupación de no ser responsable sino de uno mismo. No solamente poseer una obra ligera, sino una vida ligera. El objetivo último: ser una Perfecta Máquina Soltera, concepto inspirado en La novia desnudada por sus solteros, incluso oEl gran vidrio de Marcel Duchamp. La obra consta de dos paneles de vidrio enmarcados en metal: en el de arriba, el Dominio de la Novia, se puede ver a ésta –una figura estilizada hecha de diversos cuerpos geométricos– en la esquina superior izquierda, emanando una especie de nube; en el de abajo, La Máquina Soltera, un complejo mecanismo parece controlar nueve figuras masculinas. La soltería, aquí, no deja de tener un tinte trágico, pues los solteros no podrán nunca alcanzar a la novia. Ambos –sujeto y objeto del deseo– parecen condenados al ansia y la insatisfacción. Aunque la soltería vilamatiana es, en principio, más festiva, no deja de estar en consonancia con aquella; por eso es que las máquinas solteras que son los shandys deben incluir una femme fatale que las haga funcionar aparentemente sin problemas, aunque el colapso sea su destino inevitable. La soltería shandy es un estado estético y seductor, pero lleva dentro de sí el germen de la melancolía y de la muerte.

En el siglo XX, quizá no hubo escritor más obsesionado con la condición del soltero que Franz Kafka que, entre el rechazo y la reivindicación, se terminó aferrando a ella hasta las últimas consecuencias. Su obra narrativa, sus diarios, sus cartas, están llenos de reflexiones sobre el hombre solo. En su prosa breve “La desventura del soltero” (“parece tan grave quedarse soltero…”) asume, a la vez que toma distancia e ironiza, las consecuencias de su decisión: “y así será, solo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, y, por tanto, también una frente para golpeársela con la mano”. Y kafkiano hasta la médula es Hijos sin hijos, el libro más ferozmente soltero de Vila-Matas. En el relato que sirve como prólogo, “Los de abajo (Sa Ràpita, 1992)”, el ficticio autor anuncia su propósito de rendir homenaje al escritor checo intercalando citas de su obra (él mismo es una suerte de Kafka en negativo: tiene la misma edad que el autor de El proceso al morir, 41 años; asegura tener once hijos, y “Once hijos” se titula un cuento incluido en Un médico rural en el que Kafka se refiere de forma velada a las once historias que originalmente integraban el libro). El relato “El paseo repentino (Cáceres, 1956)” es una reescritura libre de “El paseo repentino” kafkiano, incluido en su primer libro, Contemplación. En esta narración breve, en la que el protagonista sale inopinadamente de su casa a medianoche para dar un paseo, Kafka reflexiona sobre la independencia de la familia y la fuerza de voluntad, dos temas que lo atormentaron toda la vida; en la versión vilamatiana –mucho más kafkiana que la del propio Kafka, en este caso– un anónimo estudiante, trasunto de un escritor, recibe finalmente el permiso de sus padres de salir de noche y se dispone a hacer uso de su nueva libertad, pero se queda dormido en medio de sus papeles y nunca sale, solo lo sueña. Durante el sueño, confronta a su padre, lo llama viejo e inútil, le echa en cara el sinsentido de la vida y, en contra de sus expectativas, afirma su condición soltera: “yo solo me represento a mí mismo, y así pienso continuar siempre. Nunca seré el responsable de una familia… Cristo y sus apóstoles… eran solteros. Todos eran solteros menos Judas… Lo que fundó el Hijo de Dios era una religión pensada solo para hijos sin ánimo alguno de descendencia. Una religión pensada para y por solteros. Una religión que, de no haber sido por el gran traidor de Judas, postulaba un mundo baldío y la desaparición del hombre de la faz de la tierra”. El protagonista preferiría vivir entregado al estudio o, mejor aún, la escritura, antes que prolongar el absurdo de la vida procreando y formando una familia. Su soltería, a diferencia de la más bien hedonista de los shandys, es casi nihilista.

Para Kafka, la soltería era condición sine qua non de la escritura. Su dramática relación con Felice Bauer, sus compromisos matrimoniales fallidos y sus rupturas, dan sobrada cuenta de ello. Cuando, después de largas y tortuosas vacilaciones, finalmente se declara y, para su mayor angustia, le dan el sí, inmediatamente se vuelca en sus Diarios y anota argumentos en pro y en contra de la boda: “3. Necesito estar solo mucho tiempo. Todo lo que he conseguido hacer es producto únicamente de mi soledad. 4. Odio todo lo que no se relaciona con la literatura… 5. La angustia que me produce la unión, dar el paso. Ya no estaré solo nunca más”. Y, ya lo sabemos, defenderá esa soledad hasta el final. Junto con Fernando Pessoa y Kierkegaard (caso en cierto modo más dramático, pues éste, a diferencia de Kafka, poseía las virtudes del esposo y padre ejemplar) forma la triada soltera más emblemática de la literatura moderna. Los tres remiten a un soltero arquetípico, paradigmático, la original Máquina Soltera, Hamlet, que resumió el credo de todos en un solo grito: I say we will have no more marriages! (Hamlet I, III).

 

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